Suplicio de verano


“Todo está muerto en vida.”- Egon Schiele

Volteé la mirada y ahí estaba su cuerpo delgado descansando sobre el cofre sucio y viejo de un automóvil de línea. Cargaba un pañuelo en la mano, al voltear a ver su rostro, encontré una nariz enrojecida y ojos llorosos.
Conforme me acercaba aumentaba la tentación de morderle los labios, quería regresarle todo el dolor y la angustia provocada el pasado verano cuando amenazó con irse del país.

Ocurrió en una cafetería americana, tomé asiento en la terraza del local. Con la mano derecha cargaba un envase de cartón con una bebida caliente.
Como siempre va retrasada. Diez. Veinte. Treinta minutos… la incertidumbre comienza a devorar mis tripas.

Para liberar estrés comienzo a rayar una libreta, trato de convencerme que no estaba a punto de tomar una decisión acelerada: <<Me merezco una explicación. Las cosas no pueden seguir así ¡Carajo! ¡Esta relación me está matando! Todo sería tan fácil si de una vez por todas me dijera qué siente. Pero no, se escabulle y me pide que tenga paciencia: no se siente preparada pare decir: “te quiero”. Es un mito que exista un tiempo determinado para el amor; yo no estaba listo para quererte y lo hago con el mayor convencimiento posible. >>

¿Qué tanto haces? Dudo que el trabajo no te permita darte una pausa de treinta minutos para verme. Te espero en el café. Le escribo en un mensaje de texto.

Pensaba para mis adentros, que no era necesario que me mintiera, lo más seguro es que dijera que no. Hacía este ejercicio para poder estar en paz. Bastaba con ver mi estado, llevaba dos semanas con el sueño agitado; la dicha y la pena se mezclaban debido a la ilusión amorosa.
No debía olvidarlo: lo hacía para poder sobrevivir el verano. La maldita incertidumbre de su partida me iba a afectar mucho más de lo que ya lo hacía en ese entonces.

Sin que mi diera cuenta terminé rayando mi libreta, ente el desorden de dibujos y tachones resaltaba una frase de Charles Bukowski: “Y si tienes capacidad de amar ámate a ti mismo primero pero siempre se consciente de la posibilidad de la total derrota ya sea por buenas o malas razones”.
Al leerla involuntariamente comencé a reírme, es cómo si tratara de animarme para brincar desde el precipicio.

—Perdón por la tardanza— dijo mientras tomaba asiento. Su presencia no hizo más que alterar mi sistema nervioso.

Me imagino que le contesté que era lo de menos, no es que la hubiera estado presionando para que terminara con la masacre.

—Las cosas entre nosotros no es que vayan mal. Simplemente no se encaminan hacia la misma dirección; te estás quedando atrás y eso me ahoga, me perturba.
Yo sé que me pediste que no te presionara pero, como decía mi segunda carta, necesito saber cómo te sientes. Llevas dos semanas alejándote de mí. Francamente no podemos seguir así, nos estamos matando—le dije a rajatabla.

Ella tomó aire y pude ver cómo cada fracción de su cuerpo se preparaba para recitar un discurso diluido pero bien preparado sobre nuestra ruptura.
Su piel morena perdió tonalidad, relajó sus delgados hombros, el lunar del lado derecho me coqueteó por última vez cuando dijo que no se sentía preparada para iniciar una nueva relación. Sino mal recuerdo me dijo que su vida se sostenía como una torre de naipes.

—Dentro de dos meses no sé en qué país voy a vivir— repuso viendo algún objeto que se encontrara cerca de mi cara. —Puedo perder mi trabajo… hace poco salí de una relación y no pienso entrelazar lo que sentía por él y lo que podría llegar a sentir por ti—

—Todo eso ya lo habíamos hablado. No necesito de una respuesta inmediata ni que me  hables de amor; simplemente necesito saber si estamos encaminados a lo mismo—aclaré sabiendo que no escucharía nada grato de ese momento en adelante.

—Tú quieres ser mi pareja. Eso lo dejaste en claro desde la primera vez que salimos. Pero es algo que en este momento no te puedo dar—contestó con ritmo pausado.  —Sé que tampoco es justo mantener una relación de esta forma: una en la que tú te entregas del todo mientras yo me reservo. Tú estás dando un setenta u ochenta por ciento mientas yo sólo un veinte—.

Opté por no escucharla. No era la primera vez que me enfrentaba al rechazo amoroso ¿Cuánto habrá transcurrido de la última vez? Tres o cuatros años, sí.

Siendo sinceros, esperaba algo mejor proviniendo de ella… posteriormente me sorprendí, no sabía que el amor podía medirse en cifras. Debe de ser porque las mujeres sólo se enamoran cuando les conviene. Si un hombre no les hace caso, se desenamoran y buscan a otro. Y se quedan como si nada.

Con recelo volteo a ver a la mesa de atrás. Generalmente se pierden los estribos durante las rupturas amorosas. Los vecinos de banca seguían hablando de las noticias, de la transición en el gobierno y la ruptura social,  al otro lado, la mujer de la que estaba enamorado seguía disculpándose por no quererme de forma recíproca.

—Entiendo todo lo que dices, no necesito que me des explicaciones. Simplemente quiero saber qué vamos a hacer de ahora en adelante— la interrumpí antes de que volviera al tema de sus ex amores. Típicas relaciones codependientes en la que uno, como agente externo, trata de borrar el aura de un otro de forma fallida.

—Al parecer tú no vas a dar marcha atrás a tu búsqueda—

—Así es— repuse. Yo no puedo verte ni quererte de otra forma: si voy a estar contigo es para amarte. No puedo ser tu amigo porque no pienso reducir mi amor ni controlar mis impulsos… no puedo, ni me interesa hacerlo.

Dirás que soy egoísta, pero no es así. Simplemente sé lo que quiero. Puede ser que tengamos los días contados ¿Quieres pasarlos a mí lado? ¿Sí o no? —.

La respuesta fue la más obvia.

***

La mañana en la que ocurrió el reencuentro era como todas las demás, poco prometedora en el buen sentido de la palabra. No había mucho sol ni tampoco mucho ruido, las ramas de los árboles en el parque se mantenían estáticas sino fuese por una ligera brisa que columpiaba las últimas hojas secas que no habían arrastrado por el vaivén del otoño.

No me molestaría que el sol calentará un poco más, sería un buen detalle ahora que me encuentro libre de las ataduras del desencanto.Desde hace algún tiempo he aclarado la incertidumbre de su partida ¡Ah, el tiempo! Quisquilloso artilugio humano que va marcando las tempestades de forma sistemática… pero no, no volveré a pensar en ello. Suficiente tuve con ese largo verano en el cual la esperanza me mantuvo lejos de la carretera del desasosiego.

Me falta calor desde la primavera, los golpes de la vida han abollado el regulador de mi termostato; pero no me tengo lástima porque no soy como esos románticos que piensan en morirse al segundo siguiente en que su amada los deja por otro mal partido. Yo soy uno de esos piadosos hombres que terminan confundiendo la realidad con los recuerdos, por lo que la realidad se desfigura con cada una de nuestras promesas fallidas.
El malestar de esos ayeres es la peor mengua que un hombre puede llevar a cuestas, el más humillante sufrimiento que un alma al desamparo puede soportar, es el sentir que ya no se sufre a pesar de los esfuerzos por seguir amando a alguien mas.
Porque una vez superado el rencor, uno entra al negro océano de la soledad en el que sólo se vive a costa del recuerdo y de la rabiosa lucha de no dejar cerrar la herida aunque ésta ya se haya formado en nuestra piel.

Parecería que no, pero el amor es lo peor que hay en este mundo: es una enfermedad oculta en una forma hermosa, un juego irresistible en forma de besos y caricias. Los ilusos -como yo- lo tomamos sin deparo, como si tratara de un rosa, corremos con ella sin preocuparnos por las espinas. Sin darnos cuenta nos pinchamos y hacemos sangrar a los demás.

Pero como ya me había dicho, esa acción masoquista ya no me persigue; hoy es un día sin agitaciones, sin rumbo ni sentido como todos desde que, en común acuerdo, decidiste que lo mejor para los dos era dejar atrás el amor que sentía por ti.

***

Mientras escuchaba cada palabra que no quería escuchar, mis nervios dieron por concluida la plática en la cafetería antes de que termináramos de discutir.
Inconscientemente tiré sobre la mesa mi bebida, esto nos obligó a abandonar nuestros asientos. Como si fuera una señal de la providencia, sugerí que la acompañaría de nuevo a la oficina. Ella, aliviada, decidió que era lo mejor por hacer.

Unos cuantos pasos separaban nuestro caminar; estaba seguro que esa sería la última vez que vería el sutil rebote de sus caderas al andar. Una parte de mí se sentía feliz al respecto: por fin, después de dos largas semanas de tempestad, aquel martirio se acabaría enfrente de las puertas de vidrio del edificio de su oficina.
La otra parte de mí me exigía que no la dejara ir… que este lapso -como todos- es momentáneo y que podríamos amarnos en poco tiempo. No hay amor que no se fortalezca mediante la resistencia ¡No la dejes ir! Nunca podrás ver con ojos de amor a otra mujer. Es ella, a la que te condenaron antes de que te expulsaran del paraíso, me susurraba el miedo en el oído.

Sin darnos cuenta llegamos a su oficina. Nos despedimos con un beso insulso. Meses después me quemaría el cerebro tratando de recordar aquel instante, buscando un mínimo rastro de amor, una señal, una semilla de ilusión plantada en mi mejilla.
Nos alejamos rápidamente uno del otro. No esperé a que tomara el ascensor, sabía que iba a salir corriendo tras ella, perdiendo todo rastro de dignidad y auto respeto.

Me ahorré la malpasada digiriéndome al metro, cueva placentera para los mal encarados que pueden cargar su malestar sin que nadie tenga la osadía de preguntarles el porqué de las caras largas.
Durante el trayecto con dirección a casa no pude pensar en otra cosa, estuve reconstruyendo palabra por palabra la plática que acabábamos de tener.
Todo tenía sentido en mi cabeza hasta que recordé una frase que dijo mientras mi mente se ocupaba en mantener la compostura: “Todo este tiempo mi corazón ha estado confundido”.

Pasaron dos o tres estaciones en las que me quedé impávido; de a poco la rabia comenzó a apoderarse de mi cuerpo.
<<Todo ha sido un engaño… pasé los últimos meses desperdiciando mi amor con una mujer que ni siquiera tuvo el mínimo interés de quererme. Me entregue en cuerpo y alma a una mujer para ser usado como clavo de otro clavo.>>

A mi alrededor la oscuridad de las vías del tren comenzaron a hundirme en mi propio abismo emocional. El viento contaminado penetraba mis fosas nasales, su olor pestilente me anunciaba que acaban de caducar mis esperanzas amorosas.
En cuanto el vagón llegó a la estación  salí corriendo del metro, atravesé la calle y, sin pensarlo, me encontraba en la misma ruta que acababa de tomar 10 minutos antes.

Una vez superada la ceguera temporal que produce el golpe de sol tras salir de la oscuridad tomé el celular y pensé en marcarle; deduje que no atendería la llamada, así que insistí en el mensaje escrito: “Tengo una duda más. Si no me la respondes me voy a volver loco”.
Seguí caminando a paso firme, mi mente no paraba de hacerse la misma pregunta.

Sobrepasado por el huracán de emociones, la paranoia pedía a gritos que alguien me detuviera: sentía que las copas de los árboles me cerraban el paso y que todas las aves en el cielo se perfilaban en posición kamikaze para detener mi cometido.
Corrió a toda velocidad el asfalto, único amigo ante un inminente ataque de la naturaleza, sin preocuparme por la luz de los semáforos.

