Suplicio de verano


“Todo está muerto en vida.”- Egon Schiele

Volteé la mirada y ahí estaba su cuerpo delgado descansando sobre el cofre sucio y viejo de un automóvil de línea. Cargaba un pañuelo en la mano, al voltear a ver su rostro, encontré una nariz enrojecida y ojos llorosos.
Conforme me acercaba aumentaba la tentación de morderle los labios, quería regresarle todo el dolor y la angustia provocada el pasado verano cuando amenazó con irse del país.

Ocurrió en una cafetería americana, tomé asiento en la terraza del local. Con la mano derecha cargaba un envase de cartón con una bebida caliente.
Como siempre va retrasada. Diez. Veinte. Treinta minutos… la incertidumbre comienza a devorar mis tripas.

Para liberar estrés comienzo a rayar una libreta, trato de convencerme que no estaba a punto de tomar una decisión acelerada: <<Me merezco una explicación. Las cosas no pueden seguir así ¡Carajo! ¡Esta relación me está matando! Todo sería tan fácil si de una vez por todas me dijera qué siente. Pero no, se escabulle y me pide que tenga paciencia: no se siente preparada pare decir: “te quiero”. Es un mito que exista un tiempo determinado para el amor; yo no estaba listo para quererte y lo hago con el mayor convencimiento posible. >>

¿Qué tanto haces? Dudo que el trabajo no te permita darte una pausa de treinta minutos para verme. Te espero en el café. Le escribo en un mensaje de texto.

Pensaba para mis adentros, que no era necesario que me mintiera, lo más seguro es que dijera que no. Hacía este ejercicio para poder estar en paz. Bastaba con ver mi estado, llevaba dos semanas con el sueño agitado; la dicha y la pena se mezclaban debido a la ilusión amorosa.
No debía olvidarlo: lo hacía para poder sobrevivir el verano. La maldita incertidumbre de su partida me iba a afectar mucho más de lo que ya lo hacía en ese entonces.

Sin que mi diera cuenta terminé rayando mi libreta, ente el desorden de dibujos y tachones resaltaba una frase de Charles Bukowski: “Y si tienes capacidad de amar ámate a ti mismo primero pero siempre se consciente de la posibilidad de la total derrota ya sea por buenas o malas razones”.
Al leerla involuntariamente comencé a reírme, es cómo si tratara de animarme para brincar desde el precipicio.

—Perdón por la tardanza— dijo mientras tomaba asiento. Su presencia no hizo más que alterar mi sistema nervioso.

Me imagino que le contesté que era lo de menos, no es que la hubiera estado presionando para que terminara con la masacre.

—Las cosas entre nosotros no es que vayan mal. Simplemente no se encaminan hacia la misma dirección; te estás quedando atrás y eso me ahoga, me perturba.
Yo sé que me pediste que no te presionara pero, como decía mi segunda carta, necesito saber cómo te sientes. Llevas dos semanas alejándote de mí. Francamente no podemos seguir así, nos estamos matando—le dije a rajatabla.

Ella tomó aire y pude ver cómo cada fracción de su cuerpo se preparaba para recitar un discurso diluido pero bien preparado sobre nuestra ruptura.
Su piel morena perdió tonalidad, relajó sus delgados hombros, el lunar del lado derecho me coqueteó por última vez cuando dijo que no se sentía preparada para iniciar una nueva relación. Sino mal recuerdo me dijo que su vida se sostenía como una torre de naipes.

—Dentro de dos meses no sé en qué país voy a vivir— repuso viendo algún objeto que se encontrara cerca de mi cara. —Puedo perder mi trabajo… hace poco salí de una relación y no pienso entrelazar lo que sentía por él y lo que podría llegar a sentir por ti—

—Todo eso ya lo habíamos hablado. No necesito de una respuesta inmediata ni que me  hables de amor; simplemente necesito saber si estamos encaminados a lo mismo—aclaré sabiendo que no escucharía nada grato de ese momento en adelante.

—Tú quieres ser mi pareja. Eso lo dejaste en claro desde la primera vez que salimos. Pero es algo que en este momento no te puedo dar—contestó con ritmo pausado.  —Sé que tampoco es justo mantener una relación de esta forma: una en la que tú te entregas del todo mientras yo me reservo. Tú estás dando un setenta u ochenta por ciento mientas yo sólo un veinte—.

Opté por no escucharla. No era la primera vez que me enfrentaba al rechazo amoroso ¿Cuánto habrá transcurrido de la última vez? Tres o cuatros años, sí.

Siendo sinceros, esperaba algo mejor proviniendo de ella… posteriormente me sorprendí, no sabía que el amor podía medirse en cifras. Debe de ser porque las mujeres sólo se enamoran cuando les conviene. Si un hombre no les hace caso, se desenamoran y buscan a otro. Y se quedan como si nada.

Con recelo volteo a ver a la mesa de atrás. Generalmente se pierden los estribos durante las rupturas amorosas. Los vecinos de banca seguían hablando de las noticias, de la transición en el gobierno y la ruptura social,  al otro lado, la mujer de la que estaba enamorado seguía disculpándose por no quererme de forma recíproca.

—Entiendo todo lo que dices, no necesito que me des explicaciones. Simplemente quiero saber qué vamos a hacer de ahora en adelante— la interrumpí antes de que volviera al tema de sus ex amores. Típicas relaciones codependientes en la que uno, como agente externo, trata de borrar el aura de un otro de forma fallida.

—Al parecer tú no vas a dar marcha atrás a tu búsqueda—

—Así es— repuse. Yo no puedo verte ni quererte de otra forma: si voy a estar contigo es para amarte. No puedo ser tu amigo porque no pienso reducir mi amor ni controlar mis impulsos… no puedo, ni me interesa hacerlo.

Dirás que soy egoísta, pero no es así. Simplemente sé lo que quiero. Puede ser que tengamos los días contados ¿Quieres pasarlos a mí lado? ¿Sí o no? —.

La respuesta fue la más obvia.

***

La mañana en la que ocurrió el reencuentro era como todas las demás, poco prometedora en el buen sentido de la palabra. No había mucho sol ni tampoco mucho ruido, las ramas de los árboles en el parque se mantenían estáticas sino fuese por una ligera brisa que columpiaba las últimas hojas secas que no habían arrastrado por el vaivén del otoño.

No me molestaría que el sol calentará un poco más, sería un buen detalle ahora que me encuentro libre de las ataduras del desencanto.Desde hace algún tiempo he aclarado la incertidumbre de su partida ¡Ah, el tiempo! Quisquilloso artilugio humano que va marcando las tempestades de forma sistemática… pero no, no volveré a pensar en ello. Suficiente tuve con ese largo verano en el cual la esperanza me mantuvo lejos de la carretera del desasosiego.

Me falta calor desde la primavera, los golpes de la vida han abollado el regulador de mi termostato; pero no me tengo lástima porque no soy como esos románticos que piensan en morirse al segundo siguiente en que su amada los deja por otro mal partido. Yo soy uno de esos piadosos hombres que terminan confundiendo la realidad con los recuerdos, por lo que la realidad se desfigura con cada una de nuestras promesas fallidas.
El malestar de esos ayeres es la peor mengua que un hombre puede llevar a cuestas, el más humillante sufrimiento que un alma al desamparo puede soportar, es el sentir que ya no se sufre a pesar de los esfuerzos por seguir amando a alguien mas.
Porque una vez superado el rencor, uno entra al negro océano de la soledad en el que sólo se vive a costa del recuerdo y de la rabiosa lucha de no dejar cerrar la herida aunque ésta ya se haya formado en nuestra piel.

Parecería que no, pero el amor es lo peor que hay en este mundo: es una enfermedad oculta en una forma hermosa, un juego irresistible en forma de besos y caricias. Los ilusos -como yo- lo tomamos sin deparo, como si tratara de un rosa, corremos con ella sin preocuparnos por las espinas. Sin darnos cuenta nos pinchamos y hacemos sangrar a los demás.

Pero como ya me había dicho, esa acción masoquista ya no me persigue; hoy es un día sin agitaciones, sin rumbo ni sentido como todos desde que, en común acuerdo, decidiste que lo mejor para los dos era dejar atrás el amor que sentía por ti.

***

Mientras escuchaba cada palabra que no quería escuchar, mis nervios dieron por concluida la plática en la cafetería antes de que termináramos de discutir.
Inconscientemente tiré sobre la mesa mi bebida, esto nos obligó a abandonar nuestros asientos. Como si fuera una señal de la providencia, sugerí que la acompañaría de nuevo a la oficina. Ella, aliviada, decidió que era lo mejor por hacer.

Unos cuantos pasos separaban nuestro caminar; estaba seguro que esa sería la última vez que vería el sutil rebote de sus caderas al andar. Una parte de mí se sentía feliz al respecto: por fin, después de dos largas semanas de tempestad, aquel martirio se acabaría enfrente de las puertas de vidrio del edificio de su oficina.
La otra parte de mí me exigía que no la dejara ir… que este lapso -como todos- es momentáneo y que podríamos amarnos en poco tiempo. No hay amor que no se fortalezca mediante la resistencia ¡No la dejes ir! Nunca podrás ver con ojos de amor a otra mujer. Es ella, a la que te condenaron antes de que te expulsaran del paraíso, me susurraba el miedo en el oído.

Sin darnos cuenta llegamos a su oficina. Nos despedimos con un beso insulso. Meses después me quemaría el cerebro tratando de recordar aquel instante, buscando un mínimo rastro de amor, una señal, una semilla de ilusión plantada en mi mejilla.
Nos alejamos rápidamente uno del otro. No esperé a que tomara el ascensor, sabía que iba a salir corriendo tras ella, perdiendo todo rastro de dignidad y auto respeto.

Me ahorré la malpasada digiriéndome al metro, cueva placentera para los mal encarados que pueden cargar su malestar sin que nadie tenga la osadía de preguntarles el porqué de las caras largas.
Durante el trayecto con dirección a casa no pude pensar en otra cosa, estuve reconstruyendo palabra por palabra la plática que acabábamos de tener.
Todo tenía sentido en mi cabeza hasta que recordé una frase que dijo mientras mi mente se ocupaba en mantener la compostura: “Todo este tiempo mi corazón ha estado confundido”.

