Lamentos de una ciudad


“La clave aquí, creo, es no pensar en la muerte como un fin, mas bien pensar en ella como un modo muy eficaz de reducir gastos” – Woody Allen.

Nubes grises, no por tormenta sino por contaminación oscurecen el panorama de la población citadina que, día a día, vuelve del trabajo a casa con las mismas frustraciones.
Hemos perdido el control de la vida. Sí, eso es lo que murmura el viento. Es el lamento esparcido por la tierra, culpamos a los pulmones por hacer de la vida un rutina anatómica.
La función respiratoria se roba el control de nuestra vida cada vez que exige una bocanada de oxígeno.
¿En qué consiste la vida si no podemos determinar cuándo escapar de ella? Es imposible definir cuándo vivir si estamos obligados a hacerlo de antemano.

El viento sigue levantando pesares por las avenidas, los repite de oído en oído; por eso nunca estamos satisfechos, por eso formulamos preguntas: algo se busca, algo se encuentra.
Amor. ¿Qué es eso?, se pregunta una mujer después de retorcerse por un escalofrío que ha calado todo su cuerpo.
Inhala una dosis mínima de muerte con retrogusto a nicotina.

¿Realmente vale la pena esforzarse tanto? Salir a bares cada fin de semana; maquillarme una hora sólo para lucir distinta a cómo en realidad soy; esperar en la barra a personas que, en su mayoría no me provocan más que repugne, o en el mejor de los casos, indiferencia.
El tabaco abrasado perfora su garganta de a poco, el dolor la hace sentir un poco menos miserable.

El cielo es naranja, las nubes moradas, los edificios lucen tristes sin iluminación artificial que los alumbran desde adentro.
Los ojos rasgados-café oscuro de la mujer que piensa en amor observan como luciría la ciudad en llamas, envuelta en su propia sombra combustible que asfixiaría los últimos deseos carnales de sus habitantes, las líneas telefónicas y los lamentos ajenos que ingresan al cuerpo con cada resfriado.

A pesar de todo sigo viniendo cada fin de semana a estos tugurios en búsqueda de algo. Dice para sí misma. Algo parecido a las emociones o a las sensaciones. La verdad es que es que ya no puedo distinguir una de la otra.
Creo que estoy enamorada de los bares. De su oscuridad, del barullo, de las figuras distorsionadas a través de las botellas de ron, de los hombres que se sientan en la barra y me invitan tragos malintencionados.
Sí, de todo eso estoy enamorada.

*

El viento se agotó de deambular por las calles principales, por lo que optó a tomar el metro de la ciudad. En los vagones actualiza sus lamentos; al parecer la humanidad es más compleja de lo que parece desde su alzada óptica. No basta con salud, dinero y prosperidad… hay pequeños detalles como el clima, la humedad y los olores que abruman a la población en general.

Odio esta línea. Siempre hay demasiada gente, destila un olor a humedad que me provoca asco.
Otro día más sin volverme millonario.
Sin volverme famoso.
De no escribir versos.
De no pintar mujeres desnudas.
De no hacer nada…
Para mí todo es igual.

La fusión de Oxígeno, Nitrógeno y Argón se sentía aprisionado entre los eslabones de gente. Esa no es la naturaleza del viento, transportarse en vehículos con llantas. Lo sabe, pero el peso de los lamentos es equitativo al de la inactividad ¿Quién dijo que la vida no era agotante? Más para una fuerza con sólo tres elementos químicos que está encargada de reenviar los pensamientos humanos.
Así que salió por la ventanilla, subió por las escaleras eléctricas, perdió la visibilidad unos segundos al encontrarse con la luz solar y se elevó por los aires difundiendo lo que escuchó en el metro.

Divagaba por la ciudad en búsqueda de personas que tuvieran algo que contar. A la distancia percibió a un hombre sentado sobre una banca; descendió unos cuantos metros para observarlo mejor: tenía ojos de perro abandonado, barba crecida y la mirada perdida en las nubes. Sufría frío y gustaba de la melancolía. Enfrente de él descansa un río congelado que le hacía pensar:

A lo mejor nuestra vida está destinada a ser como las estaciones del año.  Hay tiempo para todo, el problema es que cosechamos en época sequía… nuestro reloj biológico está olvidado en un cajón; buscamos amor en tiempos de reflexión, compañía cuando lo viable es estar solo.
Debe de ser eso, no encuentro otra razón viable para tanto sufrimiento alrededor.

¡Dios! Cómo deprime el invierno. Los árboles pelados, los pájaros sin voz. Todo es tan silencioso, tan poco armonioso. Balanceaba los pensamientos como si fuera columpio para sentirse cerca del lago.
Sonará egoísta, miento: es estúpido, pero no me importa, detesto el amor del prójimo; me es infumable ver a una pareja que no se entrega el uno al otro.
Sí, sí, detesto a los que buscan alguien para perder el tiempo, los que no tienen amor en las pupilas, a los que no se sienten mejor personas por el simple hecho de tener a alguien a lado que se vuelva un motor externo.
La brisa del viento lo obliga a cruzar los brazos para calentarse el pecho

Siento envidia de los escurridizos, de los habilidosos, de los débiles, de los no heridos que pueden amar al prójimo sin temor o freno alguno. La nada les basta ¡Resulta que hasta los mustios son capaces de amar!
Ahora bien, ¿Realmente es tan difícil? Amar, maldita obsesión humana.

