Lamentos de una ciudad


“La clave aquí, creo, es no pensar en la muerte como un fin, mas bien pensar en ella como un modo muy eficaz de reducir gastos” – Woody Allen.

Nubes grises, no por tormenta sino por contaminación oscurecen el panorama de la población citadina que, día a día, vuelve del trabajo a casa con las mismas frustraciones.
Hemos perdido el control de la vida. Sí, eso es lo que murmura el viento. Es el lamento esparcido por la tierra, culpamos a los pulmones por hacer de la vida un rutina anatómica.
La función respiratoria se roba el control de nuestra vida cada vez que exige una bocanada de oxígeno.
¿En qué consiste la vida si no podemos determinar cuándo escapar de ella? Es imposible definir cuándo vivir si estamos obligados a hacerlo de antemano.

El viento sigue levantando pesares por las avenidas, los repite de oído en oído; por eso nunca estamos satisfechos, por eso formulamos preguntas: algo se busca, algo se encuentra.
Amor. ¿Qué es eso?, se pregunta una mujer después de retorcerse por un escalofrío que ha calado todo su cuerpo.
Inhala una dosis mínima de muerte con retrogusto a nicotina.

¿Realmente vale la pena esforzarse tanto? Salir a bares cada fin de semana; maquillarme una hora sólo para lucir distinta a cómo en realidad soy; esperar en la barra a personas que, en su mayoría no me provocan más que repugne, o en el mejor de los casos, indiferencia.
El tabaco abrasado perfora su garganta de a poco, el dolor la hace sentir un poco menos miserable.

El cielo es naranja, las nubes moradas, los edificios lucen tristes sin iluminación artificial que los alumbran desde adentro.
Los ojos rasgados-café oscuro de la mujer que piensa en amor observan como luciría la ciudad en llamas, envuelta en su propia sombra combustible que asfixiaría los últimos deseos carnales de sus habitantes, las líneas telefónicas y los lamentos ajenos que ingresan al cuerpo con cada resfriado.

A pesar de todo sigo viniendo cada fin de semana a estos tugurios en búsqueda de algo. Dice para sí misma. Algo parecido a las emociones o a las sensaciones. La verdad es que es que ya no puedo distinguir una de la otra.
Creo que estoy enamorada de los bares. De su oscuridad, del barullo, de las figuras distorsionadas a través de las botellas de ron, de los hombres que se sientan en la barra y me invitan tragos malintencionados.
Sí, de todo eso estoy enamorada.

*

El viento se agotó de deambular por las calles principales, por lo que optó a tomar el metro de la ciudad. En los vagones actualiza sus lamentos; al parecer la humanidad es más compleja de lo que parece desde su alzada óptica. No basta con salud, dinero y prosperidad… hay pequeños detalles como el clima, la humedad y los olores que abruman a la población en general.

Odio esta línea. Siempre hay demasiada gente, destila un olor a humedad que me provoca asco.
Otro día más sin volverme millonario.
Sin volverme famoso.
De no escribir versos.
De no pintar mujeres desnudas.
De no hacer nada…
Para mí todo es igual.

La fusión de Oxígeno, Nitrógeno y Argón se sentía aprisionado entre los eslabones de gente. Esa no es la naturaleza del viento, transportarse en vehículos con llantas. Lo sabe, pero el peso de los lamentos es equitativo al de la inactividad ¿Quién dijo que la vida no era agotante? Más para una fuerza con sólo tres elementos químicos que está encargada de reenviar los pensamientos humanos.
Así que salió por la ventanilla, subió por las escaleras eléctricas, perdió la visibilidad unos segundos al encontrarse con la luz solar y se elevó por los aires difundiendo lo que escuchó en el metro.

Divagaba por la ciudad en búsqueda de personas que tuvieran algo que contar. A la distancia percibió a un hombre sentado sobre una banca; descendió unos cuantos metros para observarlo mejor: tenía ojos de perro abandonado, barba crecida y la mirada perdida en las nubes. Sufría frío y gustaba de la melancolía. Enfrente de él descansa un río congelado que le hacía pensar:

A lo mejor nuestra vida está destinada a ser como las estaciones del año.  Hay tiempo para todo, el problema es que cosechamos en época sequía… nuestro reloj biológico está olvidado en un cajón; buscamos amor en tiempos de reflexión, compañía cuando lo viable es estar solo.
Debe de ser eso, no encuentro otra razón viable para tanto sufrimiento alrededor.

¡Dios! Cómo deprime el invierno. Los árboles pelados, los pájaros sin voz. Todo es tan silencioso, tan poco armonioso. Balanceaba los pensamientos como si fuera columpio para sentirse cerca del lago.
Sonará egoísta, miento: es estúpido, pero no me importa, detesto el amor del prójimo; me es infumable ver a una pareja que no se entrega el uno al otro.
Sí, sí, detesto a los que buscan alguien para perder el tiempo, los que no tienen amor en las pupilas, a los que no se sienten mejor personas por el simple hecho de tener a alguien a lado que se vuelva un motor externo.
La brisa del viento lo obliga a cruzar los brazos para calentarse el pecho

Siento envidia de los escurridizos, de los habilidosos, de los débiles, de los no heridos que pueden amar al prójimo sin temor o freno alguno. La nada les basta ¡Resulta que hasta los mustios son capaces de amar!
Ahora bien, ¿Realmente es tan difícil? Amar, maldita obsesión humana.

Es fascinante lo que se puede descubrir de la gente si nos tomáramos el tiempo para descubrirlo.
El viento tomó asiento junto a este joven, redujo su estela para no incomodar al filósofo que,  con los codos sobre las rodillas y las manos tapando su rostro expulsó el epítome de su monólogo:
Es imposible dar lo que no se tiene.

Satisfecho con lo escuchado, el vendaval se elevó entre las nubes. Segundos después se preguntó por que carajos las parvadas que cruzan la ciudad lo habían abandonado.

 *

 —¿Lumbre?— pregunta un hombre con gabardina verde militar a la mujer de ojos rasgados mientras sostiene un cigarro entre el dedo índice y anular.

—Toma—contesta sin mucha afán.

—Es curioso— le habla al lunar del hombro derecho que audazmente se escapa del tirante del vestido—como en estos días ser fumador tiene peor fama que un violador, ¿No es cierto?—

—Puede ser… los moralistas no soportan que sea tan bueno—.

