Lamentos de una ciudad


“La clave aquí, creo, es no pensar en la muerte como un fin, mas bien pensar en ella como un modo muy eficaz de reducir gastos” – Woody Allen.

Nubes grises, no por tormenta sino por contaminación oscurecen el panorama de la población citadina que, día a día, vuelve del trabajo a casa con las mismas frustraciones.
Hemos perdido el control de la vida. Sí, eso es lo que murmura el viento. Es el lamento esparcido por la tierra, culpamos a los pulmones por hacer de la vida un rutina anatómica.
La función respiratoria se roba el control de nuestra vida cada vez que exige una bocanada de oxígeno.
¿En qué consiste la vida si no podemos determinar cuándo escapar de ella? Es imposible definir cuándo vivir si estamos obligados a hacerlo de antemano.

El viento sigue levantando pesares por las avenidas, los repite de oído en oído; por eso nunca estamos satisfechos, por eso formulamos preguntas: algo se busca, algo se encuentra.
Amor. ¿Qué es eso?, se pregunta una mujer después de retorcerse por un escalofrío que ha calado todo su cuerpo.
Inhala una dosis mínima de muerte con retrogusto a nicotina.

¿Realmente vale la pena esforzarse tanto? Salir a bares cada fin de semana; maquillarme una hora sólo para lucir distinta a cómo en realidad soy; esperar en la barra a personas que, en su mayoría no me provocan más que repugne, o en el mejor de los casos, indiferencia.
El tabaco abrasado perfora su garganta de a poco, el dolor la hace sentir un poco menos miserable.

El cielo es naranja, las nubes moradas, los edificios lucen tristes sin iluminación artificial que los alumbran desde adentro.
Los ojos rasgados-café oscuro de la mujer que piensa en amor observan como luciría la ciudad en llamas, envuelta en su propia sombra combustible que asfixiaría los últimos deseos carnales de sus habitantes, las líneas telefónicas y los lamentos ajenos que ingresan al cuerpo con cada resfriado.

A pesar de todo sigo viniendo cada fin de semana a estos tugurios en búsqueda de algo. Dice para sí misma. Algo parecido a las emociones o a las sensaciones. La verdad es que es que ya no puedo distinguir una de la otra.
Creo que estoy enamorada de los bares. De su oscuridad, del barullo, de las figuras distorsionadas a través de las botellas de ron, de los hombres que se sientan en la barra y me invitan tragos malintencionados.
Sí, de todo eso estoy enamorada.

*

El viento se agotó de deambular por las calles principales, por lo que optó a tomar el metro de la ciudad. En los vagones actualiza sus lamentos; al parecer la humanidad es más compleja de lo que parece desde su alzada óptica. No basta con salud, dinero y prosperidad… hay pequeños detalles como el clima, la humedad y los olores que abruman a la población en general.

Odio esta línea. Siempre hay demasiada gente, destila un olor a humedad que me provoca asco.
Otro día más sin volverme millonario.
Sin volverme famoso.
De no escribir versos.
De no pintar mujeres desnudas.
De no hacer nada…
Para mí todo es igual.

La fusión de Oxígeno, Nitrógeno y Argón se sentía aprisionado entre los eslabones de gente. Esa no es la naturaleza del viento, transportarse en vehículos con llantas. Lo sabe, pero el peso de los lamentos es equitativo al de la inactividad ¿Quién dijo que la vida no era agotante? Más para una fuerza con sólo tres elementos químicos que está encargada de reenviar los pensamientos humanos.
Así que salió por la ventanilla, subió por las escaleras eléctricas, perdió la visibilidad unos segundos al encontrarse con la luz solar y se elevó por los aires difundiendo lo que escuchó en el metro.