Es fascinante lo que se puede descubrir de la gente si nos tomáramos el tiempo para descubrirlo.
El viento tomó asiento junto a este joven, redujo su estela para no incomodar al filósofo que,  con los codos sobre las rodillas y las manos tapando su rostro expulsó el epítome de su monólogo:
Es imposible dar lo que no se tiene.

Satisfecho con lo escuchado, el vendaval se elevó entre las nubes. Segundos después se preguntó por que carajos las parvadas que cruzan la ciudad lo habían abandonado.

 *

 —¿Lumbre?— pregunta un hombre con gabardina verde militar a la mujer de ojos rasgados mientras sostiene un cigarro entre el dedo índice y anular.

—Toma—contesta sin mucha afán.

—Es curioso— le habla al lunar del hombro derecho que audazmente se escapa del tirante del vestido—como en estos días ser fumador tiene peor fama que un violador, ¿No es cierto?—

—Puede ser… los moralistas no soportan que sea tan bueno—.

—No me he presentado. Soy Philip—continúa con una bocanada de humo—Disculpa que te diga esto sin mayor preámbulo, pero, sí fuera por mí, estaríamos camino a tu casa para destrozarnos los labios a besos.
—Nunca he sido una persona muy poética; no por falta de interés, más bien por iletrado— repuso asombrado al notar lo torneado de las delgadas piernas de esa mujer con rasgos asiáticos que evitaba verlo a toda costa.

Después de un tiempo en silencio, ella se digno a contestar:

—Es una buena imagen, lástima que no esté en ti la posibilidad de que suceda— contestó con una sonrisa cortada.
—Imagina un mundo en que el no fuera inviable. ¿Qué sería del mundo sin los insatisfechos?  Un reino de anarquía, seguramente—

—Quizá, una orgía perpetua—agregó Phillip buscando la punta de la nariz que se escabulle tras el fleco castaño de ella.

—No seas libidinoso… mejor sigue contando qué pasa entre nosotros; te doy permiso a que me invites una copa—

—¿Estás segura qué quieres volver a ahí?— parló señalando al bar —No puedo platicar cómodamente estando parado—.

Con las manos encadenas y a peso lento cruzaron la avenida, desconfiando del pavimento, de las decisiones recién tomadas.

*

La temperatura va en picada conforme el día se deja derrotar por la noche.
El mensajero de la voz humana busca refugio en un tubo de la calefacción. Necesita calor y una plática más amena, todo el día ha escuchado pesares y lamentos.
 ¿Dónde se esconde la felicidad en estos días días tan lluviosos?

Ingresa a la tubería que se encuentra en la azotea de un edificio venido a menos, desciende por el orificio provocando un chiflido agudo que se le asemeja a las teteras cuando el agua llega al punto de ebullición.
Conforme desciende, se vuelve una finísima capa de polvo que levita en medio de la tubería.
No lo puede saber pero acaba de ingresar al departamento C-303, donde habita una pareja recién casada.
Los dos se encuentran en la sala, un espacio reducido donde de milagro entran dos sillones que están acomodados en forma de ele.
Enfrente de los mismos hay una mesa de centro con vidrio y copas de vino tinto que contrastan con el piso alfombrado color crema.

El marido, antes de tomar asiento abraza el vientre de su esposa. Llega a sus narices el olor de su cabello.

—Te quiero—murmura ella a su oído.

El viento se acerca un paso más para poder entender la escena; se sostiene de la lámpara colgante del techo.

—Yo no—contesta él en tono de broma.

—Ingrato…— acota con una mordida en el lóbulo de la oreja.
Él, haciendo gala de sus clases de karate, desliza la pierna de apoyo de su mujer lo más posible y con la otra le da un ligero puntapié que la hace trompicar.
La detiene milímetros antes de azotar con la alfombra; deja caer su cuerpo sobre el suyo, una vez que está encima de ella trata de besarla pero no encuentra boca.

—Embustero— sentencia la mujer con la respiración agitada.
El tercer novio formal y el décimo en la cuenta total ha levantado con delicadeza sus prendas, concentra sus fosas nasales en el ombligo, provocando que se le erice los poros de piel.

—Rapaz—le contesta entre carcajada y delirio.

Las manos de su hombre dibujan la delicada piel de su amante… se divierte con las caderas fértiles, recorre de a poco en poco lo avellanado de su costado.
Se detiene por un segundo.

—No entiendo por qué sigues encima de mí— repuso en un falso intento por poner resistencia.