—No me he presentado. Soy Philip—continúa con una bocanada de humo—Disculpa que te diga esto sin mayor preámbulo, pero, sí fuera por mí, estaríamos camino a tu casa para destrozarnos los labios a besos.
—Nunca he sido una persona muy poética; no por falta de interés, más bien por iletrado— repuso asombrado al notar lo torneado de las delgadas piernas de esa mujer con rasgos asiáticos que evitaba verlo a toda costa.

Después de un tiempo en silencio, ella se digno a contestar:

—Es una buena imagen, lástima que no esté en ti la posibilidad de que suceda— contestó con una sonrisa cortada.
—Imagina un mundo en que el no fuera inviable. ¿Qué sería del mundo sin los insatisfechos?  Un reino de anarquía, seguramente—

—Quizá, una orgía perpetua—agregó Phillip buscando la punta de la nariz que se escabulle tras el fleco castaño de ella.

—No seas libidinoso… mejor sigue contando qué pasa entre nosotros; te doy permiso a que me invites una copa—

—¿Estás segura qué quieres volver a ahí?— parló señalando al bar —No puedo platicar cómodamente estando parado—.

Con las manos encadenas y a peso lento cruzaron la avenida, desconfiando del pavimento, de las decisiones recién tomadas.

*

La temperatura va en picada conforme el día se deja derrotar por la noche.
El mensajero de la voz humana busca refugio en un tubo de la calefacción. Necesita calor y una plática más amena, todo el día ha escuchado pesares y lamentos.
 ¿Dónde se esconde la felicidad en estos días días tan lluviosos?

Ingresa a la tubería que se encuentra en la azotea de un edificio venido a menos, desciende por el orificio provocando un chiflido agudo que se le asemeja a las teteras cuando el agua llega al punto de ebullición.
Conforme desciende, se vuelve una finísima capa de polvo que levita en medio de la tubería.
No lo puede saber pero acaba de ingresar al departamento C-303, donde habita una pareja recién casada.
Los dos se encuentran en la sala, un espacio reducido donde de milagro entran dos sillones que están acomodados en forma de ele.
Enfrente de los mismos hay una mesa de centro con vidrio y copas de vino tinto que contrastan con el piso alfombrado color crema.

El marido, antes de tomar asiento abraza el vientre de su esposa. Llega a sus narices el olor de su cabello.

—Te quiero—murmura ella a su oído.

El viento se acerca un paso más para poder entender la escena; se sostiene de la lámpara colgante del techo.

—Yo no—contesta él en tono de broma.

—Ingrato…— acota con una mordida en el lóbulo de la oreja.
Él, haciendo gala de sus clases de karate, desliza la pierna de apoyo de su mujer lo más posible y con la otra le da un ligero puntapié que la hace trompicar.
La detiene milímetros antes de azotar con la alfombra; deja caer su cuerpo sobre el suyo, una vez que está encima de ella trata de besarla pero no encuentra boca.

—Embustero— sentencia la mujer con la respiración agitada.
El tercer novio formal y el décimo en la cuenta total ha levantado con delicadeza sus prendas, concentra sus fosas nasales en el ombligo, provocando que se le erice los poros de piel.

—Rapaz—le contesta entre carcajada y delirio.

Las manos de su hombre dibujan la delicada piel de su amante… se divierte con las caderas fértiles, recorre de a poco en poco lo avellanado de su costado.
Se detiene por un segundo.

—No entiendo por qué sigues encima de mí— repuso en un falso intento por poner resistencia.

Su esposo la libera con lentitud: levanta los brazos y gradualmente el pecho. Faltan las piernas que parecen estar encadenas al piso.
Instantes después arquea la espalda; con un movimiento ágil sujeta los delgados brazos de su mujer.

—Déjame, déjame—

Un beso en los labios desata una guerra montada en el edificio C-303.

—Delincuente…— dice ella entre suspiros.

*

Pudoroso, el viento abandonó la habitación en el momento que las prendas comenzaron a volar. Se había hecho más tarde de lo que pensaba: Dos, tres de la mañana, dijo para sus adentros.

Desde las alturas podía ver el centro financiero merodeando a los barrios populares. Más al fondo hay viejas construcciones afrancesadas, apuntando al norte hay edificios barrocos, y en la zona sur descansan las industrias.
Más que disfrutar el paisaje urbano, goza de la tranquilidad que brinda la noche Dieciocho horas de ruido constante aturden a cualquiera. 

En un momento de lucidez, el viento piensa que deberíamos cargar con letreros preventivos: ¡Peligro, mujer saliendo de ruptura amorosa!, ¡Adolescente en plena formación de carácter!, ¡Pelea marital!, ¡Luto!, ¡Hartazgo!, ¡Insaciedad!, ¡Menstruación! y así dependiendo el caso.

Se sentó en el borde de un edificio, y con misericordia dijo para sus adentros que:
los humanos son una mezcla de  elementos no estables; sería preferible que no divagaran con tanta libertad por las calles…

 Crédito: http://bit.ly/y8jx6Q

Es menester despedirse de una vez


“Music when the lights come on
The girl I thought I knew has gone,
And with her, my heart had disappeared…” – The Libertines

 

Hoy te quiero,
mañana no lo sé.
Es menester
despedirse de una vez.

Cintura de bailarina,
me pregunto:
¿En verdad quisiste decir adiós?

¡Dios!
¡Si tan sólo me hubieras condenado a una!
Para no tener que demoler los recuerdos.
Por eso es menester
despedirse de una vez.

Mañana al verte pasar
te preguntaré
si en verdad quisiste decir adiós.

Y antes de que me sea imposible olvidarte
ojalá cambies de respuesta
y digas que puedes quererme,
aunque sea por un momento
por dos,
o tres.

 

Viejas costumbres


“Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso”. – Gonzalo Rojas.


Viejas costumbres

Personajes:
Diana: esposa de Alejandro.
Alejandro: esposo de Diana.

Escena 1

 (La casa se muestra solitaria: muebles tradicionales de tela rayada, mesa de centro, piso de madera, al fondo y esquinado una mesa, sillas, cuadros, librero, comedor, televisión.
Sube gradualmente la luz en el escenario.
Fuertes pasos acercándose. Fuera del escenario se dicen los primeros diálogos).

Diana: Por Dios, Alejandro. Esa historia no te la cree ni la pendeja de tu madre.

Alejandro: Podrías dejar a mi madre fuera de nuestras discusiones por un segundo… sólo te dijo piruja cuando teníamos diecinueve.