Pasaron dos o tres estaciones en las que me quedé impávido; de a poco la rabia comenzó a apoderarse de mi cuerpo.
<<Todo ha sido un engaño… pasé los últimos meses desperdiciando mi amor con una mujer que ni siquiera tuvo el mínimo interés de quererme. Me entregue en cuerpo y alma a una mujer para ser usado como clavo de otro clavo.>>

A mi alrededor la oscuridad de las vías del tren comenzaron a hundirme en mi propio abismo emocional. El viento contaminado penetraba mis fosas nasales, su olor pestilente me anunciaba que acaban de caducar mis esperanzas amorosas.
En cuanto el vagón llegó a la estación  salí corriendo del metro, atravesé la calle y, sin pensarlo, me encontraba en la misma ruta que acababa de tomar 10 minutos antes.

Una vez superada la ceguera temporal que produce el golpe de sol tras salir de la oscuridad tomé el celular y pensé en marcarle; deduje que no atendería la llamada, así que insistí en el mensaje escrito: “Tengo una duda más. Si no me la respondes me voy a volver loco”.
Seguí caminando a paso firme, mi mente no paraba de hacerse la misma pregunta.

Sobrepasado por el huracán de emociones, la paranoia pedía a gritos que alguien me detuviera: sentía que las copas de los árboles me cerraban el paso y que todas las aves en el cielo se perfilaban en posición kamikaze para detener mi cometido.
Corrió a toda velocidad el asfalto, único amigo ante un inminente ataque de la naturaleza, sin preocuparme por la luz de los semáforos.

Metros más adelante vi una cadera, más bien el vaivén de una cintura sobre unos pantalones de mezclilla; aceleré el paso, a la par mi celular dentro de mi bolsillo.
Mis pisadas resonaban como una batucada. Los demás transeúntes me daban el paso so pena de ser arrollados por el sentir exaltado y muribundo de mi corazón joven, un corazón tan joven e idiota que toavía no se preocupa por su propio bienestar.

“No pienso hablar contigo ahora” decía el mensaje oculto.

El olor de su perfume que se esparcía en el viento de la ciudad le rompía las piernas., gradualmente su ritmo se fue desacelerando hasta que, con su último aliento, hizo vibrar el cuello de su aún amada y le susurró al oído:

—Mientras estuvimos juntos sabías con quién querías estar ¿Conmigo o con él?—

Sorprendida por mi aparición, se quedó pensando unos instantes, me dijo que yo ya conocía la respuesta de esa pregunta; se encontraba en una epístola:
“No estamos listos, mi corazón y yo, espero que lo entiendas.”

—Una cosa es estar confundida por no saber con quién estar, y otra totalmente diferente, es no saber a quién amas… —

Inmediatamente comenzamos a discutir lo mismo que en la cafetería, sólo que de forma más acalorada. Ella trataba de contenerme, gambeteó dos veces con irse pero no  le permití la huida.
Media hora más se fue entre dimes y diretes, entre anticuadas concepciones del amor, de traición y tortura, entre repetición y bilis, le grité mientras tomaba su mano:

—¡Carajo! ¡Carajo! Olvida todo lo demás, los pocos días que nos quedan juntos, sea uno o meses,  ¿no piensas que vale la pena pasarlos juntos?—

Ella con sus ojos profundos y los pies bien clavados en la tierra dijo que no.

***

La mañana del reencuentro me encontraba absorto en mis contradictorios pensamientos caminando por el parque. Había atravesado el puente subterráneo que está a unos pasos del lago. Minutos después pasé por la carreta donde vendían las flores que yo te regalaba casi cada vez que salíamos.
Unos pasos más adelante me pregunté si la vendedora me habría reconocido. Lo dudo: hace mucho tiempo que no paso por estos rumbos. Ella, muy amablemente me preguntaba cómo iba el romance, a lo contestaba que bien, que todo era cosa de tiempo… no tenía duda alguna de que me quisieras, sólo estabas mareada por tanta incertidumbre a tu alrededor.

Antes de lo esperado me encontraba sobre la calle principal; la ruta del parque es un poco más larga pero el recorrido me agrada, el crujido de las hojas secas sobre mis zapatos me tranquiliza, pero la emoción, fiel a su costumbre, se ocultaba al final del camino.
Volteé la mirada y ahí estaba su cuerpo delgado descansando sobre el cofre sucio y viejo de un automóvil de línea. Cargaba un pañuelo en la mano y, al voltear a ver su rostro, encontré una nariz enrojecida y los ojos llorosos.
Conforme me acercaba aumentaba la tentación de morderle los labios, quería regresarle todo el dolor y la angustia provocada el pasado verano cuando amenazó que se iría del país.
Sentía un impulso incontenible de volver el estomago -o quizá era el corazón- cuando por fin la tuve enfrente, sin saludarla si siquiera le dije:

—Estás enferma—

—No. Soy alérgica— contestó mientras yo caía en la cuenta que su rostro ya no me gustaba en lo absoluto: sus ojos ligeramente rasgados dejaron de mostraban lo mejor que había en mí, se volvieron ordinarios y de un marrón tan oscuro como los de las demás.

— ¿Alérgica a qué?— repuse con la mirada perdida en su cabello. Había cambiado el corte,  pensé que sus puntas se parecían a nuestro amor, eran desiguales.

Las siguientes cuatro palabras las mencionó con toda maldad, conocimiento y suspicacia posible. Me recordó de la forma más sutil el porqué de su rechazo, y me destrocé por dentro. Instintivamente planeé una respuesta. Mi cerebro la formuló con una rapidez exquisita pero, al quererla expresarla, el pensamiento se nubló:

—N–o– n–o– no todos pueden— decía mi boca sin emitir sonido alguno. Una causa misteriosa me impidió contestarle al instante. No quería volver a discutir el tema; lo hicimos dos veces, estaba alterado y, según ella, en es momento yo pensaba con el estómago, decía cosas crueles y alejadas de la realidad.
Ella concluyó que lo mejor era posponer la discusión; tras mi negativa accedió a que la tuviéramos de una forma indirecta: por teléfono o que le escribiera con el corazón roto una carta con todos los reclamos que le tuviera guardado en esos tres o cuatros meses que estuvimos juntos.

Terminé tragándome mis palabras. La enfrenté con la mirada y seguí caminando por inercia.
Mi rostro empalideció con el recuerdo de nuestra correspondencia; hace tiempo ella me pidió que le escribiera una carta, una muy distinta a la primera que decía, para empezar, su nombre tres veces y le preguntaba si las palabras que más amamos son aquellas que uno dice siempre, por ejemplo su nombre que escribí lleno de afecto.
Exploté en cuanto recordé la línea que decía que era feliz porque compartíamos la esperanza de un mejor porvenir.

Hasta ese momento entendí que, en realidad no teníamos un camino a seguir, hay amores con fecha de caducidad, y el nuestro ya había expirado; no había necesidad de pelear siquiera. Tres o cuatro pasos más adelante cambié de parecer… todo amor, si se le considera honesto, es combativo.

—Aclaremos esto de una vez — le grité dándole la espalda — ¡Qué carajo estás haciendo aquí! Deberías estar a diez mil kilómetros de distancia, lejos, muy lejos, más allá de donde yo te habría podido alcanzar. —

Mi suplicio de verano terminó por perturbar a mi amada a tal grado que, irremediablemente, terminó por aceptar su condición, me dijo:

—Soy alérgica a ti. —

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La época de Camus


“!Oh, no es suficiente! Con tal ostentación y tal mirada triunfante hacia mi lado que por primera vez desde hacía muchos años tuve un estúpido deseo de llorar porque sentí cuánto me detestaba esta gente.” – Albert Camus.


Análisis del discurso de aceptación del Nobel de Literatura de Albert Camus:

Discurso pronunciado por el escritor Albert Camus cuando se le entregó el Premio Nobel de Literatura en Estocolmo en 1957.
Se titula “La misión del escritor”:

Al recibir la distinción con que vuestra libre academia ha querido honrarme, mi gratitud es tanto más profunda cuanto que mido hasta qué punto esa recompensa excede mis méritos personales.

Todo hombre, y con mayor razón todo artista, desea que se reconozca lo que él es o quiere ser. Yo también lo deseo. Pero al conocer vuestra decisión me fue imposible no comparar su resonancia con lo que realmente soy. ¿Cómo un hombre casi joven todavía rico sólo de dudas, con una obra apenas en desarrollo, habituado a vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de la amistad, podría recibir, sin cierta especie de pánico, un galardón que le coloca de pronto, y solo, en plena luz? ¿Con qué estado de ánimo podría recibir ese honor al tiempo que, en tantas partes, otros escritores, algunos entre los más grandes, están reducidos al silencio y cuando, al mismo tiempo, su tierra natal conoce incesantes desdichas?

Sinceramente he sentido esa inquietud y ese malestar. Para recobrar mi inquietud y este malestar. Para recobrar mi paz interior me ha sido necesario ponerme a tono con un destino harto generoso. Y como me era imposible igualarme a él con el sólo apoyo de mis méritos, no ha llegado nada mejor, para ayudarme, que lo que me ha sostenido a lo largo de mi vida y en las circunstancias más opuestas: la idea que me he forjado de mi arte y de la misión del escritor. Permitidme que, aunque sólo sea en prueba de reconocimiento y amistad, os diga, con la sencillez que me sea posible, cuál es esa idea.

Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he puesto ese arte por encima de toda otra cosa. Por el contrario, si él me es necesario, es porque no me separa de nadie y que me permite vivir, tal como soy, al nivel de todos. A mi ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes. Obliga, pues al artista a no aislarse; muchas veces he elegido su destino más universal. Y aquellos que muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia sino confesando su semejanza con todos.

El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo a los demás; equidistantes entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso los verdaderos artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar, y sin han de tomar un partido en este mundo, este sólo puede ser el de una sociedad en la que según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual.

Por lo mismo, el papel del escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición, no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque consienta en acomodarse a su paso y, sobre todo, si lo consintiera. Pero el silencio de un prisionero desconocido, basta para sacar al escritor de su soledad, cada vez, al menos, que logra, en medio de los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trata de recogerlo y reemplazarlo para hacerlo valer mediante todos los recursos del arte.

Ninguno de nosotros es lo bastante grande para semejante vocación. Pero en todas las circunstancias de su vida, obscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre de poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le justificara a condición de que acepte, en la medida de lo posible, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio de la verdad y el servicio de la libertad. Y pues su vocación es agrupar el mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la mentira y a la servidumbre que, donde reinan, hacen proliferar las soledades. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia a la opresión.