Metros más adelante vi una cadera, más bien el vaivén de una cintura sobre unos pantalones de mezclilla; aceleré el paso, a la par mi celular dentro de mi bolsillo.
Mis pisadas resonaban como una batucada. Los demás transeúntes me daban el paso so pena de ser arrollados por el sentir exaltado y muribundo de mi corazón joven, un corazón tan joven e idiota que toavía no se preocupa por su propio bienestar.

“No pienso hablar contigo ahora” decía el mensaje oculto.

El olor de su perfume que se esparcía en el viento de la ciudad le rompía las piernas., gradualmente su ritmo se fue desacelerando hasta que, con su último aliento, hizo vibrar el cuello de su aún amada y le susurró al oído:

—Mientras estuvimos juntos sabías con quién querías estar ¿Conmigo o con él?—

Sorprendida por mi aparición, se quedó pensando unos instantes, me dijo que yo ya conocía la respuesta de esa pregunta; se encontraba en una epístola:
“No estamos listos, mi corazón y yo, espero que lo entiendas.”

—Una cosa es estar confundida por no saber con quién estar, y otra totalmente diferente, es no saber a quién amas… —

Inmediatamente comenzamos a discutir lo mismo que en la cafetería, sólo que de forma más acalorada. Ella trataba de contenerme, gambeteó dos veces con irse pero no  le permití la huida.
Media hora más se fue entre dimes y diretes, entre anticuadas concepciones del amor, de traición y tortura, entre repetición y bilis, le grité mientras tomaba su mano:

—¡Carajo! ¡Carajo! Olvida todo lo demás, los pocos días que nos quedan juntos, sea uno o meses,  ¿no piensas que vale la pena pasarlos juntos?—

Ella con sus ojos profundos y los pies bien clavados en la tierra dijo que no.

***

La mañana del reencuentro me encontraba absorto en mis contradictorios pensamientos caminando por el parque. Había atravesado el puente subterráneo que está a unos pasos del lago. Minutos después pasé por la carreta donde vendían las flores que yo te regalaba casi cada vez que salíamos.
Unos pasos más adelante me pregunté si la vendedora me habría reconocido. Lo dudo: hace mucho tiempo que no paso por estos rumbos. Ella, muy amablemente me preguntaba cómo iba el romance, a lo contestaba que bien, que todo era cosa de tiempo… no tenía duda alguna de que me quisieras, sólo estabas mareada por tanta incertidumbre a tu alrededor.

Antes de lo esperado me encontraba sobre la calle principal; la ruta del parque es un poco más larga pero el recorrido me agrada, el crujido de las hojas secas sobre mis zapatos me tranquiliza, pero la emoción, fiel a su costumbre, se ocultaba al final del camino.
Volteé la mirada y ahí estaba su cuerpo delgado descansando sobre el cofre sucio y viejo de un automóvil de línea. Cargaba un pañuelo en la mano y, al voltear a ver su rostro, encontré una nariz enrojecida y los ojos llorosos.
Conforme me acercaba aumentaba la tentación de morderle los labios, quería regresarle todo el dolor y la angustia provocada el pasado verano cuando amenazó que se iría del país.
Sentía un impulso incontenible de volver el estomago -o quizá era el corazón- cuando por fin la tuve enfrente, sin saludarla si siquiera le dije:

—Estás enferma—

—No. Soy alérgica— contestó mientras yo caía en la cuenta que su rostro ya no me gustaba en lo absoluto: sus ojos ligeramente rasgados dejaron de mostraban lo mejor que había en mí, se volvieron ordinarios y de un marrón tan oscuro como los de las demás.

— ¿Alérgica a qué?— repuse con la mirada perdida en su cabello. Había cambiado el corte,  pensé que sus puntas se parecían a nuestro amor, eran desiguales.

Las siguientes cuatro palabras las mencionó con toda maldad, conocimiento y suspicacia posible. Me recordó de la forma más sutil el porqué de su rechazo, y me destrocé por dentro. Instintivamente planeé una respuesta. Mi cerebro la formuló con una rapidez exquisita pero, al quererla expresarla, el pensamiento se nubló:

—N–o– n–o– no todos pueden— decía mi boca sin emitir sonido alguno. Una causa misteriosa me impidió contestarle al instante. No quería volver a discutir el tema; lo hicimos dos veces, estaba alterado y, según ella, en es momento yo pensaba con el estómago, decía cosas crueles y alejadas de la realidad.
Ella concluyó que lo mejor era posponer la discusión; tras mi negativa accedió a que la tuviéramos de una forma indirecta: por teléfono o que le escribiera con el corazón roto una carta con todos los reclamos que le tuviera guardado en esos tres o cuatros meses que estuvimos juntos.

Terminé tragándome mis palabras. La enfrenté con la mirada y seguí caminando por inercia.
Mi rostro empalideció con el recuerdo de nuestra correspondencia; hace tiempo ella me pidió que le escribiera una carta, una muy distinta a la primera que decía, para empezar, su nombre tres veces y le preguntaba si las palabras que más amamos son aquellas que uno dice siempre, por ejemplo su nombre que escribí lleno de afecto.
Exploté en cuanto recordé la línea que decía que era feliz porque compartíamos la esperanza de un mejor porvenir.

Hasta ese momento entendí que, en realidad no teníamos un camino a seguir, hay amores con fecha de caducidad, y el nuestro ya había expirado; no había necesidad de pelear siquiera. Tres o cuatro pasos más adelante cambié de parecer… todo amor, si se le considera honesto, es combativo.

—Aclaremos esto de una vez — le grité dándole la espalda — ¡Qué carajo estás haciendo aquí! Deberías estar a diez mil kilómetros de distancia, lejos, muy lejos, más allá de donde yo te habría podido alcanzar. —

Mi suplicio de verano terminó por perturbar a mi amada a tal grado que, irremediablemente, terminó por aceptar su condición, me dijo:

—Soy alérgica a ti. —

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Lamentos de una ciudad


“La clave aquí, creo, es no pensar en la muerte como un fin, mas bien pensar en ella como un modo muy eficaz de reducir gastos” – Woody Allen.

Nubes grises, no por tormenta sino por contaminación oscurecen el panorama de la población citadina que, día a día, vuelve del trabajo a casa con las mismas frustraciones.
Hemos perdido el control de la vida. Sí, eso es lo que murmura el viento. Es el lamento esparcido por la tierra, culpamos a los pulmones por hacer de la vida un rutina anatómica.
La función respiratoria se roba el control de nuestra vida cada vez que exige una bocanada de oxígeno.
¿En qué consiste la vida si no podemos determinar cuándo escapar de ella? Es imposible definir cuándo vivir si estamos obligados a hacerlo de antemano.

El viento sigue levantando pesares por las avenidas, los repite de oído en oído; por eso nunca estamos satisfechos, por eso formulamos preguntas: algo se busca, algo se encuentra.
Amor. ¿Qué es eso?, se pregunta una mujer después de retorcerse por un escalofrío que ha calado todo su cuerpo.
Inhala una dosis mínima de muerte con retrogusto a nicotina.

¿Realmente vale la pena esforzarse tanto? Salir a bares cada fin de semana; maquillarme una hora sólo para lucir distinta a cómo en realidad soy; esperar en la barra a personas que, en su mayoría no me provocan más que repugne, o en el mejor de los casos, indiferencia.
El tabaco abrasado perfora su garganta de a poco, el dolor la hace sentir un poco menos miserable.

El cielo es naranja, las nubes moradas, los edificios lucen tristes sin iluminación artificial que los alumbran desde adentro.
Los ojos rasgados-café oscuro de la mujer que piensa en amor observan como luciría la ciudad en llamas, envuelta en su propia sombra combustible que asfixiaría los últimos deseos carnales de sus habitantes, las líneas telefónicas y los lamentos ajenos que ingresan al cuerpo con cada resfriado.

A pesar de todo sigo viniendo cada fin de semana a estos tugurios en búsqueda de algo. Dice para sí misma. Algo parecido a las emociones o a las sensaciones. La verdad es que es que ya no puedo distinguir una de la otra.
Creo que estoy enamorada de los bares. De su oscuridad, del barullo, de las figuras distorsionadas a través de las botellas de ron, de los hombres que se sientan en la barra y me invitan tragos malintencionados.
Sí, de todo eso estoy enamorada.

*

El viento se agotó de deambular por las calles principales, por lo que optó a tomar el metro de la ciudad. En los vagones actualiza sus lamentos; al parecer la humanidad es más compleja de lo que parece desde su alzada óptica. No basta con salud, dinero y prosperidad… hay pequeños detalles como el clima, la humedad y los olores que abruman a la población en general.

Odio esta línea. Siempre hay demasiada gente, destila un olor a humedad que me provoca asco.
Otro día más sin volverme millonario.
Sin volverme famoso.
De no escribir versos.
De no pintar mujeres desnudas.
De no hacer nada…
Para mí todo es igual.

La fusión de Oxígeno, Nitrógeno y Argón se sentía aprisionado entre los eslabones de gente. Esa no es la naturaleza del viento, transportarse en vehículos con llantas. Lo sabe, pero el peso de los lamentos es equitativo al de la inactividad ¿Quién dijo que la vida no era agotante? Más para una fuerza con sólo tres elementos químicos que está encargada de reenviar los pensamientos humanos.
Así que salió por la ventanilla, subió por las escaleras eléctricas, perdió la visibilidad unos segundos al encontrarse con la luz solar y se elevó por los aires difundiendo lo que escuchó en el metro.

Divagaba por la ciudad en búsqueda de personas que tuvieran algo que contar. A la distancia percibió a un hombre sentado sobre una banca; descendió unos cuantos metros para observarlo mejor: tenía ojos de perro abandonado, barba crecida y la mirada perdida en las nubes. Sufría frío y gustaba de la melancolía. Enfrente de él descansa un río congelado que le hacía pensar:

A lo mejor nuestra vida está destinada a ser como las estaciones del año.  Hay tiempo para todo, el problema es que cosechamos en época sequía… nuestro reloj biológico está olvidado en un cajón; buscamos amor en tiempos de reflexión, compañía cuando lo viable es estar solo.
Debe de ser eso, no encuentro otra razón viable para tanto sufrimiento alrededor.

¡Dios! Cómo deprime el invierno. Los árboles pelados, los pájaros sin voz. Todo es tan silencioso, tan poco armonioso. Balanceaba los pensamientos como si fuera columpio para sentirse cerca del lago.
Sonará egoísta, miento: es estúpido, pero no me importa, detesto el amor del prójimo; me es infumable ver a una pareja que no se entrega el uno al otro.
Sí, sí, detesto a los que buscan alguien para perder el tiempo, los que no tienen amor en las pupilas, a los que no se sienten mejor personas por el simple hecho de tener a alguien a lado que se vuelva un motor externo.
La brisa del viento lo obliga a cruzar los brazos para calentarse el pecho

Siento envidia de los escurridizos, de los habilidosos, de los débiles, de los no heridos que pueden amar al prójimo sin temor o freno alguno. La nada les basta ¡Resulta que hasta los mustios son capaces de amar!
Ahora bien, ¿Realmente es tan difícil? Amar, maldita obsesión humana.

Es fascinante lo que se puede descubrir de la gente si nos tomáramos el tiempo para descubrirlo.
El viento tomó asiento junto a este joven, redujo su estela para no incomodar al filósofo que,  con los codos sobre las rodillas y las manos tapando su rostro expulsó el epítome de su monólogo:
Es imposible dar lo que no se tiene.

Satisfecho con lo escuchado, el vendaval se elevó entre las nubes. Segundos después se preguntó por que carajos las parvadas que cruzan la ciudad lo habían abandonado.

 *

 —¿Lumbre?— pregunta un hombre con gabardina verde militar a la mujer de ojos rasgados mientras sostiene un cigarro entre el dedo índice y anular.

—Toma—contesta sin mucha afán.

—Es curioso— le habla al lunar del hombro derecho que audazmente se escapa del tirante del vestido—como en estos días ser fumador tiene peor fama que un violador, ¿No es cierto?—

—Puede ser… los moralistas no soportan que sea tan bueno—.