Su esposo la libera con lentitud: levanta los brazos y gradualmente el pecho. Faltan las piernas que parecen estar encadenas al piso.
Instantes después arquea la espalda; con un movimiento ágil sujeta los delgados brazos de su mujer.

—Déjame, déjame—

Un beso en los labios desata una guerra montada en el edificio C-303.

—Delincuente…— dice ella entre suspiros.

*

Pudoroso, el viento abandonó la habitación en el momento que las prendas comenzaron a volar. Se había hecho más tarde de lo que pensaba: Dos, tres de la mañana, dijo para sus adentros.

Desde las alturas podía ver el centro financiero merodeando a los barrios populares. Más al fondo hay viejas construcciones afrancesadas, apuntando al norte hay edificios barrocos, y en la zona sur descansan las industrias.
Más que disfrutar el paisaje urbano, goza de la tranquilidad que brinda la noche Dieciocho horas de ruido constante aturden a cualquiera. 

En un momento de lucidez, el viento piensa que deberíamos cargar con letreros preventivos: ¡Peligro, mujer saliendo de ruptura amorosa!, ¡Adolescente en plena formación de carácter!, ¡Pelea marital!, ¡Luto!, ¡Hartazgo!, ¡Insaciedad!, ¡Menstruación! y así dependiendo el caso.

Se sentó en el borde de un edificio, y con misericordia dijo para sus adentros que:
los humanos son una mezcla de  elementos no estables; sería preferible que no divagaran con tanta libertad por las calles…

 Crédito: http://bit.ly/y8jx6Q

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Una buena mujer


“Fue sin pretensiones de amor ni ser amada, aunque siempre con la esperanza de encontrar algo que fuera cómo el amor, pero sin los problemas del amor”-Gabriel García Márquez

*

“No podrías estar con una buena mujer, Penella” manifestó mientras los cubos de hielo aterrizaban en sus labios finos.

“Simplemente, no. No es tu estilo”.

Únicamente el largo de la mesa cuadrada los distanciaba. Sin embargo desde su periquera podía aspirar el amor amor de Cacharel que se desprendía tranquilamente de su piel blanca y aterciopelada.

“Por qué… no lo entiendo” dijo el joven que agudizaba su pensamiento para romper sus propios paradigmas.

“No lo sé, simplemente eres así” las palabras salieron entre una humarada de tabaco. Conforme pasaba el tiempo los vasos se acoplaban en la mesa. El mal servicio traía nuevos elixires dejando los envases vacíos como trofeos de glorias pasadas.

“Además de tu mal gusto, sigue siendo evidente que no has podido encerrar tu afán aventurero…” Penella suspiró, escuchar sus propias desgracias proviniendo de una boca tan exquisita era un ritual masoquista; sentía un deseo irresistible de apartarse de aquél lugar y dejar a la mujer hablando sola, pero, alejarse daría paso a todas las aves de rapiña que voltean a ver sigilosamente a su compañía.

La mujer seguía con su discurso. Siempre han tenido problemas para economizar lenguaje, sobre todo cuando es mejor no emitir sonido alguno; seguramente citaba sus malas decisiones, la facilidad con que se dejaba destruir y cómo a pesar de todo mantenía absurdas esperanzas hacía el amor.

“(…) eres como un hombre de otro siglo”. Sentenció orgullosamente, cómo si esas palabras fueron el remate de una novela bien trabajada. Las demás palabras no llegaron a sus oídos. seguía pensando si necesitaba mujeres o la simple ilusión del amor lo podía entretener hasta el fin de sus días.

Musicalmente la atmósfera cambió radicalmente de los Eagles a una banda en vivo que lo hacía realmente mal. Tipos frustrados que tienen la osadía de destruir clásicos, no es que necesariamente sean buenos, simplemente el oído se acostumbra a la versión original.

“No sé porque sigo viéndote, siempre acabamos en lo mismo. Tus opiniones críticas complementan tu egolatría”. Después de diez minutos Penella tuvo el atrevimiento de contestar.

“Regálame otro trago si quieres que te siga soportando” agregó.

“Pide lo que quieras. Dame dos segundos” Dijo Ella mientras se paraba de su lugar, sujetó su bolso y con la elegancia de una modelo se adentró en las puertas corredizas.

Penella siguió su caminar hacía el tocador; mientras la veía pasar recordó porqué no debía enamorarse: orgullosa, tormentosa, bella e interesada.
“Casi una mujer perfecta para mí” pensó. 

*

“Inepto, no has pedido nada. Si voy a pagar tu borrachera tan siquiera que sea con algo que me guste”. Encargó al mesero dos martinis mientras arreglaba la falda para poderse sentar.

“Te decía, no es que te esfuerces de más sino que eres terco. Si una idea te entra en la mente la explotas hasta su última potencia”. No le gustó el resultado de la frase y se mantuvo estoica por unos instantes. Mientras tanto, Penella esperaba su trago. Tenía sed.
Ella lo veía poco, ya se conocían, no hay necesidad de retener la mirada ante los viejos conocidos. Los dos reconocen la verdad de la mentira por las vibraciones en la voz.

