Un recorrido entre corazones rotos


Desde el pasado 13 de marzo, el Museo del Objeto del Objeto, en la colonia Roma, presenta la exhibición El Museo de las Relaciones Rotas.

Pocas veces la ciudad nos logra sorprender como lo hace, por ejemplo, un libro. Estamos acostumbrados al tráfico, a la tediosa rutina, y al alumbrado que suele ser demasiado intenso o demasiado lúgubre. Sin embargo, el encontrar un museo de diminutas proporciones que deje un retrogusto tan intenso, es casi un milagro…

Después de una espera tan larga que alcanzó para olvidar su razón de origen, llegó a México la exposición de las relaciones rotas, que se presentó en el Museo del Objeto del Objeto (MODO), ubicado en una antigua casona de la colonia Roma. A lo largo de sus tres pisos, la exposición muestra cómo es que los sentimientos más profundos no sólo habitan en nuestro cuerpo, sino en objetos inanimados que fueron regalos y siempre serán cachivaches que nos traerán a la memoria una punzada de dolor tras dejar atrás a la persona amada. 

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Es inevitable pensar en Kemal Bey, protagonista de la novela El museo de inocencia, de Orhan Pamuk, quien construyó un altar con piezas robadas a su prima Füsun tras perderla, para posteriormente convertirlo en un recorrido autobiográfico de cómo fue que el amor se le escapó entre las manos. El Museo de las Relaciones Rotas emula esa construcción poética de forma colectiva. 

Vale la pena demorarse en la novela de Pamuk. A pesar de estar entregado a la pasión amorosa con Füsun, Kemal Bey es incapaz de romper su compromiso con su prometida Sibel, un personaje igual de fascinante: una mujer sumamente atractiva, inteligente y entregada en las artes del amor y lo suficientemente prudente como para ocultar su activa vida sexual de su esfera social conservadora (la novela está ambientada en la Turquía de 1952, que empezaba a abrir sus fronteras al mundo). Incapaz de romper su compromiso, Kemal mantiene una doble vida con Füsun: no sólo se alimenta emotivamente de la pasión derrochada en su departamento de soltero, sino de los pequeños objetos que conserva, huele y atesora, todos relacioandos con su prima. No importa si son cucharas, prendedores de cabello, o una infinidad de saleros, el protagonista siente la enfermiza necesidad de capturar sus memorias y preservar algo del amor perdido, encapsulando sus memorias a través de estos objetos. Naturalmente, todos esos elementos guardados en la misma habitación dieron paso al Museo de la Inocencia.

En el Museo de las Relaciones Rotas, en cambio, uno se encuentra con objetos que el público del Distrito Federal entregó al Museo del Objeto del Objeto, ya sea porque era demasiado doloroso su presencia en una habitación o porque el enojo ante el desencanto amoroso restó todo la plusvalía a una cosa que, en esencia, no tiene más valor que el emotivo. La convocatoria fue tan exitosa en nuestra ciudad (fueron tantos los corazones rotos) que rompió el récord de objetos recibidos que ostentaba París, donde la exposición se presentó anteriormente: 153. De acuerdo con lo reportado por Mayra Zepeda en Animal Político, se recibieron, sólo en el primer día de la convocatoria, hasta 210 registros.

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Ante la museografía creada por Olinka Vistika y Drazen Grubisic, me sentí incómodo de abrazar o reír enfrente de mi novia, mientras leíamos las pequeñas placas que contaban la historia sobre los objetos olvidados. Es poco probable, pero no imposible, que aquellos elementos todavía guardarán una suerte de maldición que buscará un nueva relación que romper. Pasamos ante armónicas, lentes y anillos de compromisos (incumplidos, evidentemente). Uno, necesariamente, aprende a través de la alteridad que el amor debe de ser más funcional. Que un oso de peluche de dimensiones monumentales termina siendo, como la relación de su dueña, el desperdicio ornamental de las emociones de ayer.

A la sombra de la obra de Pamuk, pensé que son pocos los espacios en los que la literatura y la realidad pueden unirse de forma tan perfecta, pero sería más preciso decir que son pocas las ocasiones en que apreciamos la belleza de los actos humanos ordinarios, del día a día. Recuerdo a la perfección la instalación de las mil grullas. Su cartel descriptivo indica que una leyenda japonesa dará la posibilidad de que se le conceda un deseo a la persona que reciba mil grullas. El personaje en cuestión,  entregó a su amada un origami de papel con la forma de esta ave cada determinado tiempo, para reafirmar su amor… pocos días después del cumpleaños de ella, y con un millón de problemas mal resueltos, el novio terminó las mil grullas con hojas de distintos colores, unos días después de que terminara su relación. Fue el último regalo que le hizo.

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Sería fácil pensar que el Museo de las Relaciones Rotas es un espacio dedicado al despecho. Todo lo contrario, la selección de objetos es tan sutil que termina siendo una travesía pedagógica sobre la fugacidad del amor, sobre lo voluble de nuestros temperamentos, y de como las mentiras piadosas pueden convertirse en viles traiciones ante la coquetería de un tercero en discordia o el reencuentro inoportuno del que en algún momento fue nuestro primer amor. Este aprendizaje también es mostrado al final del libro de Pamuk: Kemal perdió toda posibilidad de volver a ser funcional en la sociedad, ante la obsesión. Así como el Werther de Goethe, no pudo separar al romanticismo de la muerte. En muchos casos, los organizadores de esta exposición se toparon con la sorpresa de un suicidio o la mala fortuna de un accidente automovilístico. Pero no todo es trágico en el Museo de las Relaciones Rotas, también está lo grotesco. En algún momento me topé con una pequeña pintura multicolor. A simple vista, parecía un óvalo, pero de cerca era claro a qué se enfrentaba uno: la pieza se titula Micropapilomatosis, y tiene la peculiaridad de mostrar unos pequeños puntitos alrededor de una vagina. Se trataba de un recordatorio para un ex novio infiel. Después de insultarlo, la autora aclara: «Y como no puedo regalar este virus porque eso implicaría arrancarme la vagina, lo entrego en este cuadro».

El efímero e itinerante Museo de las Relaciones Rotas es un espacio de olvido, perdón, y arrepentimiento: tendrá el mismo final que los objetos depositados en el lote de Colima 145, destinado al olvido. Pero podrán visitarlo hasta el próximo 8 de junio.

La siguiente crónica fue publicada originalmente en el periódico Frente: http://goo.gl/Fzuyh1