—No me he presentado. Soy Philip—continúa con una bocanada de humo—Disculpa que te diga esto sin mayor preámbulo, pero, sí fuera por mí, estaríamos camino a tu casa para destrozarnos los labios a besos.
—Nunca he sido una persona muy poética; no por falta de interés, más bien por iletrado— repuso asombrado al notar lo torneado de las delgadas piernas de esa mujer con rasgos asiáticos que evitaba verlo a toda costa.

Después de un tiempo en silencio, ella se digno a contestar:

—Es una buena imagen, lástima que no esté en ti la posibilidad de que suceda— contestó con una sonrisa cortada.
—Imagina un mundo en que el no fuera inviable. ¿Qué sería del mundo sin los insatisfechos?  Un reino de anarquía, seguramente—

—Quizá, una orgía perpetua—agregó Phillip buscando la punta de la nariz que se escabulle tras el fleco castaño de ella.

—No seas libidinoso… mejor sigue contando qué pasa entre nosotros; te doy permiso a que me invites una copa—

—¿Estás segura qué quieres volver a ahí?— parló señalando al bar —No puedo platicar cómodamente estando parado—.

Con las manos encadenas y a peso lento cruzaron la avenida, desconfiando del pavimento, de las decisiones recién tomadas.

*

La temperatura va en picada conforme el día se deja derrotar por la noche.
El mensajero de la voz humana busca refugio en un tubo de la calefacción. Necesita calor y una plática más amena, todo el día ha escuchado pesares y lamentos.
 ¿Dónde se esconde la felicidad en estos días días tan lluviosos?

Ingresa a la tubería que se encuentra en la azotea de un edificio venido a menos, desciende por el orificio provocando un chiflido agudo que se le asemeja a las teteras cuando el agua llega al punto de ebullición.
Conforme desciende, se vuelve una finísima capa de polvo que levita en medio de la tubería.
No lo puede saber pero acaba de ingresar al departamento C-303, donde habita una pareja recién casada.
Los dos se encuentran en la sala, un espacio reducido donde de milagro entran dos sillones que están acomodados en forma de ele.
Enfrente de los mismos hay una mesa de centro con vidrio y copas de vino tinto que contrastan con el piso alfombrado color crema.

El marido, antes de tomar asiento abraza el vientre de su esposa. Llega a sus narices el olor de su cabello.

—Te quiero—murmura ella a su oído.

El viento se acerca un paso más para poder entender la escena; se sostiene de la lámpara colgante del techo.

—Yo no—contesta él en tono de broma.

—Ingrato…— acota con una mordida en el lóbulo de la oreja.
Él, haciendo gala de sus clases de karate, desliza la pierna de apoyo de su mujer lo más posible y con la otra le da un ligero puntapié que la hace trompicar.
La detiene milímetros antes de azotar con la alfombra; deja caer su cuerpo sobre el suyo, una vez que está encima de ella trata de besarla pero no encuentra boca.

—Embustero— sentencia la mujer con la respiración agitada.
El tercer novio formal y el décimo en la cuenta total ha levantado con delicadeza sus prendas, concentra sus fosas nasales en el ombligo, provocando que se le erice los poros de piel.

—Rapaz—le contesta entre carcajada y delirio.

Las manos de su hombre dibujan la delicada piel de su amante… se divierte con las caderas fértiles, recorre de a poco en poco lo avellanado de su costado.
Se detiene por un segundo.

—No entiendo por qué sigues encima de mí— repuso en un falso intento por poner resistencia.

Su esposo la libera con lentitud: levanta los brazos y gradualmente el pecho. Faltan las piernas que parecen estar encadenas al piso.
Instantes después arquea la espalda; con un movimiento ágil sujeta los delgados brazos de su mujer.

—Déjame, déjame—

Un beso en los labios desata una guerra montada en el edificio C-303.

—Delincuente…— dice ella entre suspiros.

*

Pudoroso, el viento abandonó la habitación en el momento que las prendas comenzaron a volar. Se había hecho más tarde de lo que pensaba: Dos, tres de la mañana, dijo para sus adentros.

Desde las alturas podía ver el centro financiero merodeando a los barrios populares. Más al fondo hay viejas construcciones afrancesadas, apuntando al norte hay edificios barrocos, y en la zona sur descansan las industrias.
Más que disfrutar el paisaje urbano, goza de la tranquilidad que brinda la noche Dieciocho horas de ruido constante aturden a cualquiera. 

En un momento de lucidez, el viento piensa que deberíamos cargar con letreros preventivos: ¡Peligro, mujer saliendo de ruptura amorosa!, ¡Adolescente en plena formación de carácter!, ¡Pelea marital!, ¡Luto!, ¡Hartazgo!, ¡Insaciedad!, ¡Menstruación! y así dependiendo el caso.

Se sentó en el borde de un edificio, y con misericordia dijo para sus adentros que:
los humanos son una mezcla de  elementos no estables; sería preferible que no divagaran con tanta libertad por las calles…

 Crédito: http://bit.ly/y8jx6Q

Una buena mujer


“Fue sin pretensiones de amor ni ser amada, aunque siempre con la esperanza de encontrar algo que fuera cómo el amor, pero sin los problemas del amor”-Gabriel García Márquez

*

“No podrías estar con una buena mujer, Penella” manifestó mientras los cubos de hielo aterrizaban en sus labios finos.

“Simplemente, no. No es tu estilo”.

Únicamente el largo de la mesa cuadrada los distanciaba. Sin embargo desde su periquera podía aspirar el amor amor de Cacharel que se desprendía tranquilamente de su piel blanca y aterciopelada.

“Por qué… no lo entiendo” dijo el joven que agudizaba su pensamiento para romper sus propios paradigmas.

“No lo sé, simplemente eres así” las palabras salieron entre una humarada de tabaco. Conforme pasaba el tiempo los vasos se acoplaban en la mesa. El mal servicio traía nuevos elixires dejando los envases vacíos como trofeos de glorias pasadas.

“Además de tu mal gusto, sigue siendo evidente que no has podido encerrar tu afán aventurero…” Penella suspiró, escuchar sus propias desgracias proviniendo de una boca tan exquisita era un ritual masoquista; sentía un deseo irresistible de apartarse de aquél lugar y dejar a la mujer hablando sola, pero, alejarse daría paso a todas las aves de rapiña que voltean a ver sigilosamente a su compañía.

La mujer seguía con su discurso. Siempre han tenido problemas para economizar lenguaje, sobre todo cuando es mejor no emitir sonido alguno; seguramente citaba sus malas decisiones, la facilidad con que se dejaba destruir y cómo a pesar de todo mantenía absurdas esperanzas hacía el amor.

“(…) eres como un hombre de otro siglo”. Sentenció orgullosamente, cómo si esas palabras fueron el remate de una novela bien trabajada. Las demás palabras no llegaron a sus oídos. seguía pensando si necesitaba mujeres o la simple ilusión del amor lo podía entretener hasta el fin de sus días.

Musicalmente la atmósfera cambió radicalmente de los Eagles a una banda en vivo que lo hacía realmente mal. Tipos frustrados que tienen la osadía de destruir clásicos, no es que necesariamente sean buenos, simplemente el oído se acostumbra a la versión original.

“No sé porque sigo viéndote, siempre acabamos en lo mismo. Tus opiniones críticas complementan tu egolatría”. Después de diez minutos Penella tuvo el atrevimiento de contestar.

“Regálame otro trago si quieres que te siga soportando” agregó.

“Pide lo que quieras. Dame dos segundos” Dijo Ella mientras se paraba de su lugar, sujetó su bolso y con la elegancia de una modelo se adentró en las puertas corredizas.

Penella siguió su caminar hacía el tocador; mientras la veía pasar recordó porqué no debía enamorarse: orgullosa, tormentosa, bella e interesada.
“Casi una mujer perfecta para mí” pensó. 

*

“Inepto, no has pedido nada. Si voy a pagar tu borrachera tan siquiera que sea con algo que me guste”. Encargó al mesero dos martinis mientras arreglaba la falda para poderse sentar.

“Te decía, no es que te esfuerces de más sino que eres terco. Si una idea te entra en la mente la explotas hasta su última potencia”. No le gustó el resultado de la frase y se mantuvo estoica por unos instantes. Mientras tanto, Penella esperaba su trago. Tenía sed.
Ella lo veía poco, ya se conocían, no hay necesidad de retener la mirada ante los viejos conocidos. Los dos reconocen la verdad de la mentira por las vibraciones en la voz.

Desde el micrófono el vocalista daba gracias al país entero ¡Cómo si toda la población tuviera la desfachatez de viajar para semejante espectáculo!.
Penella hacía retumbar los dedos sobre la mesa con rapidez. Vio sus dedos eran largos y delgados, cliché de pianista.

“Si una idea entra en tu mente la explotas hasta la última instancia -sonrió ante su corrección-. Antes de continuar llegaron los tragos. Él agradecido dio el primer trago.

“Otra cosa” dijeron los labios afinados.

“¿Te has dado cuenta que utilizas muletillas antes de empezar a hablar?.” Contestó él copa en mano.
Ella vestía una falda a arriba de la rodilla con cinturón incluido; pasando su esculpida cintura una camisa de tirantes color blanca complementaba el conjunto.

“Ehm… da igual. No trates de distraerme, Penella.” Sonrió y mostró su dentadura blanca, alineada, contrastante, simulante de marfil.
“Tú problema es que vives fascinado por la intensidad del amor, por eso mismo eres incapaz de ser ser correspondido” dijo la torneada mujer. “Es imposible enamorarse de ti porque tú no amas a las pésimas mujeres con las que tienes el infortunio de salir sino que te enamoras del amor mismo”. Sentenció.
Su acompañante ya no escuchaba, más bien se concentraba en su escote.

Me podría casar con Ella ¡No ahorita, claro! En unos veinte años. Sí, sí. Yo de cincuenta y cinco. Podría compartir el piso; es tan orgullosa que compartiría la renta. siempre elimina cualquier nudo que atente contra su libertad.” pensaba Penella acercando la copa vacía a su boca.
Mala costumbre esa de beber, una vez que se empieza cuesta trabajo detenerla.

“Todas las que te he conocido están locas, medio zorpilas. (término de definición hasta ahora desconocida, utilice el adjetivo ofensivo que prefiera querido lector) En fin, cuando una se va llega otra peor que la anterior”. Decía Ella.

“Necesito una buena mujer, más de lo que necesito de una máquina de escribir; necesito tanto una buena mujer que puedo saborearla en el aire, puedo sentirla en la punta de mis dedos, puedo ver veredas construidas para que sus pies caminen sobre ellos”. Estaba tan exhorto en sus pensamientos que, involuntariamente movió la cabeza hacía la derecha; del techo colgaba una mujer de luz león verde, en la boca detenía una botella de cerveza. Se preguntó si su acompañante que no paraba de hablar sin ropas tendría la misma anatomía.

“Tu problema con las mujeres es que las buscas bellas y se sienten culpables por serlo; por eso andan repatriando su atributos por doquier.
He de aceptar que de las últimas que me has comentado no han estado tan mal; son más ingenuas que tontas… no te entiendo del todo ¿Eres ciego o cobarde?”

Si le digo que la amo ¿Qué pasaría? Total, el “no” ya lo tengo en la bolsa…”

Así es, aunque finjas no escucharme sabes que es cierto: la línea entre el amor y el capricho se difumina en cada andar” dijo entre carcajadas. Al pensar el comentario un halo de tristeza apareció en sus ojos, por un instante se vio reflejada en la misma situación.

Un silencio incómodo nació en la mesa. Al menos para Ella porqué Penella y sus oídos medio sordos de milagro escuchaba lo que decían. Toda su atención se centraba en sus labios.

Y si me atrevo a besarla. Siempre he querido recibir una bofetada de rencor femenino. De seguro ni duelen, después del beso de una chica guapa nada puede salir mal”. Una voz en su interior le decía que era mala idea.