Divagaba por la ciudad en búsqueda de personas que tuvieran algo que contar. A la distancia percibió a un hombre sentado sobre una banca; descendió unos cuantos metros para observarlo mejor: tenía ojos de perro abandonado, barba crecida y la mirada perdida en las nubes. Sufría frío y gustaba de la melancolía. Enfrente de él descansa un río congelado que le hacía pensar:

A lo mejor nuestra vida está destinada a ser como las estaciones del año.  Hay tiempo para todo, el problema es que cosechamos en época sequía… nuestro reloj biológico está olvidado en un cajón; buscamos amor en tiempos de reflexión, compañía cuando lo viable es estar solo.
Debe de ser eso, no encuentro otra razón viable para tanto sufrimiento alrededor.

¡Dios! Cómo deprime el invierno. Los árboles pelados, los pájaros sin voz. Todo es tan silencioso, tan poco armonioso. Balanceaba los pensamientos como si fuera columpio para sentirse cerca del lago.
Sonará egoísta, miento: es estúpido, pero no me importa, detesto el amor del prójimo; me es infumable ver a una pareja que no se entrega el uno al otro.
Sí, sí, detesto a los que buscan alguien para perder el tiempo, los que no tienen amor en las pupilas, a los que no se sienten mejor personas por el simple hecho de tener a alguien a lado que se vuelva un motor externo.
La brisa del viento lo obliga a cruzar los brazos para calentarse el pecho

Siento envidia de los escurridizos, de los habilidosos, de los débiles, de los no heridos que pueden amar al prójimo sin temor o freno alguno. La nada les basta ¡Resulta que hasta los mustios son capaces de amar!
Ahora bien, ¿Realmente es tan difícil? Amar, maldita obsesión humana.

Es fascinante lo que se puede descubrir de la gente si nos tomáramos el tiempo para descubrirlo.
El viento tomó asiento junto a este joven, redujo su estela para no incomodar al filósofo que,  con los codos sobre las rodillas y las manos tapando su rostro expulsó el epítome de su monólogo:
Es imposible dar lo que no se tiene.

Satisfecho con lo escuchado, el vendaval se elevó entre las nubes. Segundos después se preguntó por que carajos las parvadas que cruzan la ciudad lo habían abandonado.

 *

 —¿Lumbre?— pregunta un hombre con gabardina verde militar a la mujer de ojos rasgados mientras sostiene un cigarro entre el dedo índice y anular.

—Toma—contesta sin mucha afán.

—Es curioso— le habla al lunar del hombro derecho que audazmente se escapa del tirante del vestido—como en estos días ser fumador tiene peor fama que un violador, ¿No es cierto?—

—Puede ser… los moralistas no soportan que sea tan bueno—.

—No me he presentado. Soy Philip—continúa con una bocanada de humo—Disculpa que te diga esto sin mayor preámbulo, pero, sí fuera por mí, estaríamos camino a tu casa para destrozarnos los labios a besos.
—Nunca he sido una persona muy poética; no por falta de interés, más bien por iletrado— repuso asombrado al notar lo torneado de las delgadas piernas de esa mujer con rasgos asiáticos que evitaba verlo a toda costa.

Después de un tiempo en silencio, ella se digno a contestar:

—Es una buena imagen, lástima que no esté en ti la posibilidad de que suceda— contestó con una sonrisa cortada.
—Imagina un mundo en que el no fuera inviable. ¿Qué sería del mundo sin los insatisfechos?  Un reino de anarquía, seguramente—

—Quizá, una orgía perpetua—agregó Phillip buscando la punta de la nariz que se escabulle tras el fleco castaño de ella.

—No seas libidinoso… mejor sigue contando qué pasa entre nosotros; te doy permiso a que me invites una copa—

—¿Estás segura qué quieres volver a ahí?— parló señalando al bar —No puedo platicar cómodamente estando parado—.

Con las manos encadenas y a peso lento cruzaron la avenida, desconfiando del pavimento, de las decisiones recién tomadas.

*

La temperatura va en picada conforme el día se deja derrotar por la noche.
El mensajero de la voz humana busca refugio en un tubo de la calefacción. Necesita calor y una plática más amena, todo el día ha escuchado pesares y lamentos.
 ¿Dónde se esconde la felicidad en estos días días tan lluviosos?