Desde el micrófono el vocalista daba gracias al país entero ¡Cómo si toda la población tuviera la desfachatez de viajar para semejante espectáculo!.
Penella hacía retumbar los dedos sobre la mesa con rapidez. Vio sus dedos eran largos y delgados, cliché de pianista.

“Si una idea entra en tu mente la explotas hasta la última instancia -sonrió ante su corrección-. Antes de continuar llegaron los tragos. Él agradecido dio el primer trago.

“Otra cosa” dijeron los labios afinados.

“¿Te has dado cuenta que utilizas muletillas antes de empezar a hablar?.” Contestó él copa en mano.
Ella vestía una falda a arriba de la rodilla con cinturón incluido; pasando su esculpida cintura una camisa de tirantes color blanca complementaba el conjunto.

“Ehm… da igual. No trates de distraerme, Penella.” Sonrió y mostró su dentadura blanca, alineada, contrastante, simulante de marfil.
“Tú problema es que vives fascinado por la intensidad del amor, por eso mismo eres incapaz de ser ser correspondido” dijo la torneada mujer. “Es imposible enamorarse de ti porque tú no amas a las pésimas mujeres con las que tienes el infortunio de salir sino que te enamoras del amor mismo”. Sentenció.
Su acompañante ya no escuchaba, más bien se concentraba en su escote.

Me podría casar con Ella ¡No ahorita, claro! En unos veinte años. Sí, sí. Yo de cincuenta y cinco. Podría compartir el piso; es tan orgullosa que compartiría la renta. siempre elimina cualquier nudo que atente contra su libertad.” pensaba Penella acercando la copa vacía a su boca.
Mala costumbre esa de beber, una vez que se empieza cuesta trabajo detenerla.

“Todas las que te he conocido están locas, medio zorpilas. (término de definición hasta ahora desconocida, utilice el adjetivo ofensivo que prefiera querido lector) En fin, cuando una se va llega otra peor que la anterior”. Decía Ella.

“Necesito una buena mujer, más de lo que necesito de una máquina de escribir; necesito tanto una buena mujer que puedo saborearla en el aire, puedo sentirla en la punta de mis dedos, puedo ver veredas construidas para que sus pies caminen sobre ellos”. Estaba tan exhorto en sus pensamientos que, involuntariamente movió la cabeza hacía la derecha; del techo colgaba una mujer de luz león verde, en la boca detenía una botella de cerveza. Se preguntó si su acompañante que no paraba de hablar sin ropas tendría la misma anatomía.

“Tu problema con las mujeres es que las buscas bellas y se sienten culpables por serlo; por eso andan repatriando su atributos por doquier.
He de aceptar que de las últimas que me has comentado no han estado tan mal; son más ingenuas que tontas… no te entiendo del todo ¿Eres ciego o cobarde?”

Si le digo que la amo ¿Qué pasaría? Total, el “no” ya lo tengo en la bolsa…”

Así es, aunque finjas no escucharme sabes que es cierto: la línea entre el amor y el capricho se difumina en cada andar” dijo entre carcajadas. Al pensar el comentario un halo de tristeza apareció en sus ojos, por un instante se vio reflejada en la misma situación.

Un silencio incómodo nació en la mesa. Al menos para Ella porqué Penella y sus oídos medio sordos de milagro escuchaba lo que decían. Toda su atención se centraba en sus labios.

Y si me atrevo a besarla. Siempre he querido recibir una bofetada de rencor femenino. De seguro ni duelen, después del beso de una chica guapa nada puede salir mal”. Una voz en su interior le decía que era mala idea.

Necesitas una buena mujer; de esas pocas que tienen instinto maternal. Acéptalo eres como un niño, te tienen que atar, poner cuerdo…”

Escucha… sé que parece una locura” empezó a decir con lengua corrediza Penella. “Olvídalo no tiene sentido; me vino a la mente tu historial de amantes y se me revolvieron las tripas”.

Volvieron a resonar los discos en lugar. Los habitantes del bar ya han perdido interés por la mujer de la mesa del centro; el bartender comenzaba a pedir propina para servir tragos, se vislumbraba la media noche en todo su esplendor.
La mente de Penella trataba de bloquear el habla. Quizá por eso no se le entendía bien,  o sería la bebida. Sabrá dios.

“¿Has releído alguna de tus obras?” preguntó Ella. “Deberías hacerlo, te sorprendería la mutación de tus futuros personajes. A lo mejor, algún día, podrás escribir una historia de amor con final feliz”.

“Creo que nadie ha leído mis obras, fuera del minúsculo grupo de amistades que he podido mantener a través de los años. Los finales felices solo sirven en el albur. El estar enamorado ofusca el pensamiento, aleja a la claridad… nunca he podido escribir durante una relación; por eso no tengo “finales felices”. Contestó Penella malhumorado.