Necesitas una buena mujer; de esas pocas que tienen instinto maternal. Acéptalo eres como un niño, te tienen que atar, poner cuerdo…”

Escucha… sé que parece una locura” empezó a decir con lengua corrediza Penella. “Olvídalo no tiene sentido; me vino a la mente tu historial de amantes y se me revolvieron las tripas”.

Volvieron a resonar los discos en lugar. Los habitantes del bar ya han perdido interés por la mujer de la mesa del centro; el bartender comenzaba a pedir propina para servir tragos, se vislumbraba la media noche en todo su esplendor.
La mente de Penella trataba de bloquear el habla. Quizá por eso no se le entendía bien,  o sería la bebida. Sabrá dios.

“¿Has releído alguna de tus obras?” preguntó Ella. “Deberías hacerlo, te sorprendería la mutación de tus futuros personajes. A lo mejor, algún día, podrás escribir una historia de amor con final feliz”.

“Creo que nadie ha leído mis obras, fuera del minúsculo grupo de amistades que he podido mantener a través de los años. Los finales felices solo sirven en el albur. El estar enamorado ofusca el pensamiento, aleja a la claridad… nunca he podido escribir durante una relación; por eso no tengo “finales felices”. Contestó Penella malhumorado.

“Necesito una buena mujer más de lo que necesito escribir”. Dijo para sus adentros.
“¿Dices tú que necesito una buena mujer?” aseveró Penella con voz entrecortada. Los ojos le pesaban; llevaba demasiadas horas sentad; temía del viento; había bebido en exceso. Dicen que la oxigenación después de tres tragos nunca es buena…

Abrupto en sus pensamientos Penella acabó clavado en la silla, Ella le dijo que tuviera paciencia, que no debía tomarse todo tan en serio… que, a veces, el amor es un juego cruel inventado por los niños para hacerse daño, entre otras muchas otras cosas que le subieron artificialmente el ánimo. Quiso corresponder ante tanto cumplido pero no pudo, sólo pensaba en lo amargo de su soledad y lo bien que le caería un beso antes del amanecer.

“No te olvides de los amigos” Dijo Ella hora atrás… cómo era su costumbre pagó la mitad de la cuenta. “Orgullosa, haces cualquiera cosa para sentirte libre”.
!Ah, los amigos! Siempre que se necesitan, decepcionan!” alcanzó a decirle antes de la huida.

Con tedio el mesero se acercó hasta su lugar; tomó la billetera que simulaba piel y exigió la mitad restante. Una vez depositados los billetes preguntó si se le ofrecía algo más. Rechazó la solicitud meneando de lado a lado el dedo índice.
Las luces del lugar se fueron atenuando de poco en poco. El último cliente del bar tomó su abrigo y abandonó la periquera metálica.
Sin mala intención deseo la muerte del mesero que ya volteaba las únicas dos sillas que no estaban sobre las mesas.
Le suplicó que cerrara la puerta al salir.

Penella por primera vez sintió el peso de sus treinta y cinco años en la espalda… al abrir la puerta los rayos del sol iluminaron su camino. La luz cegó sus ojos; con determinación dio un paso al frente, estrelló con vigor la suela del zapato al asfalto. Se sintió como un niño que comenzaba a caminar: mucho esfuerzo y poca técnica.
Abandonó el lugar con una nuevo boceto que convertir en historia, y dijo para sí mismo en voz alta:

“Sé que existes buena mujer”
“Sé que existes”.

Los últimos días de Don Fermín


“Le dijo que el amor era un sentimiento contranatura, que condenaba a dos desconocidos a una dependencia mezquina e insalubre, tanto más efímera cuanto más intensa”.-Gabriel García Márquez

El atrio expira un deje amargo de desolación. Los árboles que rodean a la amarillenta iglesia barroca están muertos. Ni siquiera las hojas quisieron quedarse a cuidar este lugar; se fueron con el primer viento que cruzó sobre ellas, no les importó estrellarse contra la baldosa. Tan sólo querían apartarse de la tristeza de Don Fermín que en la mano sujetaba su armónica y en la cartera una foto de su difunta esposa Amelia.

A las hojas no hay de que culparlas, este desangelado lugar inspira soledad: -desde las pesadas puertas de la Iglesia hasta los arcos que delimitan al parque no se puede encontrar rastro alguno de felicidad- ¡Tanto tiempo ha pasado ya sin que alguien visite el Templo de San Sabines! Sólo los insectos han sabido apreciar la arquitectura mixta de esta lugar.
En sus torres habita una familia de arañas, al principio sólo eran dos y tenían la obstinada misión de hacer un ventanal con su transparente hilo. Estuvieron trabajando por semanas pero su trabajo se deshilachó en alguna madrugada de luna llena.
Decidieron tener hijos para terminar con la ventana que les dará un descanso tan satisfactorio como el que recibimos los hombres al descansar con sábanas de seda; eventualmente por ahí cruzaría alguna mosca que, en su afán de librarse de la redecilla de mil hilos, terminará más enredada de lo que originalmente se encontraba y les serviría de cena.
Toda la pintura de la fachada ya estaba difuminada por los estragos que ocasiona el pasar del tiempo. El viejo Fermín le conoció un amarillo tan lucidor. Lleno de ilusiones, ahora pareciera un polluelo enfermo recién nacido.

Dentro de la iglesia, los largos cirios deben seguir igual que en el velorio de Amelia: feos, desgastados y con esferas de cera que resbalaron mientras que el cura le daba los santos óleos a una de los contadísimos creyentes de este lugar.
Porque nadie venía a misa en San Sabines, a menos que alguien haya cometido un crimen tan frívolo como para que su consciencia no pueda soportar más el peso de su propia mundanidad.
Así es, de toda la población viviente, el único ser con las puertas abiertas del cielo era Fermín. Ese anciano despertaba al alba para escuchar la primera misa en compañía de su amada, posteriormente tomaba asiento en la banca color verde y respaldo garigoleado.
Ahí tocaba su armónica viendo a todos pasar: la señora que vendía hortalizas, a Pedro que tenía un puesto de periódicos, a los niños que ingresaban a la escuela… esa gente cumplía puntualmente su rol como ciudadano escuchando la melodía de Fermín. Sin embargo, la mayoría pasaba sin escuchar, en un mundo asfixiado por tanta frivolidad no hay cabida para una melodía dulce como el cantar de un petirrojo.

Los zapatos de charol aplastaban al asfalto, se movían con sincronía perfecta mientras los brazos con portafolios viajan de atrás hacía adelante. Al mismo tiempo, el ronroneo de los automóviles acompañaban a los dieciséis tonos que dan pie a la canción de Don Fermín…
Le gustaba escuchar el rugido del motor. En alguna ocasión -quizá por error- le aventaron una moneda pensando que a eso se dedicaba, a ser pordiosero, o como se hacen llamar: músicos callejeros.
A pesar de esto, Fermín seguía deleitando a oídos sordos… mientras los transeúntes pasaban alrededor sentía que los pasos eran la percusión, y el motor un intento poco agraciado de un saxofón. Así conseguía una simbiosis de sonidos, lo que le hacía sentir parte de una orquesta. Cosa que alegraría a su corazón marchito, y es que el recuerdo de Amelia mantiene asiento reservado.
¡Pertenecer a un intento de grupo musical lo hubiese hecho tan feliz! Verse acompañado de gente que amará la música. Codearse con unos cuántos que tuvieran la capacidad de aislar el sonido del ventilador y la gran fábrica para detectar el paso del viento o la hierba crecer.
Sí sí, la compañía de esos amigos desaparecerían el fantasma de su amada.
¿Cómo será esta vida sin el pesar de un muerto en las espaldas? Pensó angustioso.

Un día como cualquier otro, el anciano salió de misa y caminó hacía su banca. Siempre la encontraba igual, pálida, triste y con la enredadera del respaldo a punto de vencerse.
Fermín comenzaba puntualmente a tocar la alegre canción que compuso en completa soledad un día en las altas montañas que rodean a la ciudad.
El armonicista viajaba una o dos veces al mes, dependiendo del clima -sin mencionar su salud- para purificar sus pulmones y así permitirle a sus melodías navegantes del viento transportarse con la máxima suavidad entre las nubes interminables que habitan en el cielo.
Siempre a las ocho de la mañana comenzaban a fluir esos tres Mis acompañados de un Do juguetón.
Cerraba los ojos para concentrar su atención en el frío metálico de la armónica en su boca.

Sabía que tocar la misma canción todo el tiempo le haría comprenderla a plenitud; por eso se entregó vorazmente a su única creación musical. La misión era el experimentar ese Do juguetón en cualquier estado de ánimo.
La música es tan caprichosa que puede penetrar al sistema nervioso sin ocasionar ningún cambio en primera instancia. Pero, si al azar el cuerpo se vuelve a tropezar con las mismas escalas, ese escucha ya no es el mismo. Sonará tan distinto para sus oídos que tomará un significado inexplorado; esa novedad lo hechizará a tal grado que pensará que es la primera vez que se expone a esa melodía.

*

Puntualmente comenzó a tocar su armónica. Mientras tanto, Amelia volvió a casa para descansar un momento más en la cama.
Dormía con tanta tranquilidad que a su cuerpo se le olvidó respirar. Los rayos de sol que penetraban la habitación iluminaban al ángel caído de una forma sublime.
A lo lejos se alcanzaban a oír las notas de Fermín que jugueteaban con el viento; Amelia se había impregnado de la efervescente fragancia de los jazmines que con tanto esmero ha cosechado en el jardín trasero de su hogar.

Una vez que el ambiente ya se encontraba embriagado música, fermín se dispuso a abandonar su asiento para recibir los santos alimentos.
En el transcurso pensó que la música es un don que hay que regalar, sea escuchada o no. Caminó tres cuadras para llegar a su destino. Al abrir la puerta reconoció un olor desconocido, delicado. No pudo determinar de que se trataba, mayoritariamente era jazmín pero había un sazón distinto dentro de su casa de dos aguas.
Cerró la puerta y anunció su llegada a media voz.

Fermín arrastraba los pies al caminar, desde pequeño tuvo la impresión de que el suelo era una superficie tan peligrosa que es mejor nunca desprenderse de ella totalmente. ¡Ah! ¡Y pensar que las notas musicales se codean con las aves migratorias!
“Si tan sólo el hombre pudiese volar…” Decía para sus adentros cuando ingresó a su habitación que era un espejo de luz blanca.
Tan luminoso era el cuarto que mantener los ojos abiertos era una verdadera agonía. Paso a pasito se acercó a su mujer y besó su frente de mármol.
Le dijo al oído los siguientes versos: -procuraba decirle a su esposa cuánto la quería. Por eso leía poesía, para envolver a su amada de palabras perfectamente acomodadas y así detener su reloj biológico, manteniéndola siempre joven y bella-

“Si existiera un Dios,
en definitiva, me gustaría
que fuera como tú,
aunque entonces … yo, ¿que haría?”

Después de la declamación, buscó su frágil mano. Cayó derrotado al sentirla carente de pulso. Saberse totalmente solo en este mundo ofuscaba su pensamiento; la carencia de Amelia lo hacía un ser completamente distinto ¿Empezaría a ver el mundo como todos los demás? Como esos que rutinarios insatisfechos que viven de prisa, como los desgraciados que en la calle pasan sin voltearse a ver.

Fermín volvió a ver el cuerpo el cadáver de su esposa y pensó que era una estatua que simbolizaba al mundo entero: eternidad,  belleza, fragilidad en una pieza de un metro sesenta de altura.
Se alejó un poco de su amada, sacó la armónica de su bolsillo y resonó un Do. Uno al que robaron la inocencia; sonaba como el llanto de un niño que se encuentra extraviado entre un mar de gentes.