Ingresa a la tubería que se encuentra en la azotea de un edificio venido a menos, desciende por el orificio provocando un chiflido agudo que se le asemeja a las teteras cuando el agua llega al punto de ebullición.
Conforme desciende, se vuelve una finísima capa de polvo que levita en medio de la tubería.
No lo puede saber pero acaba de ingresar al departamento C-303, donde habita una pareja recién casada.
Los dos se encuentran en la sala, un espacio reducido donde de milagro entran dos sillones que están acomodados en forma de ele.
Enfrente de los mismos hay una mesa de centro con vidrio y copas de vino tinto que contrastan con el piso alfombrado color crema.

El marido, antes de tomar asiento abraza el vientre de su esposa. Llega a sus narices el olor de su cabello.

—Te quiero—murmura ella a su oído.

El viento se acerca un paso más para poder entender la escena; se sostiene de la lámpara colgante del techo.

—Yo no—contesta él en tono de broma.

—Ingrato…— acota con una mordida en el lóbulo de la oreja.
Él, haciendo gala de sus clases de karate, desliza la pierna de apoyo de su mujer lo más posible y con la otra le da un ligero puntapié que la hace trompicar.
La detiene milímetros antes de azotar con la alfombra; deja caer su cuerpo sobre el suyo, una vez que está encima de ella trata de besarla pero no encuentra boca.

—Embustero— sentencia la mujer con la respiración agitada.
El tercer novio formal y el décimo en la cuenta total ha levantado con delicadeza sus prendas, concentra sus fosas nasales en el ombligo, provocando que se le erice los poros de piel.

—Rapaz—le contesta entre carcajada y delirio.

Las manos de su hombre dibujan la delicada piel de su amante… se divierte con las caderas fértiles, recorre de a poco en poco lo avellanado de su costado.
Se detiene por un segundo.

—No entiendo por qué sigues encima de mí— repuso en un falso intento por poner resistencia.

Su esposo la libera con lentitud: levanta los brazos y gradualmente el pecho. Faltan las piernas que parecen estar encadenas al piso.
Instantes después arquea la espalda; con un movimiento ágil sujeta los delgados brazos de su mujer.

—Déjame, déjame—

Un beso en los labios desata una guerra montada en el edificio C-303.

—Delincuente…— dice ella entre suspiros.

*

Pudoroso, el viento abandonó la habitación en el momento que las prendas comenzaron a volar. Se había hecho más tarde de lo que pensaba: Dos, tres de la mañana, dijo para sus adentros.

Desde las alturas podía ver el centro financiero merodeando a los barrios populares. Más al fondo hay viejas construcciones afrancesadas, apuntando al norte hay edificios barrocos, y en la zona sur descansan las industrias.
Más que disfrutar el paisaje urbano, goza de la tranquilidad que brinda la noche Dieciocho horas de ruido constante aturden a cualquiera. 

En un momento de lucidez, el viento piensa que deberíamos cargar con letreros preventivos: ¡Peligro, mujer saliendo de ruptura amorosa!, ¡Adolescente en plena formación de carácter!, ¡Pelea marital!, ¡Luto!, ¡Hartazgo!, ¡Insaciedad!, ¡Menstruación! y así dependiendo el caso.

Se sentó en el borde de un edificio, y con misericordia dijo para sus adentros que:
los humanos son una mezcla de  elementos no estables; sería preferible que no divagaran con tanta libertad por las calles…

 Crédito: http://bit.ly/y8jx6Q

Es menester despedirse de una vez


“Music when the lights come on
The girl I thought I knew has gone,
And with her, my heart had disappeared…” – The Libertines

 

Hoy te quiero,
mañana no lo sé.
Es menester
despedirse de una vez.

Cintura de bailarina,
me pregunto:
¿En verdad quisiste decir adiós?