Durante más de veinte años de una historia demencial, perdido sin recurso, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones del tiempo, sólo me ha sostenido el sentimiento hondo de que escribir es hoy un honor, porque ese acto obliga, y obliga a algo más que a escribir. Me obligaba, esencialmente, tal como yo era y con arreglo a mis fuerzas, a compartir, con todos los que vivían mi misma historia, la desventura y la esperanza. Esos hombres -nacidos al comienzo de la primera guerra mundial, que tenían veinte años a tiempo de instaurarse, a la vez, el poder hitleriano y los primeros procesos revolucionarios, y que para poder completar su educación se vieron enfrentados luego a la guerra de España, la segunda guerra mundial, el universo de los campos de concentración, la Europa de la tortura y las prisiones -se ven obligados a orientar sus hijos y sus obras en un mundo amenazado de destrucción nuclear. Supongo que nadie pretenderá pedirles que sean optimistas. Hasta que llego a pensar que debemos ser comprensivos, sin dejar de luchar contra ellos, con el error de los que, por un exceso de desesperación, han reivindicado el derecho y el deshonor y se han lanzado a los nihilismos de la época. Pero sucede que la mayoría de nosotros, en mi país y en el mundo entero, han rechazado el nihilismo y se consagran a la conquista de una legitimidad. Les ha sido preciso forjarse un arte de vivir para tiempos catastróficos, a fin de nacer una segunda vez y luchar luego, a cara descubierta, contra el instinto de muerte que se agita en nuestra historia.

Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrías hacerlo, pero su tarea es quizá mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida en la que se mezclan revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden destruirlo todo, no saben convencer; en que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión, esa generación ha debido, en sí misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de sus amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, en el que nuestros grandes inquisidores arriesgan establecer para siempre el imperio de la muerte, sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de la servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la alianza. No es seguro que esta generación pueda al fin cumplir esa labor inmensa, pero lo cierto es que, por doquier en el mundo, tiene ya hecha, y la mantiene, su doble apuesta en favor de la verdad y de la libertad y que, llegado al momento, sabe morir sin odio por ella.

Es esta generación la que debe ser saludada y alentada donde quiera que se halla y, sobre todo, donde se sacrifica. En ella, seguro de vuestra segura aprobación, quisiera yo declinar hoy el honor que acabáis de hacerme.

Al mismo tiempo, después de expresar la nobleza del oficio de escribir, querría yo situar al escritor en su verdadero lugar, sin otros títulos que los que comparte con sus compañeros de lucha, vulnerable pero tenaz, injusto pero apasionado de justicia, realizando su obra sin vergüenza ni orgullo, a la vista de todos; atento siempre al dolor y la belleza; consagrado, en fin, a sacar de su ser complejo las creaciones que intenta levantar, obstinadamente, entre el movimiento destructor de la historia.

¿Quién, después de esos, podrá esperar que el presente soluciones ya hechas y bellas lecciones de moral? La verdad es misteriosa, huidiza, y siempre hay que tratar de conquistarla. La libertad es peligrosa, tan dura de vivir como exaltante. Debemos avanzar hacia esos dos fines, penosa pero resueltamente, descontando por anticipado nuestros desfallecimientos a lo largo de tan dilatado camino. ¿Qué escritor osaría, en conciencia, proclamarse predicador de virtud? En cuanto a mí, necesito decir una vez más que no soy nada de eso. Jamás he podido renunciar a la luz, a la dicha de ser, a la vida libre en que he crecido. Pero aunque esa nostalgia explique muchos de mis errores y de mis faltas, indudablemente me ha ayudado a comprender mejor mi oficio y también a mantenerme, decididamente, al lado de todos esos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad y esperanza de volverlos a vivir.

Reducido así a lo que realmente soy, a mis verdaderos límites, a mis deudas y también a mi fe difícil, me siento más libre para destacar, al concluir, la magnitud y generosidad de la distinción que acabáis de hacerme. Más libre también para deciros que quisiera recibirla como homenaje rendido a todos los que, participando en el mismo combate, no han recibido privilegio alguno y, en cambio, han conocido desgracias y persecuciones. Sólo me resta daros las gracias, desde el fondo de mi corazón, y haceros públicamente, en prenda de personal gratitud, la misma y vieja promesa de felicidad que cada verdadero artista se hace a sí mismo, silenciosamente, todos los días.

Elementos para el análisis:

  • Perfil del hablante.
  • Historia del Premio Nobel.
  • Condiciones de producción del discurso.
  • Características del discurso.
  • Significado de palabras.
  • Se analizará principalmente por medio de la hermenéutica el discurso de Albert Camus “La misión del escritor”.

Perfil del hablante:

Albert Camus nació en Mondovia, Argelia en 1913; es recordado por su trabajo literario en los siguientes géneros: novela, teatro y ensayo.

Su padre Lucien Camus, muere durante la Batalla del Marne en la Primera Guerra mundial en 1914, por lo que es criado por su madre Catalina Elena Sintes que era analfabeta y casi sorda.

Camus ingresa a la Universidad de Argel a estudiar Filosofía, carrera que deja trunca por haber enfermado de tuberculosis.
Esta enfermedad lo aleja de una de sus grandes pasiones: el futbol. Fue arquero del Club Racing Universitario de Argel.

Recuperado de la tuberculosis, Camus forma una compañía amateur de teatro que representa obra clásicas.
En 1940 se traslada a vivir a París donde trabaja como redactor en el diario “Paris-Soir”.
Un año antes publica “Bodas” que es una recopilación de notas de viaje y reflexiones acerca de literatura.
Su auge como escritor se da cuando sale a la luz “El extranjero”  y con el ensayo “El mito de Sísifo”, donde se muestra el pensamiento existencialista del autor.
Fue miembro de la Federación Anarquista Francesa y miembro del Partido Comunista hasta que Alemania y la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas (URSS) firma el pacto germano-soviético.
Durante la Segunda Guerra Mundial se alinea con la Resistencia y funda el periódico subversivo “Combat”, y de 1945 a 1947 fue editorialista en este medio.
En 1957 gana el premio Nobel de Literatura porque “el conjunto de su obra pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de hoy”.

Junto a Jean-Paul Sartre se le considera uno de los filósofos más importantes de la corriente existencialista; estos dos autores comparten la “pasión inútil” del hombre.
Inclusive fueron amigos hasta que se desató una polémica entre quién era el verdadero autor de estas ideas. La relación se vio afectada por el tendencia política de Sartre que nunca desistó al comunismo.

Camus muere el 4 de enero de 1960, en un accidente automovilístico cuando el sobrino de su editor conducía cerca de la región de Le Petit-Villeblevin. En el lugar de la muerte se encontró el manuscrito de una novela inconclusa “El primer hombre” con un alta carga autobiográfica.
Fue enterrado en el cementerio de Lourmarin.

Historia de los premios Nobel.
Estos se conceden cada año a personas, entidades u organismos por sus aportaciones realizadas en los campos de la Física, Química, Fisiología, Medicina, Literatura, Paz y Economía.
La primera entrega fue el 10 de diciembre de 1901. No se han entregado en siete ocasiones: 1914,1918, 1935 y de 1940 a 1943.
El premio (una medalla de oro, diploma y alrededor de un millón de dólares americanos) son financiados por el testamento del químico Alfred Bernhard Nobel y es entregado por un la Academia de Estocolmo.

Las condiciones de producción del discurso:
Para 1975, Albert Camus ya tenía publicadas 15 de sus 18 obras. Se le puede considerar un autor consolidado, con una narrativa evolucionada y una idiosincrasia marcada.
Con la obtención del Premio Nobel de Camus, la literatura existencialista quedará marcada en la historia universal.
Vale la pena recordar que Jean-Paul Sartre rechazó el premio en 1964 porque “tenía como regla rechazar cualquier reconocimiento entre el hombre y la cultura que se desarrollan directamente a través de Instituciones”.

El panorama histórico mundial de Sartre era el siguiente:
El satélite estadounidense, el Explorer 1 es puesto en órbita; momento determinante para la carrera tecnológica entre los dos modelos económicos predominantes del siglo XX, el socialismo real y el capitalismo.

El 25 de febrero, Bertrand Rusell pone en marcha la Campaña por el Desarme Nuclear.

Fulgencio Batista el 20 de mayo lanza una contraofensiva contra los rebeldes en la Sierra Maestra contra los rebeldes de Castro.

En abril comienza la gran recesión del 85 en Estados Unidos.

Entrados en el mes de julio, Charles de Gaulle decreta la Quinta República Francesa.

Se pone en marcha la Operación Argus, el 27 de agosto, en la cual Estados Unidos comienza los  ensayos nucleares en el Atlántico Sur.

Disturbios raciales en Notting Hill, Londres (30 de agosto).

La URSS realiza una prueba nuclear en Novaya Zemlya el 30 de septiembre.
Se produce el golpe militar en la ciudad de Argel.

Levantamiento tibetano contra la China de Mao.

Características del discurso:
Es un texto cerrado porque abre dos interrogantes principales: 1. La función del escritor y 2. La misión del escritor.

Los elementos intratextuales del discurso son conocidos, el narrador es el propio Albert Camus que recita frente a miembros de la Academia Sueca, diplomáticos, funcionarios públicos e intelectuales.

Fuera de las primeras líneas que dirige a la Academia por honrarlo con el premio Nobel el discurso no esta dirigido a sus miembros; sino a la población en general que es el máximo receptor del mensaje.

El discurso trata de convencer a la población de general de sus ideas; es una abertura a su persona, como en el cuento de Borges en que se divide en 2: el Borges que es un ciudadano común y el personaje que representa Borges como escritor.
Por otra parte, Camus confía en que el receptor va a descifrar su significado porque no es reiterativo ni excesivamente mordaz en ciertos aspectos; considera competente a los que se interesen por su discurso.

Las modalidades de sentido son discretas ya que no utiliza signos enfáticos para resaltarlas, sino que descansan en el contenido de las palabras, en los paradigmas del discurso.

El mensaje focaliza la libertad del hombre y su rol cívico, la naturaleza egoísta del ser humano y muestra su opinión al respecto en primera persona. Por ejemplo: “A mi ver”. De forma relativa aparece en “Cada generación se cree destinada a rehacer el mundo”.