*

Llegó el otoño dos días después acompañado de torrenciales lluvias.
Fermín estaba sentado en la fila más próxima al altar. Estaba a oscuras, tan sólo los cirios permitían ver las sombras de dos personas: el cura y la del nuevo viudo que destrozado se preguntaba cuánto tiempo iba a poder permanecer en este mundo sin Amelia.

Una vez terminaba la misa el religioso recibió una llamada de la capital donde le avisaban que sería trasladado a una pequeña capilla en medio de la Sierra; aseguraban que su participación en ese lugar era vital -incluso emergente- ya que unos rojillos liderados por Lucio Cabañas estaban haciendo ruido en la azotea presidencial; que el status quo estaba en riesgo y se le pedía que organizará un grupo misionero en pos de resistencia ante la oratoria marxista de esos levantados.
El miembro obligado a cumplir el celibato argumentó que le era imposible dejar a su pueblo sin la Hora Santa. A lo que le contestaron que penosamente era innecesaria debido a que la asistencia a la misma era casi nula.
Se la arreglarán a solas” Dijeron fríamente al otro lado del teléfono.
Si más, la Iglesia de Sabines jamás volvió a abrir sus puertas. Honrosamente los historiadores pueden contar que la última misa fue en honor a Amelia García, esposa del aromincista del pueblo.

Don Fermín después de persignarse fue a su banquita. Al parecer es el único elemento del cual se podía sujetarse en medio de la tempestad que provoca el olvido. Todos estos días su alma se ha esforzado en tragar el amargo sinsabor de la soledad, pero, en contra de su voluntad, la bebida se resistía a resbalar dentro de su organismo.
Sentía que el maldito brebaje jamás sería digerido por su ser, y por eso mismo comenzaba a arraigar raíces que lo alejaban de la muerte en este su pueblo que lo vio nacer.

“¡Qué sentido tiene seguir en este lugar si no hay nadie que me espere en casa después de  cumplir con mi labor! Nadie me acobijará, ni tendrá la fortaleza de suministrar alegría a mi débil corazón”. Pensaba mientras volví a casa.
Ya en el hogar la sensatez le dijo que podía tocar su armónica sin la necesidad de acalambrarse los músculos en una vieja banca con el viento pegándole en la espalda. No le hice caso a la cordura; la música era su único refugio y sentir en su cara arrugada la brisa congelada le recordaba el roce de los finos dedos de Amelia al despertar.

*

Unas notas intermitentes acompañaron a la soledad de Fermín en sus últimos instantes, entre un murmullo y otro se entregó a la muerte que le esperaba de brazos abiertos.
Las hortalizas de la muerte que se encontraban debajo de él se desprendieron con tanta delicadeza que no le fue necesario utilizar la hoz a la Dama de Negro para llevarse al músico al mundo desconocido. Quizás ahí podría encontrarse con oídos abiertos que se deleitarán con el sonido de la armónica.

Los dos se fueron volando, atravesaron las nubes cargadas y de la armónica se escapaba un MI-MI-MI-DO que sonaba por todo la ciudad.
Un MI-MI-MI-DO que iba de las montañas hasta el puente carretero. Todos los ciudadanos podían escuchar la música de Fermín; curiosamente la mayoría reconoció que era la monótona canción del viejito de la Iglesia, ese que sin falta tocaba la armónica hasta la hora del desayuno.
La música viajaba entre casas y edificios,  en el parque, y retumbó en todos los elevadores para asesinar el silencio molesto entre la Planta Baja y el piso deseado.
Conforme ganaban altura el sonido se hacía cada vez más distante, poco a poco la armonía era atesorada por las nubes banqueras hasta que fue imperceptible al ras del suelo.

Al día siguiente continuaron las actividades rutinarias. La ciudad se ponía en pie, peatones cruzaban por la iglesia. Sólo unos cuantos se preguntaron dónde estaba aquél anciano de la armónica.
Voltearon de reojo hacía el interior del templo pero les fue imposible ver, sus puertas estaban cerradas. En el instante en que sus miradas volvieron al frente comenzaron a notar ciertas particularidades del lugar ¿Será por la falta de música? Sabrá Dios.
Todos los árboles estaban pelados y  la pintura de los edificios estaba carcomida. Un silencio tan escalofriante se perpetúo en el lugar, era tan solemne el silencio que hacía que todo luciera desagradable: las delgadas ramas en el piso, las banquetas mal pintadas, los juegos distantes del parque…
“Este un lugar nefasto para vivir” Pensaban los habitantes mientras seguían caminando todos cabizbajos y tratando de recordar la bella armonía de Don Fermín.
Es cierto que la partitura de esa canción nunca fue escrita. Inclusive, algunos desesperados violaron la casa de la pareja fallecida, voltearon los cajones y husmearon detrás de la cocina, pero les fue inútil, no había rastro de alguna nota de sol escrito sobre un papel.
Resignados abandonaron la misión en el atardecer.

—¿Han encontrado algo?— Decían las voces distantes.
—Nada—. Contestaron los adolescentes asqueados del lugar que les rodeaba.
—Creo que mi inconsciente ha tratado de decirme algo desde hace mucho tiempo, pero siempre me ha dado miedo conectarme con ese genio maligno— Dijo uno de los asaltantes.
—¿Qué te decía?—Le contestaban en unísono.
—Trataba de decirme que, a lo mejor, era tiempo de partir de este lugar y buscar tierras más soleadas por el Sur—.

Fue todo lo que necesitó el pueblo para comenzar a hacer maletas. Algunos infantes lloraban por abandonar ese lugar ¡Pobres de los mayores, no entienden que hasta el monstruo más aterrador tiene su encanto!
Los niños albergaban esperanzas de encontrar al viejito tocando la armónica detrás de la iglesia… no fue así.
Se vieron obligados a seguir marchando como soldaditos de plomo, en una búsqueda incesante de los zapatos de Don Fermín. Tal vez podrían estar enterrados bajo la horajasca.

 

 

 

En mi coche


“Truth is, everybody is going to hurt you; you just gotta find the ones worth suffering for.” -Bob Marley

Mario se sujetaba con todas sus fuerzas al volante; no veía nada a su alrededor, sólo la luz fría de la ciudad al pasar.
El asfalto se esforzaba para mantener al ras del suelo al pequeño vehículo que corría revolucionado. No ha parado de llover desde que salió de la heladería, de hecho, desde que fue a recogerla ya había unas cuantas gotas de lluvia sobre el espejo, pero no se había percatado de ello.
Todo gritaba que sería un mal día: nubes grandes, en un panorama triste y sombrío. Las hojas de las árboles cada vez estaban más secas, se resistían a caer. Inevitablemente el viento terminarán por tumbarlas al piso nevado de Madrid.

El velocímetro marcaba 130 kilómetros por hora. Ningún otro automóvil circulaba alrededor, era demasiado tarde para dar un paseo y demasiado pronto para salir a trabajar.
Desde el retrovisor se podía ver las líneas blancas divisoras de los carriles, una y otra raya interrumpida por pocos centímetros quedaban en el horizonte atravesado.

Mario observaba como los recuerdos de su última relación amorosa resbalaban sobre el cristal, iban dejando un estela de dolor hasta que los limpiaparabrisas los arrojan lejos de su ser sin decencia alguna.
Dos años junto a ella veía traspasar entre curvas y acotamientos… no sabía por qué las cosas debieron terminar de esa forma. Ni siquiera tuvo la decencia de darle una razón en especifico.

Esa mañana llegó hasta su escuela y se besaron enfrente de la puerta con pasión, como aquella vez que le regaló el “sí” después de tantos intentos fallidos… desde un comienzo su relación estaba enferma porque el amor no se mendiga, se merece… como fuese, ese beso, no se parecía a ninguno de los que le había regalado sin amor. Éste era uno de despedida.

Enfrente de él se encontraban los letreros que anuncian las zonas de curvas peligrosas, pero su visión era distinta, ante sus ojos sólo aparecía la foto de los dos durante su cumpleaños; él con su polo verde y ella con un sweater rosa. Sus ojos azules se convirtieron en el primer plano de la misma, simplemente era imposible dejar de verlos. Fernanda abrazaba a Mario que se encontraba sentado con una cerveza en la mano. Ella reposaba la barbilla sobre su desordenado cabello y sonreía a la cámara mientras lo abrazaba.
A lo lejos, la luminosidad de un trueno rompió con el encanto de sus ojos. No había más que curvas cerradas, una tras otra… habían prometido siempre quererse pero al parecer no fue así. Malditas palabras, todo suena tan bello, tan fácil, tan simple. Explícamelo, Fernanda ¿Qué le hiciste a tu amor? ¿Por qué no te llevaste el mío? pensaba con los ojos enlagrimados.

El viejo Corolla color vino tinto esparcía ríos de dolor cuándo transitaba encima de los charcos. Mario tenía la fija obstinación de viajar en su coche a todos lados, porque ya no tenía un hogar propio, su casa era ese amor.
El amor, es el anhelo de abrazar a alguien y no querer soltarlo nunca más, hacer de la otra persona un refugio seguro donde se pudiera huir de la realidad. Ahora dime, ¿Qué fue de tu amor y por qué el mío sigue latente? decía para sus adentros.

Se sentía tan desolado en ese momento que su propio reflejo sobre las imágenes que, no paraban de aparecer sobre el trayecto, le hacían sentir vivo. Aunque únicamente fuera para sentir mundanidad, verse ahí mismo junto a todas sus memorias perdidas era un sufrimiento tan exquisito como el de estar enamorado de una mujer, a la cual, no le parecemos más que un ser repugnante.

Enfrente de él traspasaban los últimos dos años de su existencia que sean han convertido en ceniza. Ahora todo es polvo: esas cenas y los paseos en la motoneta son historia. La vez que huyeron del restaurante italiano porque no tenían plata para pagar, cuándo los descubrieron en plena sensualidad sobre el sillón del cuarto de televisión. Todo eso era pasado;  todos aquellos gratos e insignificantes recuerdos lo golpean en seco.

*

Las placas QBZ-1669 activaron los radares de alta velocidad, al parecer las curvas habían quedado atrás, igual que el amor de Fernanda por Mario.
Cada vez que esta idea revolvía su pensamiento, Mario forzaba la maquinara para conseguir más potencia, más adrenalina, más dolor… ¡Oh sí! Ya presiente otra visión ¡Ya lo recuerda! Esa primera vez que tuvo el valor de decirle que la amaba, acallando a esa vocecita que no paraba de decirle que no era una buena idea. Lo único que conseguiría era un corazón obstinando ante la imagen de una mujer que cumple con el mismo prototipo de todas las demás de las que se ha enamorado: esas mujeres que son capaces de provocar dolor y deleitar a nuestros sentidos de tal forma que la agonía y el  amor, se transforman en un mismo concepto opuesto y contradictorio a la vez.

Desde las alturas se podía observar que la lluvia había cedido lugar a la aguanieve y reposaba concentrado a unos cuantos metros de la caseta de pago. Justamente donde las parejas se detienen para observar el atardecer en un improvisador mirador, el cual, tiene como función original cambiar neumáticos ponchados. Lamentablemente era de noche y lo único que resaltaba en medio de ese humo lechoso era la delgada silueta de las cordilleras que se pintaban como una acuarela japonesa.

En Mario circulaban tantas ideas que decidió prender la radio para acallar los susurros que disparatados escupían ideas de muerte, soledad y desasosiego; una vez sintonizada cualquier estación, una voz femenina anunciaba que una tormenta eléctrica sacudiría -literalmente- al sur de Madrid. “Se le recomendaba a la población en general no salir de su hogar debido al alto riesgo de un impacto certero que pondría en riesgo vida de cualquiera”. Tras un discreto puente musical volvió la música rock de los años ochenta, de las bocinas surgió el rasgado de una guitarra, segundos después aparece un repetitivo bajo y la batería que culmina con cada acorde.
No lo entiendo ¿Ya no me quieres? No ha pasado tanto tiempo” tarareaba Mario dentro del coche. El velocímetro marcaba 150 kilómetros por hora a la mitad de la recta. La música mantenía un ritmo pausado y una voz inexpresiva. Quizás, así era él: un chico tímido que nunca encontró la forma de demostrar su amor, porque, las palabras empleadas contradicen el significado del mensaje. Entonces, a falta de imaginación, comenzó a repetirlo tantas veces que perdió su esencia, y  su amor se fue consumiendo poco a poco, como el fuego ante las brasas.