¡Dios!
¡Si tan sólo me hubieras condenado a una!
Para no tener que demoler los recuerdos.
Por eso es menester
despedirse de una vez.

Mañana al verte pasar
te preguntaré
si en verdad quisiste decir adiós.

Y antes de que me sea imposible olvidarte
ojalá cambies de respuesta
y digas que puedes quererme,
aunque sea por un momento
por dos,
o tres.

 

Una buena mujer


“Fue sin pretensiones de amor ni ser amada, aunque siempre con la esperanza de encontrar algo que fuera cómo el amor, pero sin los problemas del amor”-Gabriel García Márquez

*

“No podrías estar con una buena mujer, Penella” manifestó mientras los cubos de hielo aterrizaban en sus labios finos.

“Simplemente, no. No es tu estilo”.

Únicamente el largo de la mesa cuadrada los distanciaba. Sin embargo desde su periquera podía aspirar el amor amor de Cacharel que se desprendía tranquilamente de su piel blanca y aterciopelada.

“Por qué… no lo entiendo” dijo el joven que agudizaba su pensamiento para romper sus propios paradigmas.

“No lo sé, simplemente eres así” las palabras salieron entre una humarada de tabaco. Conforme pasaba el tiempo los vasos se acoplaban en la mesa. El mal servicio traía nuevos elixires dejando los envases vacíos como trofeos de glorias pasadas.

“Además de tu mal gusto, sigue siendo evidente que no has podido encerrar tu afán aventurero…” Penella suspiró, escuchar sus propias desgracias proviniendo de una boca tan exquisita era un ritual masoquista; sentía un deseo irresistible de apartarse de aquél lugar y dejar a la mujer hablando sola, pero, alejarse daría paso a todas las aves de rapiña que voltean a ver sigilosamente a su compañía.

La mujer seguía con su discurso. Siempre han tenido problemas para economizar lenguaje, sobre todo cuando es mejor no emitir sonido alguno; seguramente citaba sus malas decisiones, la facilidad con que se dejaba destruir y cómo a pesar de todo mantenía absurdas esperanzas hacía el amor.

“(…) eres como un hombre de otro siglo”. Sentenció orgullosamente, cómo si esas palabras fueron el remate de una novela bien trabajada. Las demás palabras no llegaron a sus oídos. seguía pensando si necesitaba mujeres o la simple ilusión del amor lo podía entretener hasta el fin de sus días.

Musicalmente la atmósfera cambió radicalmente de los Eagles a una banda en vivo que lo hacía realmente mal. Tipos frustrados que tienen la osadía de destruir clásicos, no es que necesariamente sean buenos, simplemente el oído se acostumbra a la versión original.

“No sé porque sigo viéndote, siempre acabamos en lo mismo. Tus opiniones críticas complementan tu egolatría”. Después de diez minutos Penella tuvo el atrevimiento de contestar.

“Regálame otro trago si quieres que te siga soportando” agregó.

“Pide lo que quieras. Dame dos segundos” Dijo Ella mientras se paraba de su lugar, sujetó su bolso y con la elegancia de una modelo se adentró en las puertas corredizas.

Penella siguió su caminar hacía el tocador; mientras la veía pasar recordó porqué no debía enamorarse: orgullosa, tormentosa, bella e interesada.
“Casi una mujer perfecta para mí” pensó. 

*

“Inepto, no has pedido nada. Si voy a pagar tu borrachera tan siquiera que sea con algo que me guste”. Encargó al mesero dos martinis mientras arreglaba la falda para poderse sentar.

“Te decía, no es que te esfuerces de más sino que eres terco. Si una idea te entra en la mente la explotas hasta su última potencia”. No le gustó el resultado de la frase y se mantuvo estoica por unos instantes. Mientras tanto, Penella esperaba su trago. Tenía sed.
Ella lo veía poco, ya se conocían, no hay necesidad de retener la mirada ante los viejos conocidos. Los dos reconocen la verdad de la mentira por las vibraciones en la voz.

