Lamentos de una ciudad


“La clave aquí, creo, es no pensar en la muerte como un fin, mas bien pensar en ella como un modo muy eficaz de reducir gastos” – Woody Allen.

Nubes grises, no por tormenta sino por contaminación oscurecen el panorama de la población citadina que, día a día, vuelve del trabajo a casa con las mismas frustraciones.
Hemos perdido el control de la vida. Sí, eso es lo que murmura el viento. Es el lamento esparcido por la tierra, culpamos a los pulmones por hacer de la vida un rutina anatómica.
La función respiratoria se roba el control de nuestra vida cada vez que exige una bocanada de oxígeno.
¿En qué consiste la vida si no podemos determinar cuándo escapar de ella? Es imposible definir cuándo vivir si estamos obligados a hacerlo de antemano.

El viento sigue levantando pesares por las avenidas, los repite de oído en oído; por eso nunca estamos satisfechos, por eso formulamos preguntas: algo se busca, algo se encuentra.
Amor. ¿Qué es eso?, se pregunta una mujer después de retorcerse por un escalofrío que ha calado todo su cuerpo.
Inhala una dosis mínima de muerte con retrogusto a nicotina.

¿Realmente vale la pena esforzarse tanto? Salir a bares cada fin de semana; maquillarme una hora sólo para lucir distinta a cómo en realidad soy; esperar en la barra a personas que, en su mayoría no me provocan más que repugne, o en el mejor de los casos, indiferencia.
El tabaco abrasado perfora su garganta de a poco, el dolor la hace sentir un poco menos miserable.

El cielo es naranja, las nubes moradas, los edificios lucen tristes sin iluminación artificial que los alumbran desde adentro.
Los ojos rasgados-café oscuro de la mujer que piensa en amor observan como luciría la ciudad en llamas, envuelta en su propia sombra combustible que asfixiaría los últimos deseos carnales de sus habitantes, las líneas telefónicas y los lamentos ajenos que ingresan al cuerpo con cada resfriado.

A pesar de todo sigo viniendo cada fin de semana a estos tugurios en búsqueda de algo. Dice para sí misma. Algo parecido a las emociones o a las sensaciones. La verdad es que es que ya no puedo distinguir una de la otra.
Creo que estoy enamorada de los bares. De su oscuridad, del barullo, de las figuras distorsionadas a través de las botellas de ron, de los hombres que se sientan en la barra y me invitan tragos malintencionados.
Sí, de todo eso estoy enamorada.

*

El viento se agotó de deambular por las calles principales, por lo que optó a tomar el metro de la ciudad. En los vagones actualiza sus lamentos; al parecer la humanidad es más compleja de lo que parece desde su alzada óptica. No basta con salud, dinero y prosperidad… hay pequeños detalles como el clima, la humedad y los olores que abruman a la población en general.

Odio esta línea. Siempre hay demasiada gente, destila un olor a humedad que me provoca asco.
Otro día más sin volverme millonario.
Sin volverme famoso.
De no escribir versos.
De no pintar mujeres desnudas.
De no hacer nada…
Para mí todo es igual.

La fusión de Oxígeno, Nitrógeno y Argón se sentía aprisionado entre los eslabones de gente. Esa no es la naturaleza del viento, transportarse en vehículos con llantas. Lo sabe, pero el peso de los lamentos es equitativo al de la inactividad ¿Quién dijo que la vida no era agotante? Más para una fuerza con sólo tres elementos químicos que está encargada de reenviar los pensamientos humanos.
Así que salió por la ventanilla, subió por las escaleras eléctricas, perdió la visibilidad unos segundos al encontrarse con la luz solar y se elevó por los aires difundiendo lo que escuchó en el metro.

Divagaba por la ciudad en búsqueda de personas que tuvieran algo que contar. A la distancia percibió a un hombre sentado sobre una banca; descendió unos cuantos metros para observarlo mejor: tenía ojos de perro abandonado, barba crecida y la mirada perdida en las nubes. Sufría frío y gustaba de la melancolía. Enfrente de él descansa un río congelado que le hacía pensar:

A lo mejor nuestra vida está destinada a ser como las estaciones del año.  Hay tiempo para todo, el problema es que cosechamos en época sequía… nuestro reloj biológico está olvidado en un cajón; buscamos amor en tiempos de reflexión, compañía cuando lo viable es estar solo.
Debe de ser eso, no encuentro otra razón viable para tanto sufrimiento alrededor.

¡Dios! Cómo deprime el invierno. Los árboles pelados, los pájaros sin voz. Todo es tan silencioso, tan poco armonioso. Balanceaba los pensamientos como si fuera columpio para sentirse cerca del lago.
Sonará egoísta, miento: es estúpido, pero no me importa, detesto el amor del prójimo; me es infumable ver a una pareja que no se entrega el uno al otro.
Sí, sí, detesto a los que buscan alguien para perder el tiempo, los que no tienen amor en las pupilas, a los que no se sienten mejor personas por el simple hecho de tener a alguien a lado que se vuelva un motor externo.
La brisa del viento lo obliga a cruzar los brazos para calentarse el pecho

Siento envidia de los escurridizos, de los habilidosos, de los débiles, de los no heridos que pueden amar al prójimo sin temor o freno alguno. La nada les basta ¡Resulta que hasta los mustios son capaces de amar!
Ahora bien, ¿Realmente es tan difícil? Amar, maldita obsesión humana.

Es fascinante lo que se puede descubrir de la gente si nos tomáramos el tiempo para descubrirlo.
El viento tomó asiento junto a este joven, redujo su estela para no incomodar al filósofo que,  con los codos sobre las rodillas y las manos tapando su rostro expulsó el epítome de su monólogo:
Es imposible dar lo que no se tiene.