Diana: ¿Ahora vas a defenderla?

Alejandro: (suspiro) No se trata de eso…

(Entran actores a cuadro).

Diana: (voltea vigorosamente, lo señala) ¡Entonces qué! Nunca me has dado mi lugar enfrente de ella. Te quedas sin agallas al entrar a su casa, cobarde.

Alejandro: Las dos están locas ¿Por qué no me dan respiro? Si tanto la extrañas toma el coche y regrésate con ella.
Tus gritos me han producido una jaqueca.

(Alejandro se sirve un trago, se dispone a beber pero Diana vuelve a tomar la palabra).

Diana: Llevas tres años haciéndome sentir miserable ¿No te cansas? Estoy harta de esperar, de no sentir, de tus molestas rutinas y tus ronquidos al dormir.
Estoy harta de esta casa sin ventanas, de su color amarillo y el silencio nauseabundo que reposa aquí.

(Alejandro pone los ojos en blanco, se quita los zapatos).

Alejandro: Tú quisiste esperar para que nuestra relación creciera, además el diseño es tuyo…

(Diana se aleja del escenario, sale hacía el comedor. Alejandro mueve la mesa del centro y coloca los pies sobre ella. Ríe en voz baja y toma el periódico.
Ella se queda al borde del escenario y dice:)

Diana: Vete a la chingada.

(Alejandro no contesta).

Diana: Entonces, ¿Qué? ¿Otra noche de televisión?

Alejandro: ¿Ya no estás enojada?

Diana: Contéstame, para ver si me cambio o no.

Alejandro: Con tanto coraje nos vamos a matar. Mejor otro día.

Diana: No voy a estar aquí para siempre.

Alejandro: Siempre lo has estado…

(Cambio de iluminación, actuación de múltiples actividades individuales en las que los dos se puedan vigilar: leen el periódico, toman el café, costura, etc.).

(Luz cálida, atardecer).

Diana: ¿Te preparo algo de cenar?

Alejandro: Nada especial; algo combine con cerveza y gastritis.

Diana (sonríe): Un Pepto Bismol.

(Alejandro deja el periódico, la voltea a ver y sonríe).

Alejandro: Lamento que tengas que ver tanto a mi madre. Son días complicados.

(Se acerca poco a poco, toma su cintura suavemente y besa sus labios. Ella acepta fríamente al inicio y poco a poco se entrega).

Diana: Lamento que esa enfermedad esté acabando con la paz de todos.

Alejandro: Eso no lo podemos decidir nosotros, ni nos incumbe; sin embargo, tú siempre has estado loca.

Diana: Será que lo aprendí de mi familia política.

Alejandro: ¿Otra vez a lo mismo?

Diana: Tú lo trajiste a colación.

Alejandro: Apenas comienzo y me lanzas un balde de agua fría encima: mi madre…

Diana: No es para tanto; anda que me hace falta un revolcón.

Alejandro: Perdimos la magia ¿No es cierto?

Diana: Serán las ganas…

Alejandro: Estamos demasiado viejos para saltar del techo a la cama y de regreso

(Pausa larga)

Alejandro: Tengo hambre.

Diana (lo voltea con indignación): Ya somos dos, pero nunca hay afrodisíacos en el refrigerador .

Alejandro: Será que el sueldo no alcanza para tanto

Diana: O que somos cada vez un poco más avaros.

(Cambio de luces, una vez servida la cena, movimientos acelerados sobre la mesa del comedor).

Alejandro: Me voy a dormir que mañana el jefe llega temprano, ¿Tú qué vas a hacer?

Diana: No lo sé. Ir al parque, pasear un rato.

Alejandro: Lo que sea menos llenar el closet de zapatos.

Diana: Me cansé de tanto hablar, mejor voy a  dar una ducha con agua fría.

Alejandro: No te servirá de nada, los dos estamos condenados a  ser tibios.

Fin de escena 1

*

Escena 2:

(Negro total, simular amanecer. Los actores se arreglan para sus actividades cotidianas).

Diana: Voy a dar un paseo por la calle. Todo lo de ayer fue un malentendido ¿Cierto?

Alejandro: Depende, lo de tu locura es un hecho, sobre nosotros…  ya no distingo el enojo del deseo.

Diana: Quizá sea lo mismo.

Alejandro: Nunca es lo mismo. Si fuera así quisieras golpearme y consumirme a la vez.

Diana: Parto antes de que nos enojemos. Dame un beso, tonto.

Alejandro: Ven por el.

(Diana con una sonrisa en la cara se da la vuelta y antes de salir por un costado del escenario dice):
Diana:
Vete a la chingada.

(Alejandro se vuelve a reír, toma su sombrero y sale por el mismo lado del escenario.
Pausa de un minuto, para mostrar el escenario. Debe lucir cálido a medias, como una casa habitada con un cuarto abandonado).

(Llegan juntos los personajes).

Diana: Sabes, Alejandro, extrañaba eso; alejarnos de la rutina y los intentos fallidos. Fue una buena idea ir por ese helado.

Alejandro: Me sentí joven de nuevo.

Diana: ¿Notaste la mirada de todos?

Alejandro: Sí, un poco… me sentí fuera de lugar. Al parecer está prohibido cortejar a tu esposa después de la boda.

Diana: Hoy la pasé bien. No importa qué piensen los demás. Nos tenemos el uno al otro.

(Suena el teléfono, contesta Alejandro).

Alejandro: ¿Sí? (pausa) Ahh, madre. No, no, dime. Aham… ¿Otra vez?, ¿Estás segura? Vamos para allá. (pausa) Sí, viene conmigo. (pausa) Bueno, lo siento es mi esposa. (pausa) Adiós.

(Alejandro voltea a ver a Diana que comienza a llorar y sale del escenario. Se oscurece el escenario poco a poco, Alejandro entra del mismo lado que Diana).

Diana: Estoy segura que lo hace a propósito; la primera vez que pasamos un rato amigable en años, minutos después tu madre se entera y tiene su quinto infarto este año.

Alejandro: ¿Acaso insinúas qué finge su enfermedad para arruinarnos la vida?

Diana: Claro que no…  (pausa) pero es tan inoportuna.

(Nuevamente Alejandro se acerca a la mesa, sirve un vaso con licor y cuando se dispone a tomar, dice:)

Alejandro: No es correcto el desear el mal a alguien mas.

Diana: Estoy exhausta. Adiós.

Alejandro: Acompáñame a cenar, tan siquiera.