Desde el micrófono el vocalista daba gracias al país entero ¡Cómo si toda la población tuviera la desfachatez de viajar para semejante espectáculo!.
Penella hacía retumbar los dedos sobre la mesa con rapidez. Vio sus dedos eran largos y delgados, cliché de pianista.

“Si una idea entra en tu mente la explotas hasta la última instancia -sonrió ante su corrección-. Antes de continuar llegaron los tragos. Él agradecido dio el primer trago.

“Otra cosa” dijeron los labios afinados.

“¿Te has dado cuenta que utilizas muletillas antes de empezar a hablar?.” Contestó él copa en mano.
Ella vestía una falda a arriba de la rodilla con cinturón incluido; pasando su esculpida cintura una camisa de tirantes color blanca complementaba el conjunto.

“Ehm… da igual. No trates de distraerme, Penella.” Sonrió y mostró su dentadura blanca, alineada, contrastante, simulante de marfil.
“Tú problema es que vives fascinado por la intensidad del amor, por eso mismo eres incapaz de ser ser correspondido” dijo la torneada mujer. “Es imposible enamorarse de ti porque tú no amas a las pésimas mujeres con las que tienes el infortunio de salir sino que te enamoras del amor mismo”. Sentenció.
Su acompañante ya no escuchaba, más bien se concentraba en su escote.

Me podría casar con Ella ¡No ahorita, claro! En unos veinte años. Sí, sí. Yo de cincuenta y cinco. Podría compartir el piso; es tan orgullosa que compartiría la renta. siempre elimina cualquier nudo que atente contra su libertad.” pensaba Penella acercando la copa vacía a su boca.
Mala costumbre esa de beber, una vez que se empieza cuesta trabajo detenerla.

“Todas las que te he conocido están locas, medio zorpilas. (término de definición hasta ahora desconocida, utilice el adjetivo ofensivo que prefiera querido lector) En fin, cuando una se va llega otra peor que la anterior”. Decía Ella.

“Necesito una buena mujer, más de lo que necesito de una máquina de escribir; necesito tanto una buena mujer que puedo saborearla en el aire, puedo sentirla en la punta de mis dedos, puedo ver veredas construidas para que sus pies caminen sobre ellos”. Estaba tan exhorto en sus pensamientos que, involuntariamente movió la cabeza hacía la derecha; del techo colgaba una mujer de luz león verde, en la boca detenía una botella de cerveza. Se preguntó si su acompañante que no paraba de hablar sin ropas tendría la misma anatomía.

“Tu problema con las mujeres es que las buscas bellas y se sienten culpables por serlo; por eso andan repatriando su atributos por doquier.
He de aceptar que de las últimas que me has comentado no han estado tan mal; son más ingenuas que tontas… no te entiendo del todo ¿Eres ciego o cobarde?”

Si le digo que la amo ¿Qué pasaría? Total, el “no” ya lo tengo en la bolsa…”

Así es, aunque finjas no escucharme sabes que es cierto: la línea entre el amor y el capricho se difumina en cada andar” dijo entre carcajadas. Al pensar el comentario un halo de tristeza apareció en sus ojos, por un instante se vio reflejada en la misma situación.

Un silencio incómodo nació en la mesa. Al menos para Ella porqué Penella y sus oídos medio sordos de milagro escuchaba lo que decían. Toda su atención se centraba en sus labios.

Y si me atrevo a besarla. Siempre he querido recibir una bofetada de rencor femenino. De seguro ni duelen, después del beso de una chica guapa nada puede salir mal”. Una voz en su interior le decía que era mala idea.

Necesitas una buena mujer; de esas pocas que tienen instinto maternal. Acéptalo eres como un niño, te tienen que atar, poner cuerdo…”

Escucha… sé que parece una locura” empezó a decir con lengua corrediza Penella. “Olvídalo no tiene sentido; me vino a la mente tu historial de amantes y se me revolvieron las tripas”.