Y las modalidades del enunciado no dejan de aparecer por el alto uso de palabras con ejes afectivos, éticos y lógicos, como: desdicha, incesante, solitaria, privilegiada, dolor, alegría, semejanza, honor, deshonor.

Significado de palabras:

Libertad: La libertad no consiste en decir cualquier cosa y en multiplicar los periódicos escandalosos, ni en instaurar la dictadura en nombre de una libertad futura. La libertad consiste, en primer lugar, en no mentir. Allí donde prolifere la mentira, la tiranía se anuncia o se perpetúa.

La libertad consiste, en primer lugar, en no mentir. Allí donde prolifere la mentira, la tiranía se anuncia o se perpetúa.

Mentira: portavoz del odio y de la ceguera. Sinónimo del odio: en cuanto mejor odian, más mienten. La prensa mundial, con algunas excepciones, no conoce hoy otra jerarquía. A falta de otra cosa, mi simpatía va hacia esos, escasos, que mienten menos porque odian mal.

Análisis del discurso de Albert Camus:
La misión del escritor”
cuenta con mil 646 palabras divididas en once párrafos.
En el primer párrafo comienza mostrando gratitud hacía la Academia de Estocolmo que le entrega el premio Nobel, y se adula diciendo que esa recompensa “excede sus méritos profesionales”.

Seguidamente el autor describe que tras la obtención del máximo mérito literario necesita reencontrar su posición que se encuentra entre los reflectores y la nubosidad del premio y su verdadero rol como escritor.

Camus describe que este premio lo exhibe ante toda la humanidad, él se percibía a sí mismo como un escritor discreto acostumbrado a “vivir en la soledad del trabajo” y “en el retiro con los amistades”.
En cierta forma acepta que este premio afectará su rutina diaria por las avalanchas de entrevistas que se vienen.
De forma oculta, la obtención del Nobel aumenta la expectativa de su futura obra por haber recibido esta distinción.
Y es que, cómo aclara una líneas después, esa gratitud sólo lo han merecido unos cuántos escritores “los más grandes” según él.
Concluyendo el párrafo, Camus no puede definir sus sentimientos frente a la honra del Nobel mientras en el mundo haya escritores no reconocidos en naciones con situaciones de desgracia.

Ante ésta disyuntiva emotiva, el escritor argelino recurre a los dos grandes pilares que tiene su vida: la idea que se ha forjado de arte y la misión del escritor.
Camus acepta que “no puede vivir sin su arte”, no sin la totalidad del concepto arte; es una asimilación que el arte tiene una función económica, la cual le permite subsistir por primera instancia y mantener un estilo de vida que le permite liberar su potencial artístico.

Continúa definiendo a su ver lo que es arte “que no es una diversión solitaria… es un medio de emocionar al mayor número de hombres ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes”.
Con esto encontramos que el arte no es un individualismo, sino una función narrativa con la función de aumentar y unir por medio de imágenes a la gama sensible de la mayoría de las personas.

Más adelante extiende su definición: “Obliga, pues al artista a no aislarse(…) y aquellos que muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia sino confesando su semejanza con todos”.

Posteriormente, en el quinto párrafo, Camus sentencia que el artista se forja con su participación activa en la vida social y en constante encuentro con uno mismo.
Agrega que el escritor debe ser libre, por lo tanto no puede ponerse al servicio de los que hacen o los que escriben la historia porque está renunciando a su ideal como artista. En cambio, el artista debe de ver por los que sufren, debe dar voz a aquéllos que callan.
En el momento en que el escritor sale a la calle y rompe con su soledad, puede perfeccionar su trabajo al darle una función social.

Camus define los objetivos que tiene un escritor: el servicio de la verdad y el servicio de la libertad.
Por parte de la verdad es una orden para romper con las falsas realidades y el acomodamiento .
Lo anterior evoca por la eliminación del prejuicio, la ignorancia.

Mientras que en el servicio de la libertad es no permitir que las presiones ajenas modifiquen la escritura por miedo a la represión (censura), que es un atentado intelectual como el que se vivía en la Unión Soviética, donde el arte que no abogada por la revolución marxista era considerado reaccionario y por lo tanto no tenía cupo en el universo pragmático de ese entonces.

Dentro del sexto párrafo, Camus dice que el único sentimiento que lo ha sostenido en veinte años es el de escribir.
La escritura en  él se torna el centro de su existencia, lo anterior lo obligaba a deslindarse de su individualidad y “compartir con los demás la misma historia, desaventura y esperanza”.
En la frase anterior encontramos un absurdo ante la vida, porque todos sufrimos de los mismos pesares. Sin importar qué tanto nos esforzamos el sufrimiento será el mismo y se traspasa de generación a generación que dejan un legado que no podemos entender.
La vida es una lucha constante ante el sufrimiento generalizado que provoca el sólo hecho de existir.
Cuando Camus expresa que se obliga a compartir se puede referir a que es un narrador de historias y que necesita desahogarse con los demás para poder ser un creador.
Después explica quiénes eran los hombres con los que se rodea: “Aquellos nacidos al comienzo de la Primera Guerra Mundial, que tenían 20 años cuando se instaló el poder hitleriano y las primeras revoluciones (…) la de el universo del campo de concentración y la Europa de tortura y prisiones”.
Lo anterior refleja lo que es ser un hombre postmoderno, es la herencia de las Guerras Mundiales, del mundo que tiene como ideal la supremacía y el odio.
En una entrevista Albert Camus agregó que la Europa de ser la tierra del humanismo se ha convertido en la tierra de la vergüenza por el genocidio y la supremacía de las ideologías.

En las líneas “Hasta llego a pensar que debemos ser comprensivos, sin dejar de luchar contra ellos, con el error con los que, por un exceso de desesperación, han reivindicado el derecho y el deshonor y se han lanzado a los nihilismos de la época”.
Es un paradigma que invita a la población a no dejarse vencer por el panorama desalentador que descansa en la Tierra; es una invitación a la unión social y a la organización porque la vida es un sentimiento de intensidad en la que se lucha contra el instinto de muerte que agita a la historia.

El octavo párrafo es el más enriquecedor porque muestra un entendimiento ideológico perfecto del siglo XX que es el heredero de revoluciones fracasadas, técnicas -¿De producción?- enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas.
Además asimilar que su generación no podrá salvar al mundo pero, que tiene una misión aún más importante, que es salvarlo, abre brecha para el pensamiento ecologista.
Camus hace un desgarradora prospectiva de su época, en la que los hombres no se volvían locos o mediocres por gusto sino por el derrumbamiento del ambiente que lo rodea.
La idea “la inteligencia humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión” habla de los sistemas de convencimiento de la propaganda, de la instrumentalización de la existencia humana para el beneficio de particulares que están al mando de las ideologías.

Encontramos en ese mismo párrafo un panorama ideal del mundo: la restauración de paz entre las naciones. Un trato que no esclaviza una a la otra (como en el Tratado de Versalles).
Camus agrega el panorama tendencial en el que duda que su generación sea capaz de semejante hazaña.

El noveno párrafo da otro sentido a la existencia del escritor, los hace responsables de preservar la belleza y el dolor de su época ante los eminentes destructores de la historia (que es la naturaleza malvada del hombre).

Por último, sentencia que él como ningún otro intelectual tiene la verdad absoluta; ha fallado y aprendido de sus fallas; cada caída lo ha fortalecido y le ha enseñado que la dicha del hombre radica en estar condenado a ser libre.
Una vez que se ha mostrado ante la audiencia se siente libre, transparente y acepta el premio que le concede la Academia y le da un función que es mantener firme la promesa que hacen los artistas todos los días al despertarse que es la de no traicionarse a sí mismos.

Lamentos de una ciudad


“La clave aquí, creo, es no pensar en la muerte como un fin, mas bien pensar en ella como un modo muy eficaz de reducir gastos” – Woody Allen.

Nubes grises, no por tormenta sino por contaminación oscurecen el panorama de la población citadina que, día a día, vuelve del trabajo a casa con las mismas frustraciones.
Hemos perdido el control de la vida. Sí, eso es lo que murmura el viento. Es el lamento esparcido por la tierra, culpamos a los pulmones por hacer de la vida un rutina anatómica.
La función respiratoria se roba el control de nuestra vida cada vez que exige una bocanada de oxígeno.
¿En qué consiste la vida si no podemos determinar cuándo escapar de ella? Es imposible definir cuándo vivir si estamos obligados a hacerlo de antemano.

El viento sigue levantando pesares por las avenidas, los repite de oído en oído; por eso nunca estamos satisfechos, por eso formulamos preguntas: algo se busca, algo se encuentra.
Amor. ¿Qué es eso?, se pregunta una mujer después de retorcerse por un escalofrío que ha calado todo su cuerpo.
Inhala una dosis mínima de muerte con retrogusto a nicotina.

¿Realmente vale la pena esforzarse tanto? Salir a bares cada fin de semana; maquillarme una hora sólo para lucir distinta a cómo en realidad soy; esperar en la barra a personas que, en su mayoría no me provocan más que repugne, o en el mejor de los casos, indiferencia.
El tabaco abrasado perfora su garganta de a poco, el dolor la hace sentir un poco menos miserable.

El cielo es naranja, las nubes moradas, los edificios lucen tristes sin iluminación artificial que los alumbran desde adentro.
Los ojos rasgados-café oscuro de la mujer que piensa en amor observan como luciría la ciudad en llamas, envuelta en su propia sombra combustible que asfixiaría los últimos deseos carnales de sus habitantes, las líneas telefónicas y los lamentos ajenos que ingresan al cuerpo con cada resfriado.

A pesar de todo sigo viniendo cada fin de semana a estos tugurios en búsqueda de algo. Dice para sí misma. Algo parecido a las emociones o a las sensaciones. La verdad es que es que ya no puedo distinguir una de la otra.
Creo que estoy enamorada de los bares. De su oscuridad, del barullo, de las figuras distorsionadas a través de las botellas de ron, de los hombres que se sientan en la barra y me invitan tragos malintencionados.
Sí, de todo eso estoy enamorada.

*

El viento se agotó de deambular por las calles principales, por lo que optó a tomar el metro de la ciudad. En los vagones actualiza sus lamentos; al parecer la humanidad es más compleja de lo que parece desde su alzada óptica. No basta con salud, dinero y prosperidad… hay pequeños detalles como el clima, la humedad y los olores que abruman a la población en general.