Diana: Ya está todo listo, sólo caliéntalo en el microondas.

(Actores desaparecen de escena mientras el escenario poco a poco se oscurece).

Diana: He dormido tan mal.

Alejandro: Será por tus negras intenciones.

Diana: Seguramente, tuve un sueño tan raro: estábamos los dos aislados en esta casa sin mas que hacer; condenados a la soledad. Como en el cuento de Cortázar, los espíritus nos iban robando el espacio vital, y  de poco en poco se iba acabando el aire entre nosotros.

(Pausa).

Alejandro: Qué raro… yo nunca recuerdo mis sueños; sea para bien o para mal ¡Qué comentario tan desolador! Sin embargo pienso que así es mejor: uno debe vivir esperando lo menos y recibir lo venidero de la mejor forma posible.

Diana: Inspirador, pero falso.

Alejandro: No se puede pedir todo en esta vida.

Diana: ¿Eres feliz?

(Suena un reloj de pared que no aparece en escena).

Diana: Te salvó la campana.

Alejandro: Al parecer, nos vemos en la tarde. ¿Me regalas un beso?

Diana: No te lo mereces…

Alejandro: Está bien, pero luego no te quejes de que regalé mi boca al primer postor.

Diana: Jamás, sólo la educarás para su dueña.

Alejandro: Vete a la chingada.

(Risa de los dos; la pareja se besa y después se separan poco a poco, disfrutan del agónico momento de paz).

Alejandro: Te invito a cenar ¿Te parece?

Diana: Olvidas que tu madre está en el hospital.

Alejandro: Alguien debe de estar cuidándola.

Diana: Eres el único hijo que se preocupa por ella. La odio, pero te necesita.

Alejandro: En serio, merezco un momento contigo.

Diana: Te lo pido.

Alejandro: Simplemente eres imposible… ¡Desde cuándo te preocupas! La has considerado el mayor impedimento de nuestro matrimonio, cuando decido apartarla, la sitúas de nuevo. Eres impredecible.

(Diana trata de hablar pero Alejandro no se lo permite).

Alejandro: No te quiero escuchar…

(Se acerca a la licorera, la sujeta pero le tiembla el pulso demasiado como para servirse un trago. La arrastra nuevamente al piso.
Diana acongojada busca algo que decir, da unos pasos hacía él pero decide alejarse. Tartamudea y se toma la cabeza).

Alejandro: Vuelvo a la hora de cena.

(Sale del escenario con pisadas fuertes y largas).

Fin de escena 2

*

Escena 3

(Alejandro entra sigilosamente a la sala, deja los zapatos en la entrada y camina de puntitas para no despertar a Diana. A medio camino se arrepiente. Se acerca al bar, toma el vaso de escocés que dejó servido, prende el televisor).

(Sonido de noticiero).

(Diana enciende las luces, se le ve agitada).

Diana: ¿Desde cuándo entras a la casa como un ladrón?.

Alejandro: No lo sé, desde que habito con desconocidas.

Diana: Es tarde. Anda, vamos a dormir.

Alejandro: Adelántate, ahora te alcanzo. Quiero estar un rato a solas.

Diana: Hemos estado todo el día distanciados. Déjame ayudarte o por lo menos acompañarte… escucha, no podemos permitir que lo nuestro se desmorone de esta forma. Hemos pasado por cosas más drásticas: recuerdas cuando tu madre nos prohibo que nos viéramos.

(Alejandro apaga el televisor y voltea a verla).

Diana: O cuando a los veintiuno tuvimos el susto del embarazo que no se ha repetido…

(Silencio).

Alejandro: El viaje al mar y luego a la montaña.

(Diana se acerca al sillón).

Diana: La caótica Luna de Miel.

Alejandro: Nuestro primer día en esta casa.

(Ella toma asiento).

Alejandro: El cuarto del fondo que permanece vacío… ¿Por qué no hemos tenido un hijo? A mí, realmente no me importa eso; me falta tu fragancia juvenil al abrazarte… después de tantos años no he vuelto a sentirme igual.
No recuerdo el último momento de sentirte en mis brazos, frotar tus caderas, aspirar tu cabello, rozar mi nariz con tu cuello, deslizar mi boca enfrente de la tuya y no sentirte a ti, sino eso que me provocaste, hace años que no sé lo que siento por ti, porque no te figuras de ninguna forma.
No te extraño, no te siento, no nada; simplemente reposas y resucitas cada dos o tres minutos. Con una mirada, tu sonrisa al amanece, la forma tan tajante para denegar mis besos.

(Se para del sillón).

Alejandro: ¿Será que toda la vida he tratado de permanecer enamorado de la adolescente que eras? De esa persona que dejó de existir en el pasado.

(Da vueltas por el salón).

Alejandro: Dime tú ¿Cómo te olvido? No puedo dejar atrás ese fantasma juvenil de cadera anchas y senos pequeños, cabello lacio y la fragancia que dejabas en mi ropa.

(Diana trata de hablar, pero le es imposible).

Alejandro: ¿Me enseñas a mentir? No sé si fue la edad o perdimos la inocencia conforme superamos los obstáculos.
A pesar de todo, siempre tengo el mismo pensamiento ¿Qué tal si lo mejor está por venir? Cómo desprenderme del pasado…
Sólo sé que estoy condenado a amar eso que fuiste y que nunca volverás a ser.
¿Ahora qué? Dímelo tú. ¿Será que ya lo tengo todo y mi insaciable voracidad siempre me pida más? No lo sé; ¿Realmente eres mía? ¿Me sigues queriendo? Explícame como he de retornar a ese que fui ¡No puedo parar el tiempo! ¡Y mi promesa de amarte de por vida se la llevó el viento como una simple buena intención!.
No, no, no ¿Cómo recuperar el territorio perdido? ¿Cómo asombrarme con tu cadera si la conozco a la perfección? A lo mejor el amor no dura una eternidad; nuestro error es eso: Llevar nuestro amor a los tiempos extras, seguir a pesar de los calambres y la falta de cambios.
Por qué no detenerlos mientras fue exquisito, simple, delicado.
¡Ahora qué! ¡Ahora qué, carajo! ¡Cómo irme! Si estoy atado a algo que ya no existe ¿Cómo romper con tu encanto?

(Diana escucha aterrorizada, comienza a llorar. Alejandro quisiera dejar de hablar pero no puede desconectarse de ese “yo” que sigue liberándose.
Él se toma la cabeza y por fin le da un trago a su bebida que lleva días sobre el mueble del bar. Se le ve más compuesto tras unos cuantos instantes. Retoma su diálogo).