Volvieron a resonar los discos en lugar. Los habitantes del bar ya han perdido interés por la mujer de la mesa del centro; el bartender comenzaba a pedir propina para servir tragos, se vislumbraba la media noche en todo su esplendor.
La mente de Penella trataba de bloquear el habla. Quizá por eso no se le entendía bien,  o sería la bebida. Sabrá dios.

“¿Has releído alguna de tus obras?” preguntó Ella. “Deberías hacerlo, te sorprendería la mutación de tus futuros personajes. A lo mejor, algún día, podrás escribir una historia de amor con final feliz”.

“Creo que nadie ha leído mis obras, fuera del minúsculo grupo de amistades que he podido mantener a través de los años. Los finales felices solo sirven en el albur. El estar enamorado ofusca el pensamiento, aleja a la claridad… nunca he podido escribir durante una relación; por eso no tengo “finales felices”. Contestó Penella malhumorado.

“Necesito una buena mujer más de lo que necesito escribir”. Dijo para sus adentros.
“¿Dices tú que necesito una buena mujer?” aseveró Penella con voz entrecortada. Los ojos le pesaban; llevaba demasiadas horas sentad; temía del viento; había bebido en exceso. Dicen que la oxigenación después de tres tragos nunca es buena…

Abrupto en sus pensamientos Penella acabó clavado en la silla, Ella le dijo que tuviera paciencia, que no debía tomarse todo tan en serio… que, a veces, el amor es un juego cruel inventado por los niños para hacerse daño, entre otras muchas otras cosas que le subieron artificialmente el ánimo. Quiso corresponder ante tanto cumplido pero no pudo, sólo pensaba en lo amargo de su soledad y lo bien que le caería un beso antes del amanecer.

“No te olvides de los amigos” Dijo Ella hora atrás… cómo era su costumbre pagó la mitad de la cuenta. “Orgullosa, haces cualquiera cosa para sentirte libre”.
!Ah, los amigos! Siempre que se necesitan, decepcionan!” alcanzó a decirle antes de la huida.

Con tedio el mesero se acercó hasta su lugar; tomó la billetera que simulaba piel y exigió la mitad restante. Una vez depositados los billetes preguntó si se le ofrecía algo más. Rechazó la solicitud meneando de lado a lado el dedo índice.
Las luces del lugar se fueron atenuando de poco en poco. El último cliente del bar tomó su abrigo y abandonó la periquera metálica.
Sin mala intención deseo la muerte del mesero que ya volteaba las únicas dos sillas que no estaban sobre las mesas.
Le suplicó que cerrara la puerta al salir.

Penella por primera vez sintió el peso de sus treinta y cinco años en la espalda… al abrir la puerta los rayos del sol iluminaron su camino. La luz cegó sus ojos; con determinación dio un paso al frente, estrelló con vigor la suela del zapato al asfalto. Se sintió como un niño que comenzaba a caminar: mucho esfuerzo y poca técnica.
Abandonó el lugar con una nuevo boceto que convertir en historia, y dijo para sí mismo en voz alta:

“Sé que existes buena mujer”
“Sé que existes”.

Capítulo 3.


Tumbado en su dormitorio, con retortijones y cólicos, se encontraba ante una realidad incomprensible hacía su persona; después de pasar todas las noches en aquél lugar, ahora se encuentra imposibilitado de llegar hacía ella…

Sentía tal impotencia ante su ausencia, que si en ese momento el mundo decidiera hacerse explotar, sería el primero en sentirse privilegiado ante tal fenómeno. Ya que, sin la obsesión que le produce su fatigosa rutina, de ver como el amor de su vida es manoseada por otros hombres.
Aquella serie de toqueteos groseros, se convierten en la Tentación. Conforme, más compartida fuera. Él, en su encierro y egoísmo, protegerá una parte de su ser. Unas gotas de elixir formulado con la esencia de castidad, toques de inocencia y un ligero deje de desprecio !hacen de este perfume, una alianza secreta e invisible entre aquellos que su amor debe de callar, para que perdure!
En el porvenir, el silencio se acuñará en la mente de cada uno; la necesidad física de cada uno de ellos, desaparecería como en los matrimonios más longevos. El impulso de sentirse atados. El hilo de la sexualidad, se va aflojando hasta que, en alguno de los últimos tiros, se parte en dos y se lo lleva el viento con los gratos recuerdos producidos.