Odio esta línea. Siempre hay demasiada gente, destila un olor a humedad que me provoca asco.
Otro día más sin volverme millonario.
Sin volverme famoso.
De no escribir versos.
De no pintar mujeres desnudas.
De no hacer nada…
Para mí todo es igual.

La fusión de Oxígeno, Nitrógeno y Argón se sentía aprisionado entre los eslabones de gente. Esa no es la naturaleza del viento, transportarse en vehículos con llantas. Lo sabe, pero el peso de los lamentos es equitativo al de la inactividad ¿Quién dijo que la vida no era agotante? Más para una fuerza con sólo tres elementos químicos que está encargada de reenviar los pensamientos humanos.
Así que salió por la ventanilla, subió por las escaleras eléctricas, perdió la visibilidad unos segundos al encontrarse con la luz solar y se elevó por los aires difundiendo lo que escuchó en el metro.

Divagaba por la ciudad en búsqueda de personas que tuvieran algo que contar. A la distancia percibió a un hombre sentado sobre una banca; descendió unos cuantos metros para observarlo mejor: tenía ojos de perro abandonado, barba crecida y la mirada perdida en las nubes. Sufría frío y gustaba de la melancolía. Enfrente de él descansa un río congelado que le hacía pensar:

A lo mejor nuestra vida está destinada a ser como las estaciones del año.  Hay tiempo para todo, el problema es que cosechamos en época sequía… nuestro reloj biológico está olvidado en un cajón; buscamos amor en tiempos de reflexión, compañía cuando lo viable es estar solo.
Debe de ser eso, no encuentro otra razón viable para tanto sufrimiento alrededor.

¡Dios! Cómo deprime el invierno. Los árboles pelados, los pájaros sin voz. Todo es tan silencioso, tan poco armonioso. Balanceaba los pensamientos como si fuera columpio para sentirse cerca del lago.
Sonará egoísta, miento: es estúpido, pero no me importa, detesto el amor del prójimo; me es infumable ver a una pareja que no se entrega el uno al otro.
Sí, sí, detesto a los que buscan alguien para perder el tiempo, los que no tienen amor en las pupilas, a los que no se sienten mejor personas por el simple hecho de tener a alguien a lado que se vuelva un motor externo.
La brisa del viento lo obliga a cruzar los brazos para calentarse el pecho

Siento envidia de los escurridizos, de los habilidosos, de los débiles, de los no heridos que pueden amar al prójimo sin temor o freno alguno. La nada les basta ¡Resulta que hasta los mustios son capaces de amar!
Ahora bien, ¿Realmente es tan difícil? Amar, maldita obsesión humana.

Es fascinante lo que se puede descubrir de la gente si nos tomáramos el tiempo para descubrirlo.
El viento tomó asiento junto a este joven, redujo su estela para no incomodar al filósofo que,  con los codos sobre las rodillas y las manos tapando su rostro expulsó el epítome de su monólogo:
Es imposible dar lo que no se tiene.

Satisfecho con lo escuchado, el vendaval se elevó entre las nubes. Segundos después se preguntó por que carajos las parvadas que cruzan la ciudad lo habían abandonado.

 *

 —¿Lumbre?— pregunta un hombre con gabardina verde militar a la mujer de ojos rasgados mientras sostiene un cigarro entre el dedo índice y anular.

—Toma—contesta sin mucha afán.

—Es curioso— le habla al lunar del hombro derecho que audazmente se escapa del tirante del vestido—como en estos días ser fumador tiene peor fama que un violador, ¿No es cierto?—

—Puede ser… los moralistas no soportan que sea tan bueno—.

—No me he presentado. Soy Philip—continúa con una bocanada de humo—Disculpa que te diga esto sin mayor preámbulo, pero, sí fuera por mí, estaríamos camino a tu casa para destrozarnos los labios a besos.
—Nunca he sido una persona muy poética; no por falta de interés, más bien por iletrado— repuso asombrado al notar lo torneado de las delgadas piernas de esa mujer con rasgos asiáticos que evitaba verlo a toda costa.

Después de un tiempo en silencio, ella se digno a contestar:

—Es una buena imagen, lástima que no esté en ti la posibilidad de que suceda— contestó con una sonrisa cortada.
—Imagina un mundo en que el no fuera inviable. ¿Qué sería del mundo sin los insatisfechos?  Un reino de anarquía, seguramente—

—Quizá, una orgía perpetua—agregó Phillip buscando la punta de la nariz que se escabulle tras el fleco castaño de ella.

—No seas libidinoso… mejor sigue contando qué pasa entre nosotros; te doy permiso a que me invites una copa—

—¿Estás segura qué quieres volver a ahí?— parló señalando al bar —No puedo platicar cómodamente estando parado—.

Con las manos encadenas y a peso lento cruzaron la avenida, desconfiando del pavimento, de las decisiones recién tomadas.

*

La temperatura va en picada conforme el día se deja derrotar por la noche.
El mensajero de la voz humana busca refugio en un tubo de la calefacción. Necesita calor y una plática más amena, todo el día ha escuchado pesares y lamentos.
 ¿Dónde se esconde la felicidad en estos días días tan lluviosos?

Ingresa a la tubería que se encuentra en la azotea de un edificio venido a menos, desciende por el orificio provocando un chiflido agudo que se le asemeja a las teteras cuando el agua llega al punto de ebullición.
Conforme desciende, se vuelve una finísima capa de polvo que levita en medio de la tubería.
No lo puede saber pero acaba de ingresar al departamento C-303, donde habita una pareja recién casada.
Los dos se encuentran en la sala, un espacio reducido donde de milagro entran dos sillones que están acomodados en forma de ele.
Enfrente de los mismos hay una mesa de centro con vidrio y copas de vino tinto que contrastan con el piso alfombrado color crema.

El marido, antes de tomar asiento abraza el vientre de su esposa. Llega a sus narices el olor de su cabello.

—Te quiero—murmura ella a su oído.

El viento se acerca un paso más para poder entender la escena; se sostiene de la lámpara colgante del techo.

—Yo no—contesta él en tono de broma.

—Ingrato…— acota con una mordida en el lóbulo de la oreja.
Él, haciendo gala de sus clases de karate, desliza la pierna de apoyo de su mujer lo más posible y con la otra le da un ligero puntapié que la hace trompicar.
La detiene milímetros antes de azotar con la alfombra; deja caer su cuerpo sobre el suyo, una vez que está encima de ella trata de besarla pero no encuentra boca.

—Embustero— sentencia la mujer con la respiración agitada.
El tercer novio formal y el décimo en la cuenta total ha levantado con delicadeza sus prendas, concentra sus fosas nasales en el ombligo, provocando que se le erice los poros de piel.

—Rapaz—le contesta entre carcajada y delirio.

Las manos de su hombre dibujan la delicada piel de su amante… se divierte con las caderas fértiles, recorre de a poco en poco lo avellanado de su costado.
Se detiene por un segundo.

—No entiendo por qué sigues encima de mí— repuso en un falso intento por poner resistencia.

Su esposo la libera con lentitud: levanta los brazos y gradualmente el pecho. Faltan las piernas que parecen estar encadenas al piso.
Instantes después arquea la espalda; con un movimiento ágil sujeta los delgados brazos de su mujer.

—Déjame, déjame—

Un beso en los labios desata una guerra montada en el edificio C-303.

—Delincuente…— dice ella entre suspiros.

*

Pudoroso, el viento abandonó la habitación en el momento que las prendas comenzaron a volar. Se había hecho más tarde de lo que pensaba: Dos, tres de la mañana, dijo para sus adentros.

Desde las alturas podía ver el centro financiero merodeando a los barrios populares. Más al fondo hay viejas construcciones afrancesadas, apuntando al norte hay edificios barrocos, y en la zona sur descansan las industrias.
Más que disfrutar el paisaje urbano, goza de la tranquilidad que brinda la noche Dieciocho horas de ruido constante aturden a cualquiera. 

En un momento de lucidez, el viento piensa que deberíamos cargar con letreros preventivos: ¡Peligro, mujer saliendo de ruptura amorosa!, ¡Adolescente en plena formación de carácter!, ¡Pelea marital!, ¡Luto!, ¡Hartazgo!, ¡Insaciedad!, ¡Menstruación! y así dependiendo el caso.

Se sentó en el borde de un edificio, y con misericordia dijo para sus adentros que:
los humanos son una mezcla de  elementos no estables; sería preferible que no divagaran con tanta libertad por las calles…

 Crédito: http://bit.ly/y8jx6Q

Es menester despedirse de una vez


“Music when the lights come on
The girl I thought I knew has gone,
And with her, my heart had disappeared…” – The Libertines

 

Hoy te quiero,
mañana no lo sé.
Es menester
despedirse de una vez.

Cintura de bailarina,
me pregunto:
¿En verdad quisiste decir adiós?

¡Dios!
¡Si tan sólo me hubieras condenado a una!
Para no tener que demoler los recuerdos.
Por eso es menester
despedirse de una vez.

Mañana al verte pasar
te preguntaré
si en verdad quisiste decir adiós.

Y antes de que me sea imposible olvidarte
ojalá cambies de respuesta
y digas que puedes quererme,
aunque sea por un momento
por dos,
o tres.

 

Libros: fijación, delirios, y demás peripecia


Mal que nos pese,  todos somos ficciones”- Jorge Volpi.

Me es imposible entrar a una casa desconocida sin fijarme en los libros que habitan en ella. Es una perversión que seguramente descubrí en la biblioteca de mi abuelo cuando era niño. Desde mi perspectiva como infante, en esa pequeña habitación había miles de ellos: religión, historia, literatura española, el Siglo de Oro, literatura universal, la colección Austral. Todos apilados en un orden complejo que sólo el Yayo podía comprender, a fin de cuentas el orden no es lo importante sino el misterio somnoliento de la palabra.
Al entrar a su recoveco me decía a mí mismo: “Todos estos libros son mi abuelo, por eso sabe tantas cosas”.
Pensamiento acertado. Todos comenzamos siendo personas y concluimos como personajes.