Alejandro: Sabes que es cierto: el amor es una ilusión que dura cinco minutos y, uno pasa toda la eternidad en busca de ese tiempo perdido.

(Silencio).

Diana: Así es, se nos acabó la rebeldía al igual que la juventud. No queda más que escombros en el piso minado ¿Eso es lo qué quieres? Tormentos, prohibición y problemas judiciales.

Piénsalo bien: esta podría ser nuestra época dorada o la resulta de nuestros días de libertinaje.

(Camina hacía el cuarto).

Alejandro: Espera…

(Diana voltea con lentitud).

Diana: Estoy tan harta de ti.  Me voy a dormir.

(Alejandro toma su vaso y contempla la pared hundido en el sillón, Diana sale lentamente del escenario).

(Oscurece el escenario).

Fin de escena 3

*

Escena 4

(Escenario apagado, mantenerlo así lo suficiente como para incomodar a la audiencia. Gradualmente encender las luces nuevamente, simular amanecer).

Diana: Me voy antes de que te vuelva a dar una crisis por la edad.

Alejandro: Lamento todos estos días complejos. Los sustos y los actos de la irresponsable de mi madre; pero, si lo piensas bien, siempre ha sido así. Una lucha interminable contra el monstruo de cabezas cambiantes: la economía, el prefecto de la escuela, tu portero… en fin.
Nuestro amor es guerra; sí, (pausa de reflexión) eso es. Nuestro amor es lucha, tan sólo que cambiaron los enemigos. Nos estamos combatiendo ¿Cierto?.

Diana: Tú te estás matando a ti mismo con esas regresiones. No sé por que lo haces, quieres vivir del recuerdo. Lo nuestro se está desmoronando por el tiempo, por la rutina,  y por la falta de sexo.
Así de simple ¿No te dijeron que el matrimonio es una bomba tiempo? Que, a veces el amor no es suficiente, y las mañas del prójimo son suficientes como para querer desprenderse de las cadenas.
Total, cariño… así es esto. Hay que asesinar tu instintos melancólicos a tiempo, sino correrás por la primera adolescente que te guiñe un ojo y te suelte una mirada lasciva.

(Coloca un pasador en el cabello y se dispone a salir).

Alejandro: Ahora que lo recuerdo te debo una ida a cenar ¿Nos vemos aquí a las nueve?

Diana: Jamás, menos después de lo ayer.
Eres tan impulsivo, tan insensible. Alardeas tu capacidad de amante pero olvidas la sutileza al decir las cosas. Nunca hablaste de nosotros, sino de tu sentir, de tu pesar… egoísta.
¿Pensaste en el daño que hiciste en ambos o el ocurrido en tu imagen abstracta del amor?

Alejandro: No pensaba en nada, estoy tenso. Mi madre se va a morir, no sé cuando pero pronto. Por igual que nosotros, nos estamos matando. Basta de tantos reclamos, ¿Vienes o no?.

Diana: Vete a la chingada.

(Alejandro se voltea dispuesto a salir, da tres pasos. Siente una mano alrededor de la suya).

Diana: Está bien, tú ya lo has dicho:  esto siempre será igual. 

(Cierran la puerta a sus espaldas y suena el teléfono, una una y otra vez).

*

Fin de escena 4.

Fin de la obra.

Foto extraída de: http://alturl.com/oi8d4

“Firmado con un klinex”- Élmer Mendoza


Análisis de “Firmado con un klinex” de Élmer Mendoza

“¡Qué país, Catalina! Quién no tiene miedo, tiene tedio”-Ángeles Masstreta


Élmer Mendoza nació en Culiacán, Sinaloa en 1949, ciudad donde reside y es catedrático en la Universidad Autónoma de dicho estado.
Su obra ha sido traducida al francés, al alemán, italiano, portugués y ruso.
Federico Campell dice que Mendoza es “el primer narrador que recoge con acierto el efecto de la cultura del narcotráfico en nuestro país”.
Por otra parte, Arturo Pérez-Reverte lo llama “su maestro y sin su obra le hubiese sido imposible escribir “La reina del sur” que nació de las cantinas, del narcocorrido y de sus novelas.”

Élmer Mendoza asegura que :“Trabaja en una realidad estruendosa que ahora tiene a buena parte de los mexicanos atrapados emocionalmente”1, y es cierto, todos los días las acciones del narcotráfico se roban las primeras planas de los periódicos.
Inteligentemente Mendoza no hace una crítica directa a la estrategia del narcotráfico, le basta con capturar la realidad de los pueblos fantasmas al norte del país y de ahí comienza a escribir: “La realidad mexicana es escabrosa. Sabemos en qué país vivimos. Ahora nos afecta un país en el que no vivimos que, sin embargo, es importante para nuestra economía. Las leyes antiemigrantes han traído personas de regreso antes de tiempo y la violencia ha paralizado el turismo. Pero el norte colinda con la nada. Nuestros mayores tuvieron que crear todo. Vencieron al desierto. Entonces sabemos el valor del optimismo y el valor que tiene el agua que sale de las piedras.”2

Sobre los miembros que producen literatura del Norte, comentó que: “Ahora somos tantos como los surrealistas; hemos provocado la atención de los académicos universitarios, sobre todo norteamericanos; hay también australianos, argentinos, alemanes, etc. ellos son los que definen las vertientes literarias y aclaran sus características”3 .
La literatura del norte es un esfuerzo de los escritores contemporáneos en plasmar sobre el papel la realidad y la ficción del mexicano común que vive en las zonas desérticas del país.
No todo es violencia o narcotráfico; esta rama de la literatura actual se esfuerza en dibujar la unión de dos naciones divididas por medio del Río Bravo y los muros fronterizos.
La alta inmigración de latinoamericanos hacía Estados Unidos ha evocado una nación independiente que mezcla un modo de vida artificial con los frijoles y las tortillas, la música tex-mex y “los nachos” son un claro ejemplo de ello; la misión del escritor del Norte es plasmar todo aquello que no pasa en la capital del México, y que llega por medio de susurros a los periódicos, donde los personajes pierden nombre al ser ejecutados o al volver a su nación tras ser despedido de fea forma de la nación vecina.