Los faros del coche al frente no iluminaban a más de dos narices de distancia. Sin embargo, los destellos luminosos arrojados por la ira de Zeús que se escondían detrás de la montaña le eran suficiente para guiarse a través del camino.
Gotas de lluvia se volvían fotografías en los ojos de Mario, le  mostraban el día que comenzó este infortunio. Veía a esa niña uniformada que comía una paleta mientras cruzaba la calle. Para entonces, él seguía esperando a su hermana que nunca tuvo mayor prisa en salir de la escuela. Es ley para los estudiantes tomarse las cosas con calma después de que la chicharra anunciaba el fin de las clases.

Marisol -hermana de Mario- se despedía de sus compañeras, con la intención de obtener una última actualización de los estados románticos de aquéllos que adoraba falsamente y de esos que odiaba meramente por la presión social.

La jovencita cruzaba la calle con lentitud. Mario absorto ante su belleza hizo sonar su claxon para hacerse notar. Segundos después se ofreció para llevarla a su casa; justo ahí se percató de lo torneado de sus piernas y del color apiñonado de su piel.
Ella lo rechazó excusándose de que vivía cerca y que la caminata le hacía bien.
Fue todo lo que se dijeron. Le bastó ese instante para perderse profundamente ante esa mirada altanera que no cedía a las malas vibras que le llegaban del asiento del copiloto.

El cielo es gris y amarillo, no queda nadie en el barrio” decían por la radio el nuevo single.

—Nos vemos— agregó la estudiante cuándo ya se adentraba al laberinto de álamos que no era más que el Parque Municipal que tenía la mala costumbre de florecer por el invierno.

—Me impacta tu mal gusto… Le dijo Marisol a su hermano que no le prestaba atención. Te enamoras de la mujer más ruin del colegio y sigues escuchando esa canción tan repetitiva—

Mientras lo seguían sermoneando, el conductor volteó a ver el reloj digital que se encontraba en el tablero. Eran cuarto para las tres. Faltaba una eternidad para el día de mañana. Sin embargo, ya comenzaba a anhelarlo. Mantenía viva la posibilidad de estacionarse en esa misma esquina y esperar a la mujer de las piernas torneadas cuándo se dirigiera nuevamente hacía el parque que, recelosamente florecía fuera de estación.

—Por cierto—le dijo a Marisol. ¿Cuál es su nombre?

—No sé porque te interesaría saberlo. No es más que una arrastrada—En el momento que escuchó la respuesta, vio como una sombra de dolor se acentuaba en el rostro de su hermano, que, dolido agachó la cabeza por un segundo…

—Fernanda Medrano— agregó de mala gana cuándo vio el efecto demoledor que ocasionaron sus palabras.

*

Temblaba de frío, el tiempo seguía su curso habitual. Cada vez eran más recurrentes las descargas eléctricas; los frenos fallaban debido a la insistente lluvia que no permitía cerrar los pistones a presión. Esto no le importó a Mario que seguía conduciendo a una velocidad imprudente.
Sus manos comenzaban a debilitarse, no tenía otra cosa de la cual sujetarse que no fuera el caucho del volante. Todo había quedado atrás, era parte de un pasado mejor. Sólo quedaban veinte litros en el tanque de gasolina para recorrer todo un país vertiginoso.
Iba en busca de un lugar donde no existiera el dolor, algún lugar donde siempre se encontrará nublado, perfecto para matar memorias.

Entró a otra zona de curvas peligrosas. El radio anunciaba que entraría un frente frío y se esperaban lluvias constante al menos por una semana más. Esto le subió ligeramente el ánimo.
Desde pequeño le han parecido más humanos los días nublados, en comparación con esos en los que el sol broncea a los pocos y quedados transeúntes de este mundo.
¿Por qué no aparecía el lugar en el que Mario se encontraría a sí mismo? Ahí nacerá con un nombre distinto, podría ser agicultor. Siempre tuvo una fascinación secreta con el campo ¡Qué bella sería la vida nueva!

Tras el anuncio de Seguridad Civil volvió a resonar la letra de la que se está convirtiendo en su nueva canción favorita. No entendía por qué la gente se hostigaba de ella si tenía tan buen ritmo; únicamente por reflejo hizo funcionar la direccionales ¡Cómo si alguien tuviese la mínima intención de acompañarlo en este viaje de soledad!

“En mi coche, la música suena en mi coche, tu llanto de niña en la noche,  y aún se oye el eco de tu risa en el asiento de atrás” decía la canción a media madrugada; por cada metro transcurrido se sentía más vacío, más frío, más distante de todo aquello por lo que alguna vez sintió cariño.
Después de ese pensamiento que le acongojó el alma comprendió la belleza oculta de las carreteras: al pasar por las altiplanicies, se empieza olvidar a los que provocaron dolor. Fuera de la ciudad nos es posible desprendernos de los demás. Y una vez en soledad, nuestras almas se embriagan con la añoranza de la compañía ajena, porque es tal la necesidad de socializar en el hombre que siente morir al no verse rodeado de los suyos.
Cuándo la tristeza se dispone a asesinar al hombre, el corazón expira el último de sus latidos, liberando al prófugo que nos abandonó el día que murió nuestra infancia.. ese prófugo somos nosotros mismos.

Tan lejos de aquí, tan lejos de aquí, en mi coche…” cantaba Mario, de pronto,un rayo se estrelló en el cerro por el que transitaba el viejo motor con ruedas que heredó de su difundo padre.
El rayo convirtió la visión de Mario una neblina blanca que se resistía a salir de sus ojos. Pisó a fondo el freno mientras simulaba con el volante el camino que su memoria a corto plazo le permitió recordar.

Pongo otra vez el contacto y mi corazón empieza a funcionar. Enciendo uno tras otro cigarro, viendo la lluvia resbalar” le hablaban satelitalmente las bocinas.
Alcanzó a poner el freno de mano. Fue inútil, lo único que consiguió fue que comenzará a girar en su propio eje. Terminó impactado contra el muro de contención; el golpe fue de tal magnitud que la guantera acabó abierta, se dirigía hacía el acantilado en compañía de su fiel amigo, el Corolla.

Quisiera largarme en mi coche, quisiera estrellarme en mi coche” Mario abrió los ojos y enfrente de él se encontró a Fernanda, la colegiala,  con su largo cabello suelto.

Y lejos de aquí en mi coche” sintió un dolor en el pecho, cómo si el cinturón de seguridad comenzará a asfixiarlo, pero se dijo a sí mismo que no era cierto, era la viva imagen de la mujer que decidió dejarlo sin motivo aparente… esa era la fuente permanente de sufrimiento. Sí, eso era… otro dolor, la memoria que no ha podido dejar atrás.

El viejo Corolla atravesó el muro de contención, nada pudo frenar su suicida trayectoria.

Y lejos de aquí en mi coche”
“Y lejos de aquí”

 

 

En la cafetería de siempre


“Y en seguida la quise, porque sí, algunas veces para que nos enamoremos de una mujer basta con que nos mire despectivamente”. – Marcel Proust

“Lo conocí en un café de los portales. En que otra parte iba a ser si en Puebla todo pasaba en los portales: desde los noviazgos hasta los asesinatos, como si no hubiera otro lugar”. Recordé a Ángeles Mastretta mientras vestía frac oscuro y una boina que fue olvidada en la antigua casa donde radiqué hace miles de años.
Iba en camino al tan esperado reencuentro, ese que me perturbo durante los últimos meses.
Como lección de vida les anunció que uno nunca debe contestar el teléfono antes de las diez y media de la mañana. Nada bueno puede salir del auricular a esas horas.
Unas palomas revoloteaban a mí alrededor <<Siempre han sido un animal totalmente burdo. Estúpidos por naturaleza, nacidos para ser exterminados, lástima que nadie ha tenido el coraje de hacerlo>> Finalmente se alejaron por el estruendoso sonido del reloj cuando marcaron las doce. La hora en que habíamos acordado la cita.
Tomé asiento en un banca enfrente del café, fumé un cigarrillo. Me convencía de que no había porque estar nervioso <<Todo fue un juego infantil, una jugarreta hecha en la adolescencia, cuando vivíamos sin crepúsculos, en ese entonces los actos no tenían consecuencias>>.
No debe de haber guardado rencor ¡Fue hace tanto tiempo!… tanto que ya no recuerdo  a esas personas que éramos nosotros mismos. Sin embargo, quedaron tantas cosas sin decir… <<No no, todo fue una broma malintencionada, de todos modos tenía que irme de la ciudad>>.
¿Para qué dar explicaciones? Causan demasiadas complicaciones. No iba a resistir esa mirada desangelada, aquellos ojos cristalinos en punto de ebullición debido a los negocios de mi padre.
No, a esas edades no existían las despedidas… todo era un hasta luego. El futuro nos tenía en sus manos. Cómo adivinar que no nos juntaría hasta este mes de marzo; quince años se tardaría el destino en juntarnos nuevamente. Si por mí fuera habría destruido las actas de nuestras vivencias; una amiga de la infancia menos, no era gran cosa. Pero el destino, siempre antipático, decidió juntarnos hoy veintinueve de septiembre, aniversario de mí repentina fuga de la ciudad de Puebla.
Y hoy, mismo, yo, Maximiliano Huerta esperó junto a la catedral hasta que el cielo terminé de nublarse para reencontrarme contigo después de tanto.

El reloj marcaba la una y media. El chubasco era de tal intensidad que tan sólo las cafeterías se mantenían abiertas. Plac-Plac, se escuchaba el zapateo constante de los tacones de charol. Plac-Plac, enormes gotas lluvia aterrizaban a mi alrededor.
Las mujeres aceleraban el paso. Había llegado el peor enemigo de los peinados: el agua. Mientras tanto, en el atrio descansaban las palomas. Ojalá les de pulmonía, pensé.
Dudo que venga. Este clima no es favorecedor para resucitar memorias de antaño. Dije para mis adentros, fue algo parecido a una súplica, de todos modos, no tenía de que avergonzarme.
Se detuvo un taxi en la calle de enfrente. De sus faros surgía humo; la luminosidad me cegó de golpe. Instintivamente predije que era ella. Recordé la forma de sus labios, y el lunar que coqueteaba con la media luna de sus tiernos labios… esos que besé y traicioné. Finos labios despojados de mi miel. Esos que olvidé tajantemente en una estación de tren, porque mi vida se mudaría a la capital.
Una cortina de lluvia caía sobre mí, pero yo, absorto en mis pensamientos, no me percaté de ello hasta que los dedos de los pies comenzaron a congelarse; entonces ingresé a la cafetería. En pocos segundos sobre la mesa ya tenía un taza de café humeante, como la máquina de vapor que me alejó de estás tierras; su sabor amargo fue el detonante de la noche. Después de tanto esperar, me reencontraría con mi primer amor. Hace meses le habló por teléfono. Desconocía como había adquirido su número. No recordaba si él mismo no se lo había dado aquél día en el que se conocieron…
Las dos de la tarde, el mesero me explica que sino voy a consumir algo más de favor me retirará porque otros clientes exigían la mesa que ocupaba.

Pedí la cuenta de mala gana, encendí un pitito más. Fueron treinta y dos pesos. <<Así como su edad>>. Pagué en efectivo y abandoné el lugar.
Segundos después el mesero me alcanzó en la calle; había olvidado el recibo. La insignificante hoja de papel se arrugo dentro del bolsillo; me di cuenta de su existencia hasta la última hora del día mientras fumaba el último del día.
Ya entrado en horas indecentes, leí que tenía un mensaje firmado con una ene mayúscula:

¿Apoco no es desagradable la sensación de sentirse olvidado por los demás?