Esa esquina se convirtió en lugar de culto debido a la idealización. Por consecuente mi concepto de biblioteca mutó drásticamente, de “local donde se tiene un considerable número de libros ordenados para la lectura” a “la cueva donde se forja el carácter de las personas”.
Desde ese entonces me planteé el objetivo de tener un santuario para mí mismo.
Anhelo que en el futuro algún miembro de mi familia podrá descubrirme mediante las lecturas que haga. Esa idea me cautivo de tal forma que planteo los mismos encantos de neftalina, telarañas, papeles por doquier y el olor de las esporas que tanto dañan a los pulmones.

Es por esto que al entrar en una casa desconocida me fijo en los libros. Se pueden hacer bocetos de los personajes que habitan ahí mismo.
La idea se torna absurda si concluimos que por tener “Crimen y castigo” junto a “Los miserables” estamos hablando de una familia retorcida que es incapaz de seguir los lineamientos estipulados por la autoridad. Sin embargo, se palpa una moral preocupada por el sentir de la sociedad.

Volviendo a los recuerdos literarios, mi padre solía llevarme a la vieja librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo, en ese entonces no tenía escaleras eléctricas ni sillones, menos la gran colección de libros de arte que se esconde junto al patio.
En ese preciso espacio se encuentra ahora la Gandhi de oportunidades, donde están los libros en oferta. ¡Qué destino tan cruel! El libro termina con diez estampas de promoción, embodegado, encadenado a una oscuridad permanente.
Fin trágico.

Total… en uno de los tantos trayectos que hice como niño a ese lugar tomé un libro de los “Picapiedras”, casi lo terminó de leer mientras mi papá compraba otros con una plusvalía literaria asegurada.
Me senté contra la pared, detrás de un librero móvil. Debió pasar más de media hora pero no lo noté. Cansado de leer salí de mi escondite en su búsqueda.
—¿Me puedo llevar este?— Dije apenado.
Se tardó en contestar, al parecer estuvo como loco tratando de localizarme, inclusive salió a la calle para ver si no estaba ahí; en vez de regañarme se tranquilizó y aceptó que me llevará a los “Picapiedras” más por culpa que por gusto.

Desde hace tiempo mi honorable padre dice que ya no compre libros, o por lo menos que cambien de manos una vez que haya terminado con ellos.
—No hay suficiente espacio— dice él. Siempre hay espacio para más, y, cuando se acabé planeo construir muebles con fondo profundo para categorizarlos.
Verdad es que soy envidioso. Sólo a dos o tres personas se los llegó a prestar, siempre con la misma advertencia: Nada de fluidos que puedan afectarlos, tiene que volver a mí en el mismo estado en el que lo dejé.
Afortunadamente han seguido mis instrucciones y el intercambio sigue latente.
Es desagradable tener que regresar un libro, en parte no estará ahí para recordar el nombre de un personaje o releer dos o tres páginas que nos hayan cautivado anteriormente. Es una sensación tan repugnante como despertar de una operación con un órgano menos. Te despojan de una parte útil de tu ser.
Ya lo dijo Jorge Volpi: “Mal que nos pese todos somos ficciones”, desprenderse de un libro es como dejar atrás a un romance, los personajes se vuelven amigos, y las memorias hacen sangrar a las llagas.

Retomemos la atmósfera de Miguel Ángel de Quevedo, pasos más adelante de Gandhi se localizan una infinidad de librerías de viejo o “cementerios de libros olvidados” como diría Carlos Ruiz Zafón. Lástima que pierden todo la magia y encanto de su narrativa, en estos lugares cometen el acto atroz de vender folletines sobre educación física e higiene personal a la entrada del local, si eso no asusta clientes no sé que lo haga… arriba de ellos hay un letrero con letras rojas en mayúsculas, se lee GRAN PROMOCIÓN.
Nadie en sano juicio compraría uno de esos…
Además, que persona tan inhumana menosprecia a un libro de tal forma, ponerlo en manos de esos cazafortunas podría llevarlo a un trágico final.
Desde mi perspectiva sería mejor que pasará de mano a mano, los libros tienen pinta de memoriosos pero no de pacientes.

Me estoy desviando de la idea original, ¡Ah, si!, ya lo recuerdo: estimado y arduo lector, la intención de estas palabras es que, si algún día tengo el privilegio de visitar su morada, evite miradas inquisitivas o preguntas que por pudor no le pienso contestar.
No tengo la mínima intención de robarme nada, lo peor que podría salir de mí serían teorías de conspiración sobre usted y su sagrada familia a través de los lomos que estén en su casa.
Si piensa que es un acto deshonroso lo anterior, imagínese las críticas a ciegas que podría hacer.  A veces es mejor no darle espacio a la imaginación.

Agradecido y apenado de antemano,
el escritor

Viejas costumbres


“Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso”. – Gonzalo Rojas.


Viejas costumbres

Personajes:
Diana: esposa de Alejandro.
Alejandro: esposo de Diana.

Escena 1

 (La casa se muestra solitaria: muebles tradicionales de tela rayada, mesa de centro, piso de madera, al fondo y esquinado una mesa, sillas, cuadros, librero, comedor, televisión.
Sube gradualmente la luz en el escenario.
Fuertes pasos acercándose. Fuera del escenario se dicen los primeros diálogos).

Diana: Por Dios, Alejandro. Esa historia no te la cree ni la pendeja de tu madre.

Alejandro: Podrías dejar a mi madre fuera de nuestras discusiones por un segundo… sólo te dijo piruja cuando teníamos diecinueve.

Diana: ¿Ahora vas a defenderla?

Alejandro: (suspiro) No se trata de eso…

(Entran actores a cuadro).

Diana: (voltea vigorosamente, lo señala) ¡Entonces qué! Nunca me has dado mi lugar enfrente de ella. Te quedas sin agallas al entrar a su casa, cobarde.

Alejandro: Las dos están locas ¿Por qué no me dan respiro? Si tanto la extrañas toma el coche y regrésate con ella.
Tus gritos me han producido una jaqueca.

(Alejandro se sirve un trago, se dispone a beber pero Diana vuelve a tomar la palabra).

Diana: Llevas tres años haciéndome sentir miserable ¿No te cansas? Estoy harta de esperar, de no sentir, de tus molestas rutinas y tus ronquidos al dormir.
Estoy harta de esta casa sin ventanas, de su color amarillo y el silencio nauseabundo que reposa aquí.

(Alejandro pone los ojos en blanco, se quita los zapatos).

Alejandro: Tú quisiste esperar para que nuestra relación creciera, además el diseño es tuyo…

(Diana se aleja del escenario, sale hacía el comedor. Alejandro mueve la mesa del centro y coloca los pies sobre ella. Ríe en voz baja y toma el periódico.
Ella se queda al borde del escenario y dice:)

Diana: Vete a la chingada.

(Alejandro no contesta).

Diana: Entonces, ¿Qué? ¿Otra noche de televisión?

Alejandro: ¿Ya no estás enojada?

Diana: Contéstame, para ver si me cambio o no.

Alejandro: Con tanto coraje nos vamos a matar. Mejor otro día.

Diana: No voy a estar aquí para siempre.

Alejandro: Siempre lo has estado…

(Cambio de iluminación, actuación de múltiples actividades individuales en las que los dos se puedan vigilar: leen el periódico, toman el café, costura, etc.).

(Luz cálida, atardecer).

Diana: ¿Te preparo algo de cenar?

Alejandro: Nada especial; algo combine con cerveza y gastritis.

Diana (sonríe): Un Pepto Bismol.

(Alejandro deja el periódico, la voltea a ver y sonríe).

Alejandro: Lamento que tengas que ver tanto a mi madre. Son días complicados.

(Se acerca poco a poco, toma su cintura suavemente y besa sus labios. Ella acepta fríamente al inicio y poco a poco se entrega).

Diana: Lamento que esa enfermedad esté acabando con la paz de todos.

Alejandro: Eso no lo podemos decidir nosotros, ni nos incumbe; sin embargo, tú siempre has estado loca.

Diana: Será que lo aprendí de mi familia política.

Alejandro: ¿Otra vez a lo mismo?

Diana: Tú lo trajiste a colación.

Alejandro: Apenas comienzo y me lanzas un balde de agua fría encima: mi madre…

Diana: No es para tanto; anda que me hace falta un revolcón.

Alejandro: Perdimos la magia ¿No es cierto?

Diana: Serán las ganas…

Alejandro: Estamos demasiado viejos para saltar del techo a la cama y de regreso

(Pausa larga)

Alejandro: Tengo hambre.

Diana (lo voltea con indignación): Ya somos dos, pero nunca hay afrodisíacos en el refrigerador .

Alejandro: Será que el sueldo no alcanza para tanto

Diana: O que somos cada vez un poco más avaros.

(Cambio de luces, una vez servida la cena, movimientos acelerados sobre la mesa del comedor).

Alejandro: Me voy a dormir que mañana el jefe llega temprano, ¿Tú qué vas a hacer?

Diana: No lo sé. Ir al parque, pasear un rato.

Alejandro: Lo que sea menos llenar el closet de zapatos.

Diana: Me cansé de tanto hablar, mejor voy a  dar una ducha con agua fría.

Alejandro: No te servirá de nada, los dos estamos condenados a  ser tibios.

Fin de escena 1

*

Escena 2:

(Negro total, simular amanecer. Los actores se arreglan para sus actividades cotidianas).

Diana: Voy a dar un paseo por la calle. Todo lo de ayer fue un malentendido ¿Cierto?

Alejandro: Depende, lo de tu locura es un hecho, sobre nosotros…  ya no distingo el enojo del deseo.

Diana: Quizá sea lo mismo.

Alejandro: Nunca es lo mismo. Si fuera así quisieras golpearme y consumirme a la vez.

Diana: Parto antes de que nos enojemos. Dame un beso, tonto.

Alejandro: Ven por el.

(Diana con una sonrisa en la cara se da la vuelta y antes de salir por un costado del escenario dice):
Diana:
Vete a la chingada.

(Alejandro se vuelve a reír, toma su sombrero y sale por el mismo lado del escenario.
Pausa de un minuto, para mostrar el escenario. Debe lucir cálido a medias, como una casa habitada con un cuarto abandonado).

(Llegan juntos los personajes).

Diana: Sabes, Alejandro, extrañaba eso; alejarnos de la rutina y los intentos fallidos. Fue una buena idea ir por ese helado.

Alejandro: Me sentí joven de nuevo.

Diana: ¿Notaste la mirada de todos?

Alejandro: Sí, un poco… me sentí fuera de lugar. Al parecer está prohibido cortejar a tu esposa después de la boda.