“Necesito una buena mujer más de lo que necesito escribir”. Dijo para sus adentros.
“¿Dices tú que necesito una buena mujer?” aseveró Penella con voz entrecortada. Los ojos le pesaban; llevaba demasiadas horas sentad; temía del viento; había bebido en exceso. Dicen que la oxigenación después de tres tragos nunca es buena…

Abrupto en sus pensamientos Penella acabó clavado en la silla, Ella le dijo que tuviera paciencia, que no debía tomarse todo tan en serio… que, a veces, el amor es un juego cruel inventado por los niños para hacerse daño, entre otras muchas otras cosas que le subieron artificialmente el ánimo. Quiso corresponder ante tanto cumplido pero no pudo, sólo pensaba en lo amargo de su soledad y lo bien que le caería un beso antes del amanecer.

“No te olvides de los amigos” Dijo Ella hora atrás… cómo era su costumbre pagó la mitad de la cuenta. “Orgullosa, haces cualquiera cosa para sentirte libre”.
!Ah, los amigos! Siempre que se necesitan, decepcionan!” alcanzó a decirle antes de la huida.

Con tedio el mesero se acercó hasta su lugar; tomó la billetera que simulaba piel y exigió la mitad restante. Una vez depositados los billetes preguntó si se le ofrecía algo más. Rechazó la solicitud meneando de lado a lado el dedo índice.
Las luces del lugar se fueron atenuando de poco en poco. El último cliente del bar tomó su abrigo y abandonó la periquera metálica.
Sin mala intención deseo la muerte del mesero que ya volteaba las únicas dos sillas que no estaban sobre las mesas.
Le suplicó que cerrara la puerta al salir.

Penella por primera vez sintió el peso de sus treinta y cinco años en la espalda… al abrir la puerta los rayos del sol iluminaron su camino. La luz cegó sus ojos; con determinación dio un paso al frente, estrelló con vigor la suela del zapato al asfalto. Se sintió como un niño que comenzaba a caminar: mucho esfuerzo y poca técnica.
Abandonó el lugar con una nuevo boceto que convertir en historia, y dijo para sí mismo en voz alta:

“Sé que existes buena mujer”
“Sé que existes”.

El arte del engaño


“Quiénes eran más libres: los que se van aceptando su derrota, o los que insisten en quedarse para ser vencidos?”– Andrés Neuman.

Martes seis y media de la mañana, brinca el despertador con singular alegría. Debe de ser el único objeto capaz de alegrarse de la luminosidad proveniente del sol. Había sido una noche intensa, de pocas palabras. El estable matrimonio entre Sofía y Fernando se mantiene unido gracias a las numerosas aventuras que mantienen los implicados a sus espaldas.
Ayer, los dos pernoctaron tarde entre el olor al coñac y los besos culposos. Llovía con intensidad; ninguno de los dos cerró el ojo por miedo al reproche ajeno. Desde siempre los dos han tenido un carácter fuerte, era mejor no despertar a la bestia.

Trataban de evitar la siguiente discusión:

—¿Por qué has llegado tan tarde? ¿De quién es el perfume que se impregna a éstas sábanas? ¿Por qué tienes los labios destrozados?— Todo estas ideas consumadas en el lecho conyugal parecen un laberinto interminable para encontrar la distinción que existen entre el romance y la pasión.

El campaneo del despertador seguía replicando. Diez minutos después de lo estipulado Sofía decide tomar un baño. Sus ojos descansaron al sentir el vapor del agua, mientras enjabonaba su ligero cuerpo recordó las caricias de ayer. Inevitablemente sonrío ante el placer que produce la mentira.

Todas las mujeres, inclusive las casadas; siempre procuran tener una opción de más, se ven dictaminadas por un instinto de protección: no deben quedar perdidas en medio de la deriva ¿Son víctimas de la imposición monogámica que limita su dulce y coqueto temperamento, o tan sólo le tienen pánico a la soledad?

Sofía desde la infancia había soñado con casarse y tener una familia, idea póstuma de feminidad y cuentos de princesas; hallar el amor, vivir de el, para el, y, al final, morir de forma sincronizada en los brazos del otro.
Conforme los años transcurrieron aquella idea fue perdiendo su vigor. Los estereotipos sociales van formando arrogancia y desagrado. De qué le sirve la honradez y el pudor en un mundo plagado de despilfarre.

Conoció a Fernando en alguna reunión, tras encontrar a varios amigos en común comenzaron a salir constantemente. Llegó el momento en que, para ella no había otros hombres; sólo aquél con ojos profundos que denotaban una inteligencia superior. En su trato hallaba una corteza de agresividad al hablar, su temperamento se fue edulcorando conforme las situaciones le fueran permitiendo ser el mismo.
Su delgada boca, al igual que las demás facciones, le daba un aire de solitario intelectual.

“Era un hombre de otra época. Sino lo conociera diría que toca el piano por horas y vive encerrado entre la fantasía de personajes de tinta, en vez de hacerse partícipe de las suyas mismas”. Decía para sus adentros Sofía.