Sobre “Firmado con un klinex” el estilo de Mendoza es cambiante; se caracteriza por los diálogos cortos, las alegorías con objetos metálicos o inertes, el uso de un lenguaje llano, exceso de groserías, y todo rodeado por una sombra de miedo e impunidad hacía el ambiente provocado por las palabras.
La atmósfera de los cuentos causan corto circuito con lo que viven sus personajes: un asesino en Viena sigue a su víctima en una bella y calurosa tarde de verano; un esposo festeja a su pareja con un viaje al desierto donde, supuestamente, hay vida extraterrestre a la hora del crepúsculo.
La experiencia del lector ante los relatos es de incomodidad, siempre hay elementos que perturban el aire de los personajes, por ejemplo el inicio del cuento titulado “Si te vas a enamorar que sea de alguien así”:
“Me acabo de suicidar, confesó instalándose al lado del ventanal”4.

Primeramente el impacto de la confesión te roba el aliento, sin mencionar lo ambiguo del mismo. ¿Quién es el personaje que lo dice? , ¿Por qué mantiene la capacidad del habla?.
Esta y demás interrogantes poco a poco se van clarificando durante el cuento, Mendoza tiene la capacidad y el acierto de mantener hilos de tensión abiertos durante los textos: es imposible conocer las intenciones de los personajes ni el rumbo a seguir.

Desde la parte estilística, el cuento más revolucionario sería “Postal para Diego Luna”.  Ya que, la atmósfera viene citada de una forma muy peculiar, una mezcla de guión cinematográfico con acotaciones teatrales sin cuchillas ni cursivas:

“EXT. AUTOPISTA.NOCHE. Vemos un trailer que se aleja rápidamente hasta perderse en un punto luminoso. Cuatro notas de guitarra eléctrica marcan el tiempo. El viento del desierto silba. Desde el punto luminoso algo regresa. Un objeto pequeño y borroso se acerca vertiginosamente. Mientras esto ocurre el aire zumba cada vez más violento, hasta convertirse en aullido, que es justo cuando el objeto se hace completamente visible: lentes oscuros para el sol volando. Close up.
Disolvemos
.5

Lo anterior es una fiel adaptación de la cinematografía vuelta literatura. Nos muestra una recuerdo en retrospectiva en vez de mostrarnos el recuerdo en forma lineal y canónica; con cada nuevo párrafo se vuelve a plantear la situación de los personajes, haciendo que el lector hile las imágenes como si fuesen diapositivas. Una tras otra.
El cambio interrumpido de ambientes obliga al lector a terminar el párrafo para, posteriormente ir armando la trama narrativa.

En los demás cuentos prevalece el ahorro de lenguaje, Mendoza se esfuerza por hacer nítida su imagen con el uso de conceptos y no por medio de descripciones detalladas; el autor sigue las exigencias del lector en la actualidad que no tiene mucho tiempo para leer, su estilo se parece al del periodismo habitual que en menos de dos líneas ha dicho lo acontecido con personajes, el lugar y los porqués de las acciones.
Mendoza prefiere que el movimiento corporal de sus personajes y los diálogos lleven la batuta de la narración, yendo en contra de la narrativa del siglo XX del monólogo interior.

Sobre el cuento que da nombre al libro, se puede ejemplificar como con pocas palabras se puede armar una escena perfectamente. Evitando así el preámbulo y las descripciones detalladas:

Mendieta bajó del tren y se quitó la chamarra. Había viajado toda la tarde y parte de la noche para llegar a Calitháh, ciudad reina del desierto. Encendió un cigarrillo y entró a la estación, que era grande y populosa. De hierro. En un quiosco compró un periódico: tres suicidios más, entre ellos el de Mónica Náscar, la ganadora de las Palmas de Cannes, considerada la mejor actriz del momento.”6

En ocho líneas (visto desde el libro de letra grande y espacio sencillo) el escritor ha dado entrada a su personaje, citó la situación en la que se encuentra y dio un panorama general del lugar donde se encuentra.

Durante las ciento seis páginas de “Firmado con un klinex” el autor logra plasmar la incertidumbre del ser humano en este mundo, la falta de una misión o el desconocimiento de la misma lleva a los personajes a actuar por sentimiento; quizás y es la única parte de nuestra existencia que no han podido robar.
Y en el final de cada cuento se libera una energía que le permite al personaje descansar,  cambiar su visión del mundo y el futuro cercano.
Mendoza opina que: “Todo futuro está condicionado. Si nuestros líderes políticos, empresariales, académicos, intelectuales, trabajan en las carencias más graves de nuestro país (educación, empleo, recuperación de la credibilidad en materia de aplicación de las leyes) nos esperan buenos días. Los novelistas, poetas, músicos, artistas plásticos, cineastas, etcétera, nos encargamos de contar al mundo de qué estamos orgullosos los mexicanos. El futuro tenemos que crearlo con optimismo; quizá con optimismo enfermizo”.7
¿Será que esa energía liberadora es parte de ese optimismo enfermizo del que nos habla el autor? Puede ser.

Valorizando la obra “Firmado con un klinex” es un compendio contemporáneo de situaciones aterrizadas y fantásticas donde los personajes se ven obligados a actuar, como dice la tapa del libro: “el demonio se llama estabilidad”. Mendoza retrata el ritmo agitado de vida que lleva la población en general, los largos trayectos recorridos y la soledad en cada uno de ellos.
Nos es imposible estar quietos en la actualidad. Será por la cafeína, el ritmo de vida, las presiones del trabajo, los delirios existencialistas; inevitablemente la humanidad está pensando en algo.
Merece ser leída para conocer el rumbo de la literatura mexicana actual. Se le podría recriminar por no ser una literatura social, esa que busca un cambio en la sociedad, sin embargo la crítica hacía la misma es fina e hiriente.
El autor ha sido reconocido con el III Premio Tusquets de Novela, por decisión unánime del jurado por su obra “Balas de Plata”, dato que vale la pena rescatar para aquéllos que, como yo, dudan de los escritores contemporáneos.
Sin embargo, siempre hay que pensar por qué un autor es premiado: ¿Por su calidad, para convertir lo “censurable” en permisible? ¿Será que un autor se vuelve autor por un premio?
Todas estas dudas las resuelve el futuro y la lectura.

Notas:

1 Revista de la Universidad Iberoamericana, número 12, febrero-marzo del 2011, Entrevista a Élmer Mendoza, pp.42-43.
2 Op. Cit.
3 Op. Cit.
4 Mendoza Élmer, “Firmado con un Klinex”, Tusquets editores, primera edición, México 2009, página 21.
5 Op. Cit.  pp.47.
6 Op Cit.  pp. 25
7  Revista de la Universidad Iberoamericana, número 12, febrero-marzo del 2011, Entrevista a Élmer Mendoza, pp.42-43.