Diana: Hoy la pasé bien. No importa qué piensen los demás. Nos tenemos el uno al otro.

(Suena el teléfono, contesta Alejandro).

Alejandro: ¿Sí? (pausa) Ahh, madre. No, no, dime. Aham… ¿Otra vez?, ¿Estás segura? Vamos para allá. (pausa) Sí, viene conmigo. (pausa) Bueno, lo siento es mi esposa. (pausa) Adiós.

(Alejandro voltea a ver a Diana que comienza a llorar y sale del escenario. Se oscurece el escenario poco a poco, Alejandro entra del mismo lado que Diana).

Diana: Estoy segura que lo hace a propósito; la primera vez que pasamos un rato amigable en años, minutos después tu madre se entera y tiene su quinto infarto este año.

Alejandro: ¿Acaso insinúas qué finge su enfermedad para arruinarnos la vida?

Diana: Claro que no…  (pausa) pero es tan inoportuna.

(Nuevamente Alejandro se acerca a la mesa, sirve un vaso con licor y cuando se dispone a tomar, dice:)

Alejandro: No es correcto el desear el mal a alguien mas.

Diana: Estoy exhausta. Adiós.

Alejandro: Acompáñame a cenar, tan siquiera.

Diana: Ya está todo listo, sólo caliéntalo en el microondas.

(Actores desaparecen de escena mientras el escenario poco a poco se oscurece).

Diana: He dormido tan mal.

Alejandro: Será por tus negras intenciones.

Diana: Seguramente, tuve un sueño tan raro: estábamos los dos aislados en esta casa sin mas que hacer; condenados a la soledad. Como en el cuento de Cortázar, los espíritus nos iban robando el espacio vital, y  de poco en poco se iba acabando el aire entre nosotros.

(Pausa).

Alejandro: Qué raro… yo nunca recuerdo mis sueños; sea para bien o para mal ¡Qué comentario tan desolador! Sin embargo pienso que así es mejor: uno debe vivir esperando lo menos y recibir lo venidero de la mejor forma posible.

Diana: Inspirador, pero falso.

Alejandro: No se puede pedir todo en esta vida.

Diana: ¿Eres feliz?

(Suena un reloj de pared que no aparece en escena).

Diana: Te salvó la campana.

Alejandro: Al parecer, nos vemos en la tarde. ¿Me regalas un beso?

Diana: No te lo mereces…

Alejandro: Está bien, pero luego no te quejes de que regalé mi boca al primer postor.

Diana: Jamás, sólo la educarás para su dueña.

Alejandro: Vete a la chingada.

(Risa de los dos; la pareja se besa y después se separan poco a poco, disfrutan del agónico momento de paz).

Alejandro: Te invito a cenar ¿Te parece?

Diana: Olvidas que tu madre está en el hospital.

Alejandro: Alguien debe de estar cuidándola.

Diana: Eres el único hijo que se preocupa por ella. La odio, pero te necesita.

Alejandro: En serio, merezco un momento contigo.

Diana: Te lo pido.

Alejandro: Simplemente eres imposible… ¡Desde cuándo te preocupas! La has considerado el mayor impedimento de nuestro matrimonio, cuando decido apartarla, la sitúas de nuevo. Eres impredecible.

(Diana trata de hablar pero Alejandro no se lo permite).

Alejandro: No te quiero escuchar…

(Se acerca a la licorera, la sujeta pero le tiembla el pulso demasiado como para servirse un trago. La arrastra nuevamente al piso.
Diana acongojada busca algo que decir, da unos pasos hacía él pero decide alejarse. Tartamudea y se toma la cabeza).

Alejandro: Vuelvo a la hora de cena.

(Sale del escenario con pisadas fuertes y largas).

Fin de escena 2

*

Escena 3

(Alejandro entra sigilosamente a la sala, deja los zapatos en la entrada y camina de puntitas para no despertar a Diana. A medio camino se arrepiente. Se acerca al bar, toma el vaso de escocés que dejó servido, prende el televisor).

(Sonido de noticiero).

(Diana enciende las luces, se le ve agitada).

Diana: ¿Desde cuándo entras a la casa como un ladrón?.

Alejandro: No lo sé, desde que habito con desconocidas.

Diana: Es tarde. Anda, vamos a dormir.

Alejandro: Adelántate, ahora te alcanzo. Quiero estar un rato a solas.

Diana: Hemos estado todo el día distanciados. Déjame ayudarte o por lo menos acompañarte… escucha, no podemos permitir que lo nuestro se desmorone de esta forma. Hemos pasado por cosas más drásticas: recuerdas cuando tu madre nos prohibo que nos viéramos.

(Alejandro apaga el televisor y voltea a verla).

Diana: O cuando a los veintiuno tuvimos el susto del embarazo que no se ha repetido…

(Silencio).

Alejandro: El viaje al mar y luego a la montaña.

(Diana se acerca al sillón).

Diana: La caótica Luna de Miel.

Alejandro: Nuestro primer día en esta casa.

(Ella toma asiento).

Alejandro: El cuarto del fondo que permanece vacío… ¿Por qué no hemos tenido un hijo? A mí, realmente no me importa eso; me falta tu fragancia juvenil al abrazarte… después de tantos años no he vuelto a sentirme igual.
No recuerdo el último momento de sentirte en mis brazos, frotar tus caderas, aspirar tu cabello, rozar mi nariz con tu cuello, deslizar mi boca enfrente de la tuya y no sentirte a ti, sino eso que me provocaste, hace años que no sé lo que siento por ti, porque no te figuras de ninguna forma.
No te extraño, no te siento, no nada; simplemente reposas y resucitas cada dos o tres minutos. Con una mirada, tu sonrisa al amanece, la forma tan tajante para denegar mis besos.

(Se para del sillón).

Alejandro: ¿Será que toda la vida he tratado de permanecer enamorado de la adolescente que eras? De esa persona que dejó de existir en el pasado.

(Da vueltas por el salón).

Alejandro: Dime tú ¿Cómo te olvido? No puedo dejar atrás ese fantasma juvenil de cadera anchas y senos pequeños, cabello lacio y la fragancia que dejabas en mi ropa.

(Diana trata de hablar, pero le es imposible).

Alejandro: ¿Me enseñas a mentir? No sé si fue la edad o perdimos la inocencia conforme superamos los obstáculos.
A pesar de todo, siempre tengo el mismo pensamiento ¿Qué tal si lo mejor está por venir? Cómo desprenderme del pasado…
Sólo sé que estoy condenado a amar eso que fuiste y que nunca volverás a ser.
¿Ahora qué? Dímelo tú. ¿Será que ya lo tengo todo y mi insaciable voracidad siempre me pida más? No lo sé; ¿Realmente eres mía? ¿Me sigues queriendo? Explícame como he de retornar a ese que fui ¡No puedo parar el tiempo! ¡Y mi promesa de amarte de por vida se la llevó el viento como una simple buena intención!.
No, no, no ¿Cómo recuperar el territorio perdido? ¿Cómo asombrarme con tu cadera si la conozco a la perfección? A lo mejor el amor no dura una eternidad; nuestro error es eso: Llevar nuestro amor a los tiempos extras, seguir a pesar de los calambres y la falta de cambios.
Por qué no detenerlos mientras fue exquisito, simple, delicado.
¡Ahora qué! ¡Ahora qué, carajo! ¡Cómo irme! Si estoy atado a algo que ya no existe ¿Cómo romper con tu encanto?

(Diana escucha aterrorizada, comienza a llorar. Alejandro quisiera dejar de hablar pero no puede desconectarse de ese “yo” que sigue liberándose.
Él se toma la cabeza y por fin le da un trago a su bebida que lleva días sobre el mueble del bar. Se le ve más compuesto tras unos cuantos instantes. Retoma su diálogo).

Alejandro: Sabes que es cierto: el amor es una ilusión que dura cinco minutos y, uno pasa toda la eternidad en busca de ese tiempo perdido.

(Silencio).

Diana: Así es, se nos acabó la rebeldía al igual que la juventud. No queda más que escombros en el piso minado ¿Eso es lo qué quieres? Tormentos, prohibición y problemas judiciales.

Piénsalo bien: esta podría ser nuestra época dorada o la resulta de nuestros días de libertinaje.

(Camina hacía el cuarto).

Alejandro: Espera…

(Diana voltea con lentitud).

Diana: Estoy tan harta de ti.  Me voy a dormir.

(Alejandro toma su vaso y contempla la pared hundido en el sillón, Diana sale lentamente del escenario).

(Oscurece el escenario).

Fin de escena 3

*

Escena 4

(Escenario apagado, mantenerlo así lo suficiente como para incomodar a la audiencia. Gradualmente encender las luces nuevamente, simular amanecer).

Diana: Me voy antes de que te vuelva a dar una crisis por la edad.

Alejandro: Lamento todos estos días complejos. Los sustos y los actos de la irresponsable de mi madre; pero, si lo piensas bien, siempre ha sido así. Una lucha interminable contra el monstruo de cabezas cambiantes: la economía, el prefecto de la escuela, tu portero… en fin.
Nuestro amor es guerra; sí, (pausa de reflexión) eso es. Nuestro amor es lucha, tan sólo que cambiaron los enemigos. Nos estamos combatiendo ¿Cierto?.

Diana: Tú te estás matando a ti mismo con esas regresiones. No sé por que lo haces, quieres vivir del recuerdo. Lo nuestro se está desmoronando por el tiempo, por la rutina,  y por la falta de sexo.
Así de simple ¿No te dijeron que el matrimonio es una bomba tiempo? Que, a veces el amor no es suficiente, y las mañas del prójimo son suficientes como para querer desprenderse de las cadenas.
Total, cariño… así es esto. Hay que asesinar tu instintos melancólicos a tiempo, sino correrás por la primera adolescente que te guiñe un ojo y te suelte una mirada lasciva.

(Coloca un pasador en el cabello y se dispone a salir).

Alejandro: Ahora que lo recuerdo te debo una ida a cenar ¿Nos vemos aquí a las nueve?

Diana: Jamás, menos después de lo ayer.
Eres tan impulsivo, tan insensible. Alardeas tu capacidad de amante pero olvidas la sutileza al decir las cosas. Nunca hablaste de nosotros, sino de tu sentir, de tu pesar… egoísta.
¿Pensaste en el daño que hiciste en ambos o el ocurrido en tu imagen abstracta del amor?