Aquella forma distante escupía comentarios desatinados que fungían de la rebeldía juvenil hacía lo establecido. En esas épocas estudiaba derecho -cargaba contra el sistema y el capitalismo- como lo hacíamos todos en esos calurosos años en que el África comenzaba a escribir su propia historia.

No necesitaron de más, después de un romance de dos años pidió su mano el día que cumplía años. La propuesta tuvo efectos frenéticos entre los invitados. Tras un beso sellaron el matrimonio, al año y medio comenzaban una vida adúltera porque el sueño infantil había cesado. No entendieron que el amor madura: que no es necesario estar juntos, ni mucho menos encima del otro para entender el cariño que radiaba entre las personas.
De la misma forma, Fernando en compañía de sus amigos, encontraba en los burdeles cuerpos más ágiles y complacientes que los que habitaban en la calle de Villa Lorena, donde vivían con gastos reducidos, él y su adorada esposa.

Después de adorarse, deleitarse con infinidad de helados, y pasar del sillón al piso y del piso a la cama, llegó el momento en que la caricia fue sistematizada, los versos repetidos y las risas cerca del oído empezaron a ser fingidas.

El tiempo en pareja se fue reduciendo dejando demasiado tiempo a la imaginación. Al quitarse las manos de encima, comenzaron a desear otros cuerpos. Es válido. El alma necesita pocas cosas, el cuerpo muchas.

*

Desde una mirada ajena comprendieron el encanto del adulterio; cayeron en la tentación del engaño. Su relación empezó a tejarse en medio de verdades a medio saberse, inventaban eventos sociales para exculparse de la necesidad de estar juntos  hasta que el reencuentro fuera inevitable.

Por otra parte, la prudencia no era partidaria de ninguno de los dos bandos. Había llamadas telefónicas, cargos altísimos las tarjetas de crédito en lugares sospechosos, muchas peripecias que tenían causa explicable pero preferían callar para no tener que solucionar la situación que los denigraba por dentro.

En un medio tan activo como el legalista, Sofía conoció a mucha gente: alguno de ellos eran hombres, mejor aún: solteros, también casados y demás variaciones.
De forma indeliberada sus instintos demostraban más de lo que quería, y a través de su cautivadora mirada, salieron a flote sus recónditas intenciones en medio de cócteles empresariales. En los cuales relucía su belleza natural, nunca necesitó maquillaje, pero al usarlo aumentaba la vitalidad de su rostro; resaltaban los matices castaños de sus ojos con un poco de sombras, sus pálidas mejillas ganaban inocencia al ser chapeadas con polvos.

Le fue tan fácil volver a la coquetería juvenil. Tan sólo bastaba levantar el rostro y mantener la mirada para perforar las barreras masculinas. Seducirlos poco a poco, hasta llegar a los cuartos de hotel que sirven como refugio hacía la vitalidad sexual que poco a poco se le escapaba de las manos a su todavía querido Fernando.

La resaca moral era insoportable, después de retirar el maquillaje se acostaba en la cama y comenzaba a llorar de forma desconsolable. Dónde quedó la vitalidad de su amor, la confianza entre los dos. ¿Acaso el amor muere en el matrimonio, o maduró enfrente de ellos y no se pudieron acoplar a los cambios?

Minutos después su esposo arribó a casa. La saludó con indiferencia; se dieron un rutinario beso en los labios. Sofía se aventó a sus brazos, sintió el deseo ardiente de sentirlo cerca de nuevo, recordar sus poesías juveniles y la llama intensa que habitaba en su pecho.

Fernando, exaltado ante la calurosa reacción dijo:

—Ahora, tú ¿Qué te traes?—

—Nada—Contestó su mujer con pena.

Me muero de hambre. Preparamos la cena o pedimos algo; no sé, la verdad no tengo hambre. Le contestaron desde el interior del baño, del cuál no salió en horas.

Fernando ahuyento a su mujer porque desprendía un olor ajeno. Había encontrado a una despistada que le fascinaba. Trabajaba en una esquina olvidada de la ciudad. Era un bar abandonado de puertas enormes. Sus paredes estaban deslavadas por los carteles de conciertos ya sucedidos.

Ahí jugaban él y sus amigos dominó todos los miércoles, el alcohol era barato. No se encontrarían a nadie ahí, tan sólo al enfermizo sujeto que se mantenía en la esquina de siempre. Veía con ojos enfermizos a la muchacha que bailaba, era hermosa pero no lo suficiente como para mantener un asiento reservado.

Nunca supe su nombre, pero aparecía en nuestra mesa en el momento en que el vodka evaporaba sus últimas gotas.Ya era rutina regalarle un trago, tomaba asiento en medio del sofá. Y comenzaba a tocarnos por debajo de la mesa. No todos compraban caricias, bueno, no todos el mismo día.