Portada "Firmado con un klinex"

Portada "Firmado con un klinex"

Élmer Mendoza

Élmer Mendoza

Una buena mujer


“Fue sin pretensiones de amor ni ser amada, aunque siempre con la esperanza de encontrar algo que fuera cómo el amor, pero sin los problemas del amor”-Gabriel García Márquez

*

“No podrías estar con una buena mujer, Penella” manifestó mientras los cubos de hielo aterrizaban en sus labios finos.

“Simplemente, no. No es tu estilo”.

Únicamente el largo de la mesa cuadrada los distanciaba. Sin embargo desde su periquera podía aspirar el amor amor de Cacharel que se desprendía tranquilamente de su piel blanca y aterciopelada.

“Por qué… no lo entiendo” dijo el joven que agudizaba su pensamiento para romper sus propios paradigmas.

“No lo sé, simplemente eres así” las palabras salieron entre una humarada de tabaco. Conforme pasaba el tiempo los vasos se acoplaban en la mesa. El mal servicio traía nuevos elixires dejando los envases vacíos como trofeos de glorias pasadas.

“Además de tu mal gusto, sigue siendo evidente que no has podido encerrar tu afán aventurero…” Penella suspiró, escuchar sus propias desgracias proviniendo de una boca tan exquisita era un ritual masoquista; sentía un deseo irresistible de apartarse de aquél lugar y dejar a la mujer hablando sola, pero, alejarse daría paso a todas las aves de rapiña que voltean a ver sigilosamente a su compañía.

La mujer seguía con su discurso. Siempre han tenido problemas para economizar lenguaje, sobre todo cuando es mejor no emitir sonido alguno; seguramente citaba sus malas decisiones, la facilidad con que se dejaba destruir y cómo a pesar de todo mantenía absurdas esperanzas hacía el amor.

“(…) eres como un hombre de otro siglo”. Sentenció orgullosamente, cómo si esas palabras fueron el remate de una novela bien trabajada. Las demás palabras no llegaron a sus oídos. seguía pensando si necesitaba mujeres o la simple ilusión del amor lo podía entretener hasta el fin de sus días.

Musicalmente la atmósfera cambió radicalmente de los Eagles a una banda en vivo que lo hacía realmente mal. Tipos frustrados que tienen la osadía de destruir clásicos, no es que necesariamente sean buenos, simplemente el oído se acostumbra a la versión original.

“No sé porque sigo viéndote, siempre acabamos en lo mismo. Tus opiniones críticas complementan tu egolatría”. Después de diez minutos Penella tuvo el atrevimiento de contestar.

“Regálame otro trago si quieres que te siga soportando” agregó.

“Pide lo que quieras. Dame dos segundos” Dijo Ella mientras se paraba de su lugar, sujetó su bolso y con la elegancia de una modelo se adentró en las puertas corredizas.

Penella siguió su caminar hacía el tocador; mientras la veía pasar recordó porqué no debía enamorarse: orgullosa, tormentosa, bella e interesada.
“Casi una mujer perfecta para mí” pensó. 

*

“Inepto, no has pedido nada. Si voy a pagar tu borrachera tan siquiera que sea con algo que me guste”. Encargó al mesero dos martinis mientras arreglaba la falda para poderse sentar.

“Te decía, no es que te esfuerces de más sino que eres terco. Si una idea te entra en la mente la explotas hasta su última potencia”. No le gustó el resultado de la frase y se mantuvo estoica por unos instantes. Mientras tanto, Penella esperaba su trago. Tenía sed.
Ella lo veía poco, ya se conocían, no hay necesidad de retener la mirada ante los viejos conocidos. Los dos reconocen la verdad de la mentira por las vibraciones en la voz.

Desde el micrófono el vocalista daba gracias al país entero ¡Cómo si toda la población tuviera la desfachatez de viajar para semejante espectáculo!.
Penella hacía retumbar los dedos sobre la mesa con rapidez. Vio sus dedos eran largos y delgados, cliché de pianista.

“Si una idea entra en tu mente la explotas hasta la última instancia -sonrió ante su corrección-. Antes de continuar llegaron los tragos. Él agradecido dio el primer trago.

“Otra cosa” dijeron los labios afinados.

“¿Te has dado cuenta que utilizas muletillas antes de empezar a hablar?.” Contestó él copa en mano.
Ella vestía una falda a arriba de la rodilla con cinturón incluido; pasando su esculpida cintura una camisa de tirantes color blanca complementaba el conjunto.

“Ehm… da igual. No trates de distraerme, Penella.” Sonrió y mostró su dentadura blanca, alineada, contrastante, simulante de marfil.
“Tú problema es que vives fascinado por la intensidad del amor, por eso mismo eres incapaz de ser ser correspondido” dijo la torneada mujer. “Es imposible enamorarse de ti porque tú no amas a las pésimas mujeres con las que tienes el infortunio de salir sino que te enamoras del amor mismo”. Sentenció.
Su acompañante ya no escuchaba, más bien se concentraba en su escote.

Me podría casar con Ella ¡No ahorita, claro! En unos veinte años. Sí, sí. Yo de cincuenta y cinco. Podría compartir el piso; es tan orgullosa que compartiría la renta. siempre elimina cualquier nudo que atente contra su libertad.” pensaba Penella acercando la copa vacía a su boca.
Mala costumbre esa de beber, una vez que se empieza cuesta trabajo detenerla.

“Todas las que te he conocido están locas, medio zorpilas. (término de definición hasta ahora desconocida, utilice el adjetivo ofensivo que prefiera querido lector) En fin, cuando una se va llega otra peor que la anterior”. Decía Ella.

“Necesito una buena mujer, más de lo que necesito de una máquina de escribir; necesito tanto una buena mujer que puedo saborearla en el aire, puedo sentirla en la punta de mis dedos, puedo ver veredas construidas para que sus pies caminen sobre ellos”. Estaba tan exhorto en sus pensamientos que, involuntariamente movió la cabeza hacía la derecha; del techo colgaba una mujer de luz león verde, en la boca detenía una botella de cerveza. Se preguntó si su acompañante que no paraba de hablar sin ropas tendría la misma anatomía.