Alejandro: No pensaba en nada, estoy tenso. Mi madre se va a morir, no sé cuando pero pronto. Por igual que nosotros, nos estamos matando. Basta de tantos reclamos, ¿Vienes o no?.

Diana: Vete a la chingada.

(Alejandro se voltea dispuesto a salir, da tres pasos. Siente una mano alrededor de la suya).

Diana: Está bien, tú ya lo has dicho:  esto siempre será igual. 

(Cierran la puerta a sus espaldas y suena el teléfono, una una y otra vez).

*

Fin de escena 4.

Fin de la obra.

Foto extraída de: http://alturl.com/oi8d4

“Firmado con un klinex”- Élmer Mendoza


Análisis de “Firmado con un klinex” de Élmer Mendoza

“¡Qué país, Catalina! Quién no tiene miedo, tiene tedio”-Ángeles Masstreta


Élmer Mendoza nació en Culiacán, Sinaloa en 1949, ciudad donde reside y es catedrático en la Universidad Autónoma de dicho estado.
Su obra ha sido traducida al francés, al alemán, italiano, portugués y ruso.
Federico Campell dice que Mendoza es “el primer narrador que recoge con acierto el efecto de la cultura del narcotráfico en nuestro país”.
Por otra parte, Arturo Pérez-Reverte lo llama “su maestro y sin su obra le hubiese sido imposible escribir “La reina del sur” que nació de las cantinas, del narcocorrido y de sus novelas.”

Élmer Mendoza asegura que :“Trabaja en una realidad estruendosa que ahora tiene a buena parte de los mexicanos atrapados emocionalmente”1, y es cierto, todos los días las acciones del narcotráfico se roban las primeras planas de los periódicos.
Inteligentemente Mendoza no hace una crítica directa a la estrategia del narcotráfico, le basta con capturar la realidad de los pueblos fantasmas al norte del país y de ahí comienza a escribir: “La realidad mexicana es escabrosa. Sabemos en qué país vivimos. Ahora nos afecta un país en el que no vivimos que, sin embargo, es importante para nuestra economía. Las leyes antiemigrantes han traído personas de regreso antes de tiempo y la violencia ha paralizado el turismo. Pero el norte colinda con la nada. Nuestros mayores tuvieron que crear todo. Vencieron al desierto. Entonces sabemos el valor del optimismo y el valor que tiene el agua que sale de las piedras.”2

Sobre los miembros que producen literatura del Norte, comentó que: “Ahora somos tantos como los surrealistas; hemos provocado la atención de los académicos universitarios, sobre todo norteamericanos; hay también australianos, argentinos, alemanes, etc. ellos son los que definen las vertientes literarias y aclaran sus características”3 .
La literatura del norte es un esfuerzo de los escritores contemporáneos en plasmar sobre el papel la realidad y la ficción del mexicano común que vive en las zonas desérticas del país.
No todo es violencia o narcotráfico; esta rama de la literatura actual se esfuerza en dibujar la unión de dos naciones divididas por medio del Río Bravo y los muros fronterizos.
La alta inmigración de latinoamericanos hacía Estados Unidos ha evocado una nación independiente que mezcla un modo de vida artificial con los frijoles y las tortillas, la música tex-mex y “los nachos” son un claro ejemplo de ello; la misión del escritor del Norte es plasmar todo aquello que no pasa en la capital del México, y que llega por medio de susurros a los periódicos, donde los personajes pierden nombre al ser ejecutados o al volver a su nación tras ser despedido de fea forma de la nación vecina.

Sobre “Firmado con un klinex” el estilo de Mendoza es cambiante; se caracteriza por los diálogos cortos, las alegorías con objetos metálicos o inertes, el uso de un lenguaje llano, exceso de groserías, y todo rodeado por una sombra de miedo e impunidad hacía el ambiente provocado por las palabras.
La atmósfera de los cuentos causan corto circuito con lo que viven sus personajes: un asesino en Viena sigue a su víctima en una bella y calurosa tarde de verano; un esposo festeja a su pareja con un viaje al desierto donde, supuestamente, hay vida extraterrestre a la hora del crepúsculo.
La experiencia del lector ante los relatos es de incomodidad, siempre hay elementos que perturban el aire de los personajes, por ejemplo el inicio del cuento titulado “Si te vas a enamorar que sea de alguien así”:
“Me acabo de suicidar, confesó instalándose al lado del ventanal”4.

Primeramente el impacto de la confesión te roba el aliento, sin mencionar lo ambiguo del mismo. ¿Quién es el personaje que lo dice? , ¿Por qué mantiene la capacidad del habla?.
Esta y demás interrogantes poco a poco se van clarificando durante el cuento, Mendoza tiene la capacidad y el acierto de mantener hilos de tensión abiertos durante los textos: es imposible conocer las intenciones de los personajes ni el rumbo a seguir.

Desde la parte estilística, el cuento más revolucionario sería “Postal para Diego Luna”.  Ya que, la atmósfera viene citada de una forma muy peculiar, una mezcla de guión cinematográfico con acotaciones teatrales sin cuchillas ni cursivas:

“EXT. AUTOPISTA.NOCHE. Vemos un trailer que se aleja rápidamente hasta perderse en un punto luminoso. Cuatro notas de guitarra eléctrica marcan el tiempo. El viento del desierto silba. Desde el punto luminoso algo regresa. Un objeto pequeño y borroso se acerca vertiginosamente. Mientras esto ocurre el aire zumba cada vez más violento, hasta convertirse en aullido, que es justo cuando el objeto se hace completamente visible: lentes oscuros para el sol volando. Close up.
Disolvemos
.5

Lo anterior es una fiel adaptación de la cinematografía vuelta literatura. Nos muestra una recuerdo en retrospectiva en vez de mostrarnos el recuerdo en forma lineal y canónica; con cada nuevo párrafo se vuelve a plantear la situación de los personajes, haciendo que el lector hile las imágenes como si fuesen diapositivas. Una tras otra.
El cambio interrumpido de ambientes obliga al lector a terminar el párrafo para, posteriormente ir armando la trama narrativa.

En los demás cuentos prevalece el ahorro de lenguaje, Mendoza se esfuerza por hacer nítida su imagen con el uso de conceptos y no por medio de descripciones detalladas; el autor sigue las exigencias del lector en la actualidad que no tiene mucho tiempo para leer, su estilo se parece al del periodismo habitual que en menos de dos líneas ha dicho lo acontecido con personajes, el lugar y los porqués de las acciones.
Mendoza prefiere que el movimiento corporal de sus personajes y los diálogos lleven la batuta de la narración, yendo en contra de la narrativa del siglo XX del monólogo interior.

Sobre el cuento que da nombre al libro, se puede ejemplificar como con pocas palabras se puede armar una escena perfectamente. Evitando así el preámbulo y las descripciones detalladas:

Mendieta bajó del tren y se quitó la chamarra. Había viajado toda la tarde y parte de la noche para llegar a Calitháh, ciudad reina del desierto. Encendió un cigarrillo y entró a la estación, que era grande y populosa. De hierro. En un quiosco compró un periódico: tres suicidios más, entre ellos el de Mónica Náscar, la ganadora de las Palmas de Cannes, considerada la mejor actriz del momento.”6

En ocho líneas (visto desde el libro de letra grande y espacio sencillo) el escritor ha dado entrada a su personaje, citó la situación en la que se encuentra y dio un panorama general del lugar donde se encuentra.

Durante las ciento seis páginas de “Firmado con un klinex” el autor logra plasmar la incertidumbre del ser humano en este mundo, la falta de una misión o el desconocimiento de la misma lleva a los personajes a actuar por sentimiento; quizás y es la única parte de nuestra existencia que no han podido robar.
Y en el final de cada cuento se libera una energía que le permite al personaje descansar,  cambiar su visión del mundo y el futuro cercano.
Mendoza opina que: “Todo futuro está condicionado. Si nuestros líderes políticos, empresariales, académicos, intelectuales, trabajan en las carencias más graves de nuestro país (educación, empleo, recuperación de la credibilidad en materia de aplicación de las leyes) nos esperan buenos días. Los novelistas, poetas, músicos, artistas plásticos, cineastas, etcétera, nos encargamos de contar al mundo de qué estamos orgullosos los mexicanos. El futuro tenemos que crearlo con optimismo; quizá con optimismo enfermizo”.7
¿Será que esa energía liberadora es parte de ese optimismo enfermizo del que nos habla el autor? Puede ser.

Valorizando la obra “Firmado con un klinex” es un compendio contemporáneo de situaciones aterrizadas y fantásticas donde los personajes se ven obligados a actuar, como dice la tapa del libro: “el demonio se llama estabilidad”. Mendoza retrata el ritmo agitado de vida que lleva la población en general, los largos trayectos recorridos y la soledad en cada uno de ellos.
Nos es imposible estar quietos en la actualidad. Será por la cafeína, el ritmo de vida, las presiones del trabajo, los delirios existencialistas; inevitablemente la humanidad está pensando en algo.
Merece ser leída para conocer el rumbo de la literatura mexicana actual. Se le podría recriminar por no ser una literatura social, esa que busca un cambio en la sociedad, sin embargo la crítica hacía la misma es fina e hiriente.
El autor ha sido reconocido con el III Premio Tusquets de Novela, por decisión unánime del jurado por su obra “Balas de Plata”, dato que vale la pena rescatar para aquéllos que, como yo, dudan de los escritores contemporáneos.
Sin embargo, siempre hay que pensar por qué un autor es premiado: ¿Por su calidad, para convertir lo “censurable” en permisible? ¿Será que un autor se vuelve autor por un premio?
Todas estas dudas las resuelve el futuro y la lectura.

Notas:

1 Revista de la Universidad Iberoamericana, número 12, febrero-marzo del 2011, Entrevista a Élmer Mendoza, pp.42-43.
2 Op. Cit.
3 Op. Cit.
4 Mendoza Élmer, “Firmado con un Klinex”, Tusquets editores, primera edición, México 2009, página 21.
5 Op. Cit.  pp.47.
6 Op Cit.  pp. 25
7  Revista de la Universidad Iberoamericana, número 12, febrero-marzo del 2011, Entrevista a Élmer Mendoza, pp.42-43.

Portada "Firmado con un klinex"

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Élmer Mendoza

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