La plática era absurda, chistes de mal gusto. Ella fingía la risa mientras espiaba al visitante perpetuo al que le dábamos la espalda.
Jamás lo vi entrar al salón oculto entre la barra y los inodoros, ahí era donde el placer nos esperaba por una cantidad no tan despreciable de dinero.
¡Ah el amor tan comprado, tan satisfactorio y vacío!

Fernando sentía pena del trato hacía aquella mujer. “Al menos tiene una clientela limitada, no andaba ofreciendo como puta en cualquier esquina”. Comentaban entre risas a sus acompañantes.

De tantos lugares idénticos donde corre el alcohol y la pasión, los dos se establecieron en aquél lugar, unos a jugar dominó, para después, alegrarse con servicios pasionales. El otro infeliz se había enamorado de alguien que no tiene permitido amar.
Debía ser la iluminación. Aquél efecto en que el tiempo no pasa provoca que las penas paulatinamente se vayan ahogado entre copas.

No pasaban diez minutos sin que alguno de los dos dijera una majadería. Todos estallaban en risas, mientras tanto, el hombre de la esquina nos perforaba con la mirada.

Involuntariamente siempre acaba sentado frente a él. Nunca cruzamos palabra, a lo mucho levanté la copa en señal de brindis. Él, sorprendido contestó el gesto, aquella mujer de ensanchadas caderas se acercó al ingrato, aventó el whisky con desdén y partió hacía nuestra mesa, donde fue recibida entre besos y roces pretenciosos de mi parte.

Llevaba años sin tocar a Sofía y por Dios, aquella mujer tenía cierto encanto. Aunque cerrará los ojos al sentir mi mano fría pasar entre sus piernas, después terminamos exhaustos en la cama oculta del lugar.

La bailarina me decía:

—¿Eres casado?— Tuve que afirmarlo.

Entre risas me contestó:

—Eres un infeliz, yo ya no puedo mirar a los hombres sin sentir algo de repulsión.
Pero me gustaría estar casada, debe de ser difícil, pero vivir entre amoríos debe de ser insoportable para conciliar el sueño. ¿No pelan por esto, o huyen de la realidad como si ninguno de los dos tuvieran una vida adúltera? Ni siquiera disfruto el sexo contigo, tan sólo anhelo llegar a mi casa y descansar con la consciencia tranquila. Los sueños son mi único refugio, la realidad me atormenta. Inclusive, a veces me causo repulsión.
Pero tú, tan joven y apuesto viniendo a este lugar olvidado por Dios para satisfacerte, ¿No piensas en tu mujer?—

El tema comenzaba a molestarme. Qué iba a saber una ramera de amor, me decía para mis adentros. Estaba listo para el segundo round.
La mujer se estiró para alcanzar su vestido. Con sutileza acaricié sus senos y la besé; un instante después alejó sus labios de los míos.

La recosté sobre la cabecera y palpé sus encantos. Cerré los ojos mientras imaginaba a la Sofía de la Facultad, aquella que me amaba con pasión. La que recitaba a Benedetti, me decía que me quería por que éramos pueblo, que si me quería era porque era su amor, su cómplice y todo, y en la calle codo a codo éramos mucho más que dos.

Mantuve los ojos cerrados, me encontré entre caricias desviadas por la lujuria. Recordaba el color miel de sus ojos y el brillo de su piel desnuda cuando le adoraba el sol.
¿Por qué Sofía ya no está junto a mí? Porqué acabe en este estado de desasosiego.

Sofí… te extraño, te necesito.

Entre sudor y lágrimas terminó de complacerme, habíamos pasado media hora hablando. Ella de la melancolía que acompañaba a la soledad, yo, de la rutina y el amor. Al salir, lo primero que escuché fueron los gritos de alarido de mi manada, bajé la cabeza. Me sentí apenado y sucio por mis actos.
Ingerí de un trago mi Vodka Tonic, y salí del lugar. Me topé con un parque en el cual me dispuse a pasar la noche. No me podía presentar después de lo ocurrido ¿Cómo enfrentar la mirada de sus pequeños ojos, después de saciarme con alguien más?

Durante la noche cayó una helada, Fernando volvió al bar del cuál no saldría hasta que el sol no derritiera al frío de su corazón.
Siguió platicando con la Ramera. Le invitó más copas de las prudentes. Citó a Benedetti a los cuatro vientos; el hombre de la esquina me vio con compasión. Me invitó la cuenta, antes de salir. Comentó:

—En éste feliz la gente ya no puede ser feliz, ya no tenemos el permiso de serlo; el amor mató nuestras ilusiones—

Me deseo suerte y le contesté que lo que fuera sería bueno. Azotó la puerta detrás de él, yo seguí contando mi historia amorosa.

Después de tanto años comprendí que seguía amando a Sofía; siempre lo haré, porque tiene facciones finas y labios delgados, mirada profunda, y un corazón candente.
Fernando vio hacía el pasado y no comprendió lo que les había sucedido. Tenían las piezas para ser felices pero no pudieron armar el rompecabezas.