La mente desvariaba con agridulces recuerdos de un baile que se ejecutaba en ese momento.
Cómo los pequeños detalles mantienen en una realidad ficticia a la humanidad. Inclusive, las nimiedades de poco agrado, constituyen un pequeño mundo. En el cuál, los pocos participantes tienen un rol vital en nuestra existencia, que no es más que una rutina llena de inusuales accidentes que desvían la ruta habitual, hacia caminos de duración prolongada o efímera dependiendo de las incontrolables situaciones, por las cuales transcurre nuestra irrelevante vida.

Laura en el bar; disfrutaba de la súbdita reducción de miradas asesinas —Un estorbo menos, ante el inminente grupo de observadores— decía para sus adentros.
El primer día sin él no fue tan malo… de hecho, habitaba una novedosa tranquilidad en ella. Al parecer, no le necesitaban del todo, cómo llego a pensar.

Al otro lado de la ciudad, tumbado en una cama pasaron sus días. Imposibilitado de hacer otra cosa mas que reposar. La gastritis no cedía paso, tampoco el atinado dolor de pecho que aprieta sus pulmones, dejando un intenso raspe con cada respiración.
Durante cada inspiración y expiración, se alimentaba un amor fugitivo que iba en cresciendo. Debido a la novedad del ausentismo.
Ante sus ojos, la distancia es concepto suspicaz. En ella, se experimenta una amplia gama de sentimientos intrapersonales como la tranquilidad, el asco, la envidia y desconfianza de todo persona que le rodeara.

Con el trayecto de los días, el bar pierde estética y gana ciertas características cliché debido al lento transcurso del tiempo.
Papel pegado a los muros anuncian bailes y peleas de box, retapizan su fachada, quedan como un embudo plasmado al adoquín.
El bar pierde su tonalidad rojiza paulatinamente, un rayo de luz penetra en aquél muro de olvidos y sollozos.

Han pasado más de tres meses.
El tiempo es el verdugo de la existencia. La perpetua rutina del bar, se vio interrumpida por aquellos malestares que son menester de cuidar. Al final, la vida es tan única, que tan sólo tenemos una oportunidad para desaprovechar las peripecias que nos ponga de frente. Algunos, deciden desperdiciarla en eventos públicos considerados de mala fama.

Cada movimiento efectuado sobre la barra era inestable, de mayor dificultad. Un ligero temblor vibraba en dos costas opuestas e independientes. En una, causa malestar y delirio; en cambio, en la otra, denota una gran inseguridad; escepticismo ante los inminentes sucesos que transcurren en dos vidas conectadas a través de un mundo burdo, enlazados por los sentimientos y la enfermedad.

Tras una larga y lenta recuperación, los ojos oscuros de Daniel recuperaron la luminosidad de las personas sanas.
Ha olvidado que en el mundo hay obligaciones y necesidades para subsistir. Dejó su  fatigoso trabajo para convertirse en fiel observador del las tenebrosas nubes del otoño.

Capítulo 2.


Despertaba con la molesta y perpetua resaca que le acompañaba todas las mañanas. Tras disfrutar del oscuro panorama de sus piernas estiradas al compás del ritmo semilento del piano activado a sus espaldas.
Un pesar en los ojos y el desagradable deje de las bebidas de barrica, que con desdén son aventadas hacía su predilecto lugar. Donde las medias dejan al descubierto un poco más de lo que es debido. Haciendo del baile un delicioso ritual de agonía y sufrimiento. En el cual, las bellas imágenes del movimiento y el aroma escapado del alma, se impregnan a su cuerpo de la misma forma que el olor del tabaco y el alcohol. Que le acompañan durante el malestar matutino de no tenerla y saber que nunca será suya.