El insomnio se encargó de pagar la deuda pendiente con aquella adolescente.

*

Nuevamente me despertó el llamado telefónico. Ya estaba acostumbrado, no había parado de sonar en este mes. El molesto sonido retumbaba una o dos veces; cuándo por fin llegaba a el, cortaban la línea o en su defecto se quedaban callados. Está vez una aterciopelada voz comenzó a hablar:

―Ya era hora de que pagaras tu abandono, Maximiliano―

―No me hables, ayer te estuve esperando― Le contesté de milagro porque la cabeza estaba a punto de explotar.

―Yo te he esperado por años, y no me quejo―¿Hoy en el café de siempre, a las siete?―

―Olvídalo, se esfumo la posibilidad del reencuentro debido a tu impuntualidad, Natalia―

Desde el momento en que pronuncié su nombre, vinieron a mi mente los volcanes nevados. A mi nariz llegó el olor del chocolate y la ceniza. Sentí estupor por saber que aquella niña que me hablaba por teléfono sólo por molestar, ya había dejado de serlo.
Recordé la profundidad de sus ojos, el color trigueño de su piel… el paseo junto a la catedral. Invoque a mis fantasmas del pasado: surgieron más de los que pensé que existirían… todos blancos, insípidos, transparentes con ojeras pronunciadas, con un letrero sobre el pecho y cadenas corroídas sobre sus frágiles manos.
Todos me observan con una escalofriante tranquilidad… esos seres se escondieron en el papel que me escribió sobre la mesilla.

―Está bien, a las siete y media  en el café de siempre. Tú pagas―.
En el café de siempre… ridícula utilización del vocabulario ¡cómo si hubiéramos ido tantas veces! Fueron sólo dos. Ahí nos conocimos, el otro día es mejor no recordarlo…

―Perfecto, un beso. Ciao―se despidió mi tormentoso despertador con prontitud.

Por el auricular sonaba el agudo sonido de las llamadas concluidas. Me quede ahí, esperando unas sílabas más de esa mujer…  las mismas que no aparecieron.

*

Natalia despertaba con el sonido distante del tren, era una tortuosa rutina; le recordaba su juventud. En la adolescencia es más común el sufrir que el llorar, así mismo, es más fácil reír que ser feliz… es una época de turbulentos cambios, la presión arterial va a una velocidad tal que uno no comprende las sensaciones que experimentamos; de todos modos, nos aferramos a ellas como si la apatía del espíritu nos fuese a eliminar el jubiloso deseo de seguir vivos.
A su debido tiempo, la vena de la juventud sufre de un ligero espasmo, la agonía del primer amor. En ese momento la visión paradigmática cambia drásticamente: el esfuerzo se acumula en la espalda; el rencor se pega en las paredes del hígado, provocando un líquido color crema que resurge cuando los tragos se consumen al por mayor.
Por eso vale la pena beber, revitaliza esa energía juvenil, esa época donde los límites son el impulso para seguir adelante.
La memoria, la razón y la bebida pueden hacernos creen que aún sentimos lo que ya está bien muerto dentro de nosotros; desde que el amor abunda en nuestro cuerpo comienzan los achaques: la vejez no llega con la edad sino con la pérdida de la emotividad. Cuándo se pierde el asombro hacía una mujer bella, cuándo el cielo es tan sólo un gas y no una metáfora retorcida es cuándo el corazón se ha magullado de tanto sufrir, de tanto esperar.

Natalia se ha convencido a sí misma, de que, Maximiliano no es más que un juego, una burla insana que sin remedio alguno le provoca una falsa sensación de egolatría.
Es como si después de tantos años, ella pudiera decidir el provenir de sus vidas. Ella no huiría por vía ferroviaria a la capital. Tan sólo buscaba provocarle un poco de dolor; cierta angustia que le persiga hasta el entierro, como un perro sabueso será su única compañía. Ese maltrato sólo lo pueden provocar los amigos: es como la resaca al despertar después de una larga noche.
Natalia no quería ser mujer, sino recuerdo.

*

Al día siguiente me encontraba en el mismo lugar, sentado enfrente del café de siempre fumando como loco. Es un mal hábito que tengo, me ayuda a liberar el estrés. Entre semana no fumo, socialmente los fines de semana, pero Natalia… la de piel morena y ojos castaños, me hace daño. Nos hacemos daño ¡Divino juego masoquista! Natalia Natalia, la pequeña Natalia… esa que me abría las puertas del cielo de en par en par. Me pregunto si todavía utilizas la larga coleta de cabello.

6:45 y tu tentador cuerpo no aparece por aquí; me como las uñas y enciendo otro cigarro… las nubes se empiezan a cargar hacía el sur, cada vez más grises más tristes.
¿Acaso soy la única persona qué no le teme a la lluvia? Por ti soportaría miles de tempestades; no sé ni lo que pienso. Jamás estaremos juntos, éramos un críos… me declaraste la guerra, tomaste el bando contrario. Huí, no fue justo, pero si lo fuera, no tendría sentido vernos hoy.

Quedé anonadado entre mis pensamientos hasta que decidiste tirar mi sombrero al suelo. Reaccioné asustado, tan sólo eras tú. Impactante sensación, me superabas en estatura <<Serán los tacones>> No sé y no pienso acordarme.
Usabas un rompevientos amarillo; me señalaste antes de saludar, con la sutileza de siempre dijiste:

―Recuerdo que aquí te conocí, enfrente de este lugar― Mencionaste angelicalmente.

―Así fue, nuestras espaldas daban hacía el café de siempre―respondí con un nudo en la garganta.

―Maldito, al menos hubieras escrito una carta―Sabría que no volverías, la cuestión era olvidarte u odiarte. Opté por la segunda. Muchos años tu recuerdo se escondió entre mis entrañas. Curiosamente, no logré ninguna de las dos: ni te olvide ni acabé por odiarte. No está en mi naturaleza como mujer… estúpidos partos, sino tuviéramos la capacidad de dar vida, a lo mejor, llegaríamos a odiar. Supongo que en una mujer, hasta el odio es una forma de amor―

―Deja te invito un café para cerrar heridas― Le contesté avergonzado.

<<Todo esto es un error>> Pensé mientras ya recorría la silla para  que tomará asiento en nuestro lugar, en la cafetería de siempre.

Así transcurrieron las horas, relatando las nimiedades de la vida; mientras me hablaba yo asentaba con la cabeza. De hecho, no la escuchaba, trataba de encontrar a esa niña pizpireta de ojos miel y sus blancos caninos de ayer… pero no la encontraba.  Su lunar seguía ahí, junto al labio inferior. Era una mota, un poco de lodo junto a los lagos de la tentación.
¡Ese puntito oscuro que tanto me gustaba! Porque no se encontraba en la mejilla ni en la barbilla, sino exactamente junto a la finura de sus labios.
Me gustaba porque su cabellera era larga, larguísima, caía hasta sus hombros, y era de un negro tan intenso que competía con las noches invernales. No era tan voluptuosa como ahora, más bien, lánguida y de senos pequeños, pequeñas altiplanicies de donde surgía un corazón volcánico que aseguraba amarme de forma inconstante.

Mi café acabó intacto sobre la mesa, ella, en cambio pidió dos o tres tazas. No paraba de hablar, a veces pedía mi opinión. Decía lo primero que se me viniera a la mente.

―Eras tan cínico… tus ojos me desnudaban sin pudor alguno, cerdo. Después comencé a quererte, de hecho, te quise demasiado. Por eso me dolió tanto tu partida― Dijo Natalia sin pudor alguno.

―No creo que me hayas extrañado, siempre tuviste más amigos que amigas. Hablo en serio ¿Acaso piensas lo contrario? ¿Te atreves a negar a tus amistades? Si me hubieras extrañado, no habría huído de esta mi ciudad.
No tenía otra opción, me era imposible vivir en su mismo ambiente. Además,  mis ojos no te veían con lujuria, sino con deseo―.

Después de eso,  relaté de forma inconsciente la historia de Patricio Quirarte, el pendejo de Patricio Quirarte…

*

Antes de llegar a la cafetería, Natalia se arregló con la emoción de la primera cita; vacío su armario, se probó miles de blusas, dos faldas y tres zapatos de tacón. Al final, eligió la primera combinación que ya había usado media hora antes.
Cuando salió de casa, el aire tenía un olor diferente… como si hubiera ganado juventud. Ya no se arrastraba la basura a su alrededor sino levitaba.
Se fue caminando al lugar sin pensar en la lluvia o el frío. Quería recordar, necesitaba recordar. ¿Cómo fue qué pasó todo? ¿Por qué huyó de forma tan repentina? ¿Por qué a pesar de los años había una astilla empellada en no salir?
La ciudad se alumbraba con los faroles de luz artificial; las sombras de las jardineras hacían dibujos tristes deformes y solitarios en el frío asfalto.

Fue un 23 de junio, el curso final se había acabado unos días antes… Maximilano había pasado todas las materias de milagro; yo igual, aunque le presumí lo contrario.
En ese día me dijo que era insoportable, que no todo era una competencia… qué le dejara en paz; qué buscará aquellos de buena ortografía, esos que se peinan de lado; los mimados que no saben de la vida, ni siquiera, cuando apenas comenzaba.
¡Qué le dejara en paz! Porque no soportaba mi personalidad ni un segundo más… le parecía repulsiva, fea como los ángeles caídos del paraíso, ruin e insensible.
De su tan talentosa vena artística nacieron éstos y más insultos. Se alejó sin rozar mis mejillas ruborizadas, no sabían si golpearlo o callarlo a besos. Se fue por la larga avenida que conecta la catedral con su hogar. No volteo ni siquiera a verme, llevaba un paso constante, no me atrevo a decir que fuera firme. Sin voltear la mirada, el joven de larga caballera se distanció de mí para siempre… todavía el destino nos encontró un vez más, no sé cuánto después. Me falla la memoria para recordar la fecha exacta, y me faltan dedos para contabilizar las tardes que lloré por él detrás de los barrotes de mi ventana.

*

―¿Acaso piensas lo contrario? ¿Te atreves a negar tus amistades?― Dijo Maximilano en la cafetería de siempre.

―Mis ojos no te veían con lujuria, sino con deseo… pero tú sólo te concentrabas en Patricio Quirarte, el pendejo de Patricio Quirarte― Grité mientras intentaba no ahogarme con mi propia bilis.
Todo el lugar los volteaba a ver; le importó poco. Después de tantos años tenía la oportunidad de explayarse contra lo que fue esa niña que mató la inocencia de su ser.

―El Pendejo ese de peinado relamido; ese mojigato al que le regalabas la mano al salir de la escuela ¿Ya lo recuerdas? Era tu escudo, el arma con la que me hacías daño― Continuó maldiciendo de forma prolongada, cada palabra la hacía palidecer. Natalia se convertía en un canon de la belleza cuando le faltaba el aire. Hoy después de quince años, le pudo quitar el aliento a su amor infantil.

Sin darnos cuenta nuestro amor iba a plena caída, cerramos los ojos, y nos aferramos a la ilusión de que el golpe no nos mataría; todo sería como una separación más. Otro eterno viaje en la locomotora del anhelo, hasta que nos reencontremos en la cafetería de siempre; cada vez más viejos, más lentos, mientras tanto, los dos seguiríamos cayendo del trapecio de la vida.
Mi cabeza está a punto de explotar, aquella herida amorosa no fue hecha con una daga, sino con un fino bisturí que dejó una cicatriz casi hermosa; el tejido era tan fino que con sólo recordar volvía a sangrar.
Levanté la cabeza buscando comprensión, en ella sólo encontré un mar de lágrimas.