*

—Por Dios, tan sólo déjala. Acepto que soy bella, pero tu esposa merece más— respondía la bailarina, no paró de elogiarse en toda la noche.
Entre trago y trago mi memoria comienza a fallar, se aleja Sofía de mí, y la Ramera me consume…  es como un espectro intermitente, viene y va. La Sucia Prostituta, aquella que no puedo dejar, porque mi corazón no le ama.

“Sofí… si la vida fuera justa no te dejaría en los brazos de alguien más, pero quién soy yo para pedirte amor y fidelidad si yo mismo he caído en la tentación de otra mujer. Una indecente que gana más dinero que nosotros juntos..
Si mi amor fuera tan casto cómo mis acciones, te pudiera hacer feliz, pero soy tan basura que no puedo estar con alguien sin hacerme daño. Y, por consecuencia hacerte daño a ti”.

El noviazgo es fácil, el matrimonio es una rutina de resistencia.Sguieron bebiendo toda la noche.

Desde la perspectiva que he planteado. El engañar a los demás parece una aventura, algo que merece la pena ser contado. Pues, no es así, mientras uno disfruta el otro sufre hasta morir !Oh el amor! Tan cruel y tan encantador, sólo es una ilusión. Pero, sino fuera por ella, el mundo sería un mundo tan desagradable que sería el primero en dejarlo.

El sentimiento de culpa se va perdiendo conforme el engaño se vuelve rutina. Es menester arrastrar aquél dolor fuera del alma para volver al rodeo de la vida con falsas ilusiones. A sonreírle al mundo y mostrar lo que uno no es.
En cada amanecer se volteaban a ver a los ojos. No sentían pena ni eran desdichados, tomaron ese camino por disposición propia; la senda del amor les encaminó a curvas peligrosas. Ya sean de bailarinas o de hombres exitosos, siguieron el camino dejando atrás a los recuerdos, caminaban sobre la avenida de la Soledad.

Tras la aventura, Sofí salió del hotel y paró a un taxi, le preguntó:

—¿A Dónde le llevo?— Le decía con poca emotividad.

—A la soledad,

—Disculpe— Contestó por sorpresa.

—A la calle  Villa Lorena—

Lo que el amor tiene de bello, el adulterio lo tiene excitante.

El automóvil comenzó a avanzar, el viento movía el cabello de Sofía mientras una lágrima se desprendía de sus párpados. Comenzaba a saborear el exquisito sabor de la culpa.
Volvemos a su hogar, ahí comenzó a llorar, como siempre, recordó su juventud y como ingenuamente pensaba que amaría a ese hombre toda la vida. Él no se encontraba en casa.

Sofía arrastraba una estela de dolor que llegaba hasta su cama, La encontró intacta, a menos que fuera una mala noche ninguno de los dos dormía ahí, se impregnaban de recuerdos que causaban pesadillas.
Ríos de lágrimas embocan desde el colchón, la tentación de unos labios ajenos venció a los mieles del amor.

Instantes después apareció Fernando con la camisa doblada hasta los codos. Su corbata daba vergüenza, el saco se detenía de su hombro.
Instintivamente, Sofía brincó a su cuello, buscó sus labios… decirle sin palabras que lo quería, que le perdonará.

Al sentir el impacto de su mujer, Fernando brincó para atrás, de sus ropajes se desprendía el dulce olor a culpa. Había bebido de más, se sintió incómodo y dejó hablar a la boca por si sola.

—Ahora, tú ¿Qué te traes?—

—Nada—Contestó su mujer con pena.

El ruido sonoro proveniente del baño derrumbó al amor. Milenios después se dignó a salir de el. La vio arreglada, como si fueran de fiesta. He pedido comida italiana para cenar.
Fernando no entendía porque tantas atenciones, Sofía rogaba por un trato más digno.

Bajaron las luces hasta que ninguno de los dos pudiera verse los rostros, tan sólo una moribunda vela iluminaba al comedor. Así, perdidos en la oscuridad, les fue más fácil platicar… el negro de la noche ocultaba los nervios.

Después de la segunda botella de vino, Sofía tomó la pierna de su amado y se acercó peligrosamente a sus labios.
Fernando se alejó; todavía no entiende el porque, sería miedo, el disgusto, su interminable carga culposa. También culpó a su olor alcohólico y por la debilidad del temperamento al haber aceptado estar con la Ramera.

Sofía salió con elegancia de la sala. Dejó la puerta emparejada, se introdujo en las sábanas y juró no despertar… ninguno de los dos soportaba la mezquindad del adulterio por más tiempo. Meses después firmaron el divorcio

“Los que aman sólo una vez en su vida son realmente superficiales. Lo que llaman constancia y fidelidad podía llamarse letargia de la costumbre o falta de imaginación”. Después de esta frase de Oscar Wilde, Sofía cerró el libro y durmió en su nuevo departamento como hace años no lo conseguía, en paz…