Caminaba con la misma ropa que el día anterior. La jornada laboral no comienza hasta entrada la tarde.

El incesante dolor en el vientre y el ardor en los ojos por tomar bebidas de dudosa procedencia, le recordaban un destino contrariado dentro de un juego de sentimientos de diferente naturaleza.

“Demasiadas noches desperdiciadas en aquél lugar de mala muerte, ¡Demasiadas lágrimas y alcohol derramado en esta relación enfermiza de verte, y poseerte debajo los compases de un música! Qué te llena de arte con cada escala de ocho pasos, luces para mí, como un nuevo e indeterminado canon de belleza y perfección! Tus piernas largas y torneadas. El escote de tu blusa blanca, la luminosidad de tus ojos, el color de tus labios”. Pensaba semejantes versos mientras su estomago reclamaba alimentos para rebajar las agruras, creada por las incontables horas de su ausentismo.

Laura despertaba hasta tarde. Rociada de una capa de microsuciedad impregnada a su delicada piel. Su larga oscura cabellera transpiraba el agradable olor a whisky reposado en su almohada tras la noche anterior.
Tomaría un baño después del desayuno. Mientras tanto, se mantendría pegada a las sábanas hasta que el sueño se haya resignado y la abandoné. Comenzando así, otra jornada laboral.

Con menos de veinticinco años -dos de éstos, laborando en el bajo mundo de las pasiones- sentía que su belleza se iba rasgando como jirones de tela, ante la súbita mira de los clientes, que, con afán y avaricia luchan por sentir, cada vez más de cerca, al grupo de bailarinas urbanas. ¡Cómo si con cada mirada rabiosa, fueran capaces de robarle capa a capa su distintiva belleza!.
Habían abierto la costura, tan sólo bastaba, tirar un poco para demostrar lo frágil que te conviertes ante un público insensible, que busca – como medio y fin- la egoísta sensación de fantasear con una persona convertida en la vil imagen de la Belleza. La Seducción.

Sus ya marcadas ojeras, se encuentran plácidamente acomodadas debajo de los astros que habitan dentro sus ojos; la dejaba ver un poco pálida, opacaban el color durazno de sus pómulos. Demasiadas penas para que pueda lucir el naciente fruto estacional.
Frente al espejo observó -con rapidez- el reflejo de su cuerpo desnudo. Y, por un instante, tuvo la pudorosa idea de que en el instante en que volviera al espejo, se encontrará con el acosador del bar, deleitándose de la misma imagen que lo embriaga cada vez más, durante aquellas noches constantes. En las cuales, cada vez que sale al escenario, se siente menos sola.

Después del arreglo del cabello y el maquillaje sólo quedaba esperar a que fuera media noche, para alegrar el ojo curioso de sus clientes.
Estaría ahí, como siempre, en primera fila. Con aquella mirada profunda de descontento y fascinación ante cada movimiento de su contorneado cuerpo.

Las notas iniciales, le presentaban ante el graderío. Al voltear a la esquina, notó una particularidad. Su hombre no estaba. El pequeño universo de rutinas acentuadas se derrumbaba; la rutina inamovible dejaba a Laura por detrás. Mostrándole la espalda. Sentía que, perdía a la única persona que mostraba cierto interés por ella.
Su baile no dura más de cinco minutos, aquella sonrisa ofrecida –a un precio muy barato, porqué, uno se mantiene acostumbrado a sonreír ante la adversidad. Al mal tiempo, buena cara- se mantendría en su rostro. Aquél inofensivo detalle, no haría más daño del que ya le han producido en aquél lugar. Donde, por su propia voluntad, decidió ingresar para conseguir dinero barato, con unos costosísimos compases musicales; aceptando toques y masajes del mejor postor; rebajando su esencia ante la imposibilidad del decir <<No>>.