*

Todos los días en el amanecer, inevitablemente recordaba sus días escolares al escuchar el campaneo del despertador.
Sintió una fuerte punzada en el pecho, cómo si alguien lo golpeara directamente en el esternón. Al inicio dolía porque pensaba en Natalia, y en el imbécil que tenía la privilegiosa posibilidad de sujetarle la mano en cada regreso a clases. Luego sonreía irónicamente, porque  con cada amanecer sabía que estaba un día más cerca de dejarla en su paraíso construido de azulejos, de talaver.a Mientras tanto tendría que seguir viéndola y actuar cómo si su nuevo comportamiento no le afectara.

Siempre llegaba antes que Natalia, la veo caminar por el pasillo. Ella, dejó sus útiles y se acercó a saludarlo.
Ese simple roce de mejillas me era suficiente para resistir los embistes del día a día. <<Sí, ese mal intento de beso es más que suficiente>>. La idea se esfumaba cuando las clases llegaban a su fin y el otro se agasajaba con sus manos de mármol.

―Es curioso, siempre somos los primeros en llegar― Decía la jovencita de nacientes caderas, su voz rebotaba en las paredes del salón. Es casi imposible no recordar el eco de las propias voces en las aulas escolares donde el ruido reina casi de forma perpetua.

―Tiene sus ventajas llegar temprano― Contestó el joven con pecas en la nariz.

―Ah, si. Dime una―Decía con tono retador.

―Existe la tranquilidad para poder hacer lo que no sé nos está permitido enfrente de los demás―. Maximiliano se acercó a su amada, la sujetó de las manos con suma fragilidad. Le absorbió el vértigo, la misma sensación de cuando hacía una travesura, como la de tocar una pintura en  los museos.
Tan sólo los ladrillos y pupitres podían observarlos. Serían los cómplices mudos de aquellos segundos de locura hasta que el impertinente azotón de puertas de Quirarte, le robó la  oportunidad de quemarse con la llama de sus labios.

Natalia sorprendida en infraganti dio un paso para atrás; Con toda la fuerza de su brazo derecho soltó una bofetada sobre la piel blanca de su compañero adorado. El golpe aventó la cabeza de Maximiliano lejos del pequeño oasis de sus labios. Así fue como se percató del personaje que había arruinado la escena teatral: El pendejo de Patricio Quirarte se había entrometido de nuevo quitándole la oportunidad de tocar el cielo por unos instantes.
Corrió hacía el ladrón de felicidades con el puño levantado. Ni siquiera lo vio venir; se percató del acto cuando la sangre ya corría por su nariz. El golpe también había dañado el ojo derecho.
Sangre, espeso líquido pasional pintaba su camisa blanca.
Natalia se acercó a él. Le regaló el pañuelo perfumado que siempre guardaba recelosamente en el bolsillo.
Maximiliano los observaba enfurecido, liberó enojo pateando un pupitre que se fue barriendo el piso hasta estrellarse contra el muro.

―¡Salvaje! ¡Qué no te das cuenta de lo qué has hecho!― Gritó mientras cascadas emergían de sus profundos ojos.

Debido al alboroto, la escuela se reunió alrededor del salón. Las consecuencias fueron lógicas. Maximiliano no pudo regresar a la escuela después del incidente, fue retenido en la oficina del director hasta que todos los asociados del plantel se cansaron de escupirle a su persona; Quirarte fue operado unas horas después del impacto sufrido en la nariz.
Fue de las pocas veces que se le vio a Natalia caminar en solitario antes de la hora de la comida.

*

―Valió la pena. Si yo no podía acompañarte hasta tu casa, nadie más lo podría hacer― Le recordó en la cafetería a la mártir que  sanó las heridas a un cobarde.
―Increíble; me citaste para descargar todo el odio que acumulaste durante estos años―

―No entiendo tu perpetua obstinación por hacerme daño. ¿Qué no fuimos amigos? ¿Niegas nuestro amor pasajero, y ese último beso en la catedral? Si te llegue a hacer daño, no pudo ser peor que el que yo he sufrido por la frialdad de tus actos… mira que preferirlo a él, al pendejo de Quirarte antes que a mí.

Él despertaba por la luminosidad del sol, yo por la de tus ojos―. Le contesté sin temor mientras la voluntad comenzaba a debilitarse debido a la fragancia de su perfume que llegaba  hasta mis fosas nasales.

La oficina principal del Colegio Santa María de Altamirano era diminuta. De milagro entraban todos los enemigos que coseché durante mi vida estudiantil. Los maestros resentidos gritaban todas mis culpas. Mi madre puso la mente en blanco mientras una horda de barbaridades ingresaban por sus oídos. Observaba de cerca el bigote del director, fue su distractor.
¡Basta! Fueron las únicas palabras que pronunció. Todos los demás abandonamos la habitación, el inquisidor necesitaba hablarle a solas.
Las manecillas marcaron las dos y media; los alumnos traspasaban por los pasillos. Ninguno tuvo la molestia de acercarse a mí. Se los agradezco, lo último que necesitaba eran fisgones en ese momento, aunque el perdón de Natalia me hubiese sido gratificador.

―Tú nunca tuviste la delicadeza de conocer a Patricio. Siempre lo juzgaste como algo que nunca fue de mí―

―La rabia cegó tu percepción de la realidad― Me contestó al dejar la humeante taza sobre nuestra mesa.

La soledad se enredo mis pies a la tierra como si fuesen las raíces de un pesado árbol. Tenía que escapar de ese lugar. Mi futuro era incierto de todos modos, continuar en ese ambiente infestado no me serviría de nada. Así que salí corriendo sin rumbo alguno; antes de lo esperado me encontraba en la catedral. Te vi a la distancia, no me importó el pleito, corrí hacía ti. Te detuve de la mano, me recibiste con otro golpe de tus finas manos. <<Está bien, me lo merezco>>.
Después de mucho forcejear pude paralizar tu menudo cuerpo para poder besarte. Tus labios trataron de darse a la fuga pero al compartir saliva cedieron ante el encanto sensorial del amor.

―Lo sigues defendiendo; por eso huí sin previo aviso me era imposible dejarte… tenía que ser tajante, no volverte a ver… ―Confesé después de largas horas de pelea, estaba agotado ¡Cómo imaginar qué el primer amor fuera tan profundo!.

Después de esos segundos imborrables alejaste tu ser del mío. Acariciaste mi mejilla latente con tus dedos de hielo.
Me dijiste qué al día siguiente nos veríamos a la salida de la escuela, y te acompañaría hasta la puerta de tu casa.Yo acepté la propuesta; traté de embriagarme de nuevo con el sabor de tus besos, pero tu detuviste mis irrevocables intenciones de destrozarte los labios.
No recuerdo si te despediste de mí; quedé solo entre una multitud de gente. Ahora, debía enfrentarme a la cruel realidad que me esperaba ansiosamente a unas cuadras de ese lugar: la sanción de mi madre.

―¿Tuviste la oportunidad de despedirte y no lo hiciste?―Preguntó Natalia con absoluta seriedad.

―Déjame explicarte… no suena tan descabellado como parece―Contesté apenado.

Estuve en las afueras de mi casa durante horas… era obvio que no me entendería. Pleito de faldas a esas edades, imposible.
Entré cabizbajo y así me mantuve hasta que terminó de gritarme. En media hora no vi más que sus zapatos puntiagudos de tacón, sus medias de satín, el pliegue de la falda.

Estás expulsado, no puedes volver a pisar la escuela. De milagro he conseguido que no retengan tus boletas, dijo durante la cena. En un mes nos mudamos a la capital, mientras tanto, no podrás salir de esta casa.
Pero Mamá… traté de interrumpirla; ¡Nada! Ya ha empezado tu castigo. Vete a dormir. Ahorcándome las ganas de llorar, le pedí tan sólo veinte minutos libres, para despedirme de ti. Fue intolerante ante mi petición.
A lo que le quedaba de la noche la desperdicié observando el techo.

Al alba escuché los ronquidos de mi enfurecida madre; tuve una enloquecida idea, me vestí de prisa; recolecté el poco dinero que tenía ahorrado y salí de mi habitación; recorrí el pasillo como una sigilosa criatura nocturna; me adentré en el cuarto de la bestia para hurtar la llave que me permitiría mi libertad, dejé una carta donde decía que huía a México con mi padre; tiré de todos los candados, y me adentré en la oscura noche para reencontrarme contigo.
Ya no tenía sentido quedarme en Puebla, sino estaba a tu lado.

―Eres un imbécil. Fue un gran error el haberte buscado de nuevo―Repuso la mujer de piel apiñonada tras relatarle el secreto de mi huida. Salió corriendo hacía la catedral.

No tenía otra opción, me era imposible dejarte… Grité mientras ya se le aleja de la cafetería de siempre. Nuestra cafetería de siempre.

Maximiliano salió del lugar sin pagar la cuenta, debía alcanzarla. Decirle que la quería. Qué siempre ha sido un cobarde… la alcanzó junto al templo. Sujetó la mano de su primer amor; ella peleó para deslindarse de sus brazos, fue inútil, le era demasiado fuerte.

Natalia no dejaba de maldecirlo <<Está bien, me lo merezco>> Pensé nuevamente para mis adentros. Gritaba sin parar, hasta que fue víctima del cansancio.
―Perdóname― le dijo entre sollozos el hombre desdichado, como respuesta recibió una fuerte bofetada tras pedir misericordia; el golpe le hizo perder el equilibrio.
Desde el suelo observó cómo esos zapatos de tacón se alejaban de su corazón por última vez.

*

Natalia, en un día de su juventud despertó con una sonrisa en el rostro… apenas y probó bocado. Salió al portón a esperarlo, por fin iría Maximiliano por ella. Pasaron más de horas él no apareció; fúrica caminaste hasta su casa, para enfrentarlo. Tocaste el timbre, pero nadie te respondió. La puerta cedió ante tu primer impulso vengativo.

Años después me comentaron que en el comedor encontraste a mi madre llorando por mi ausencia. Te entregó un papel arrugado. Mientras lo leías, ella seguía derrotada sobre el sillón.
Nos ha dejo solas… dijo con un nudo en la garganta.

Estuve a fuera de tu casa por más de dos horas, indeciso entre tocar la puerta o salir corriendo del lugar. La segunda opción iba más acorde con mi personalidad: <<Cobarde cobarde>> Repetía una voz dentro de mí mientras ascendía al tren que me transportaría a la Ciudad de México.

<<Cobarde, cobarde>>  siguió diciéndome, mi enferma voz hasta la hora de mi muerte.

Nota Musical


Si pudiera ser nota musical y salir de un acordeón… traspasar ventanas, muros y paredes acompañado del ligero viento. Robarme el perfume de las flores y pasearme por las terrazas del Centro, deambular entre transeúntes; elevarme hasta el cielo dejando una estela de mi sencilla armonía mezclada con toques de azar, humo de cigarro bañado en coquetería juvenil.
Flotando como los Dientes de León, a mínima velocidad; con el sigilo de siempre, me dispongo a acompañarte hacía la escuela, la danza, clases de música, el café… hasta llegar a  aquél viejo mustang robado a un padre.
El camino es largo, reposo en tu hombro mientras la avenida se va angostando… mi solitario ritmo resuena entre los árboles que crean un túnel al alrededor.
Te agrada la melodía, aunque yo sólo sea una efímera parte de ella. Sube y baja la intensidad, uno…dos…tres golpes…pausa y retorno al mismo ritmo.

Sigues por la avenida, taradeas mi ser durante unos segundos; fui absorbido como una sutil sustancia que se transmite a través de las venas, erizando la suavidad de tu piel.
Sientes un rozar por la espalda. Alguien te llama. Enfrente de tu rostro, un ramo de flores. Desaparezco con la facilidad con la cual aparecí, el tosco ladrido de un perro rompe la disonancia, el viento me disuelve… me aleja. Siento el empuje de las notas francesas. Por fin, cesa el ladrido.