Satisfecho con lo escuchado, el vendaval se elevó entre las nubes. Segundos después se preguntó por que carajos las parvadas que cruzan la ciudad lo habían abandonado.

 *

 —¿Lumbre?— pregunta un hombre con gabardina verde militar a la mujer de ojos rasgados mientras sostiene un cigarro entre el dedo índice y anular.

—Toma—contesta sin mucha afán.

—Es curioso— le habla al lunar del hombro derecho que audazmente se escapa del tirante del vestido—como en estos días ser fumador tiene peor fama que un violador, ¿No es cierto?—

—Puede ser… los moralistas no soportan que sea tan bueno—.

—No me he presentado. Soy Philip—continúa con una bocanada de humo—Disculpa que te diga esto sin mayor preámbulo, pero, sí fuera por mí, estaríamos camino a tu casa para destrozarnos los labios a besos.
—Nunca he sido una persona muy poética; no por falta de interés, más bien por iletrado— repuso asombrado al notar lo torneado de las delgadas piernas de esa mujer con rasgos asiáticos que evitaba verlo a toda costa.

Después de un tiempo en silencio, ella se digno a contestar:

—Es una buena imagen, lástima que no esté en ti la posibilidad de que suceda— contestó con una sonrisa cortada.
—Imagina un mundo en que el no fuera inviable. ¿Qué sería del mundo sin los insatisfechos?  Un reino de anarquía, seguramente—

—Quizá, una orgía perpetua—agregó Phillip buscando la punta de la nariz que se escabulle tras el fleco castaño de ella.

—No seas libidinoso… mejor sigue contando qué pasa entre nosotros; te doy permiso a que me invites una copa—

—¿Estás segura qué quieres volver a ahí?— parló señalando al bar —No puedo platicar cómodamente estando parado—.

Con las manos encadenas y a peso lento cruzaron la avenida, desconfiando del pavimento, de las decisiones recién tomadas.

*

La temperatura va en picada conforme el día se deja derrotar por la noche.
El mensajero de la voz humana busca refugio en un tubo de la calefacción. Necesita calor y una plática más amena, todo el día ha escuchado pesares y lamentos.
 ¿Dónde se esconde la felicidad en estos días días tan lluviosos?

Ingresa a la tubería que se encuentra en la azotea de un edificio venido a menos, desciende por el orificio provocando un chiflido agudo que se le asemeja a las teteras cuando el agua llega al punto de ebullición.
Conforme desciende, se vuelve una finísima capa de polvo que levita en medio de la tubería.
No lo puede saber pero acaba de ingresar al departamento C-303, donde habita una pareja recién casada.
Los dos se encuentran en la sala, un espacio reducido donde de milagro entran dos sillones que están acomodados en forma de ele.
Enfrente de los mismos hay una mesa de centro con vidrio y copas de vino tinto que contrastan con el piso alfombrado color crema.

El marido, antes de tomar asiento abraza el vientre de su esposa. Llega a sus narices el olor de su cabello.

—Te quiero—murmura ella a su oído.

El viento se acerca un paso más para poder entender la escena; se sostiene de la lámpara colgante del techo.

—Yo no—contesta él en tono de broma.

—Ingrato…— acota con una mordida en el lóbulo de la oreja.
Él, haciendo gala de sus clases de karate, desliza la pierna de apoyo de su mujer lo más posible y con la otra le da un ligero puntapié que la hace trompicar.
La detiene milímetros antes de azotar con la alfombra; deja caer su cuerpo sobre el suyo, una vez que está encima de ella trata de besarla pero no encuentra boca.

—Embustero— sentencia la mujer con la respiración agitada.
El tercer novio formal y el décimo en la cuenta total ha levantado con delicadeza sus prendas, concentra sus fosas nasales en el ombligo, provocando que se le erice los poros de piel.

—Rapaz—le contesta entre carcajada y delirio.

Las manos de su hombre dibujan la delicada piel de su amante… se divierte con las caderas fértiles, recorre de a poco en poco lo avellanado de su costado.
Se detiene por un segundo.

—No entiendo por qué sigues encima de mí— repuso en un falso intento por poner resistencia.

Su esposo la libera con lentitud: levanta los brazos y gradualmente el pecho. Faltan las piernas que parecen estar encadenas al piso.
Instantes después arquea la espalda; con un movimiento ágil sujeta los delgados brazos de su mujer.

—Déjame, déjame—

Un beso en los labios desata una guerra montada en el edificio C-303.

—Delincuente…— dice ella entre suspiros.

*

Pudoroso, el viento abandonó la habitación en el momento que las prendas comenzaron a volar. Se había hecho más tarde de lo que pensaba: Dos, tres de la mañana, dijo para sus adentros.

Desde las alturas podía ver el centro financiero merodeando a los barrios populares. Más al fondo hay viejas construcciones afrancesadas, apuntando al norte hay edificios barrocos, y en la zona sur descansan las industrias.
Más que disfrutar el paisaje urbano, goza de la tranquilidad que brinda la noche Dieciocho horas de ruido constante aturden a cualquiera. 

En un momento de lucidez, el viento piensa que deberíamos cargar con letreros preventivos: ¡Peligro, mujer saliendo de ruptura amorosa!, ¡Adolescente en plena formación de carácter!, ¡Pelea marital!, ¡Luto!, ¡Hartazgo!, ¡Insaciedad!, ¡Menstruación! y así dependiendo el caso.

Se sentó en el borde de un edificio, y con misericordia dijo para sus adentros que:
los humanos son una mezcla de  elementos no estables; sería preferible que no divagaran con tanta libertad por las calles…

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