“Tu problema con las mujeres es que las buscas bellas y se sienten culpables por serlo; por eso andan repatriando su atributos por doquier.
He de aceptar que de las últimas que me has comentado no han estado tan mal; son más ingenuas que tontas… no te entiendo del todo ¿Eres ciego o cobarde?”

Si le digo que la amo ¿Qué pasaría? Total, el “no” ya lo tengo en la bolsa…”

Así es, aunque finjas no escucharme sabes que es cierto: la línea entre el amor y el capricho se difumina en cada andar” dijo entre carcajadas. Al pensar el comentario un halo de tristeza apareció en sus ojos, por un instante se vio reflejada en la misma situación.

Un silencio incómodo nació en la mesa. Al menos para Ella porqué Penella y sus oídos medio sordos de milagro escuchaba lo que decían. Toda su atención se centraba en sus labios.

Y si me atrevo a besarla. Siempre he querido recibir una bofetada de rencor femenino. De seguro ni duelen, después del beso de una chica guapa nada puede salir mal”. Una voz en su interior le decía que era mala idea.

Necesitas una buena mujer; de esas pocas que tienen instinto maternal. Acéptalo eres como un niño, te tienen que atar, poner cuerdo…”

Escucha… sé que parece una locura” empezó a decir con lengua corrediza Penella. “Olvídalo no tiene sentido; me vino a la mente tu historial de amantes y se me revolvieron las tripas”.

Volvieron a resonar los discos en lugar. Los habitantes del bar ya han perdido interés por la mujer de la mesa del centro; el bartender comenzaba a pedir propina para servir tragos, se vislumbraba la media noche en todo su esplendor.
La mente de Penella trataba de bloquear el habla. Quizá por eso no se le entendía bien,  o sería la bebida. Sabrá dios.

“¿Has releído alguna de tus obras?” preguntó Ella. “Deberías hacerlo, te sorprendería la mutación de tus futuros personajes. A lo mejor, algún día, podrás escribir una historia de amor con final feliz”.

“Creo que nadie ha leído mis obras, fuera del minúsculo grupo de amistades que he podido mantener a través de los años. Los finales felices solo sirven en el albur. El estar enamorado ofusca el pensamiento, aleja a la claridad… nunca he podido escribir durante una relación; por eso no tengo “finales felices”. Contestó Penella malhumorado.

“Necesito una buena mujer más de lo que necesito escribir”. Dijo para sus adentros.
“¿Dices tú que necesito una buena mujer?” aseveró Penella con voz entrecortada. Los ojos le pesaban; llevaba demasiadas horas sentad; temía del viento; había bebido en exceso. Dicen que la oxigenación después de tres tragos nunca es buena…

Abrupto en sus pensamientos Penella acabó clavado en la silla, Ella le dijo que tuviera paciencia, que no debía tomarse todo tan en serio… que, a veces, el amor es un juego cruel inventado por los niños para hacerse daño, entre otras muchas otras cosas que le subieron artificialmente el ánimo. Quiso corresponder ante tanto cumplido pero no pudo, sólo pensaba en lo amargo de su soledad y lo bien que le caería un beso antes del amanecer.

“No te olvides de los amigos” Dijo Ella hora atrás… cómo era su costumbre pagó la mitad de la cuenta. “Orgullosa, haces cualquiera cosa para sentirte libre”.
!Ah, los amigos! Siempre que se necesitan, decepcionan!” alcanzó a decirle antes de la huida.

Con tedio el mesero se acercó hasta su lugar; tomó la billetera que simulaba piel y exigió la mitad restante. Una vez depositados los billetes preguntó si se le ofrecía algo más. Rechazó la solicitud meneando de lado a lado el dedo índice.
Las luces del lugar se fueron atenuando de poco en poco. El último cliente del bar tomó su abrigo y abandonó la periquera metálica.
Sin mala intención deseo la muerte del mesero que ya volteaba las únicas dos sillas que no estaban sobre las mesas.
Le suplicó que cerrara la puerta al salir.

Penella por primera vez sintió el peso de sus treinta y cinco años en la espalda… al abrir la puerta los rayos del sol iluminaron su camino. La luz cegó sus ojos; con determinación dio un paso al frente, estrelló con vigor la suela del zapato al asfalto. Se sintió como un niño que comenzaba a caminar: mucho esfuerzo y poca técnica.
Abandonó el lugar con una nuevo boceto que convertir en historia, y dijo para sí mismo en voz alta:

“Sé que existes buena mujer”
“Sé que existes”.

Los amorosos


Renuncié al amor antes de saber lo que era, porque Joshua me demostró con alegatos judiciales que el amor sólo es un cuento que sirve para entretener a las criadas”.- Juan José Arreola

Los amorosos siempre tienen sed y le rehuye al amor como si fuese un monstruo. Porque posee demasiados dientes afilados, mala memoria y coloca esclavas en los pies.
El amor es escape y encierro; risa y enojo.

Los amorosos se vendan los ojos y luchan por ser desleales en vez de infieles. Tratan de encontrarse en los demás ¡Cómo si eso pudiera llegar a complementarlos! Lo único que encuentran fuera de su ser son los pedazos de integridad que han abandonado en cada experiencia y fallo.
El amor es nuestro reflejo en pupilas distantes.

Los amorosos han perdido la batalla antes del primer balazo. Y es que, desde el momento en que nuestro ser queda preñado de la sonrisa de alguien más, se crea un lazo indestructible.
El amor es un discurso argumentativo.

Los amorosos en el frente de batalla en vez de agredir al extranjero prefieren abrir la frontera; derrumban los muros. Permiten ser saqueados cada vez que el enemigo tenga una sonrisa pizpireta; largas pestañas o lunares peculiares (agréguese cualquier ejemplo que considere necesario).
Amar es renunciar a la fuerza.

Los amorosos son adictos, borrachos y melancólicos, más por naturaleza que por definición. El amor es sustancia; trago amargo y ruborizante que revitaliza el ánimo o carboniza la dignidad.
El amor es como una jaula o como un valle exótico. Todo depende del cristal con que se mire.

Los amorosos son débiles e introvertidos y le temen a la dolorosa verdad; a lo mejor, el sentimiento no es correspondido. Por eso prefieren divagar entre rosas, poesía y metáfora. Lo que sea para convertir el hecho en ambigüedad.
El amor se parece a la adicción.
El amor un sentimiento contranatura, que condena a dos desconocidos a una dependencia mezquina e insalubre, tanto más efímera cuanto más intensa.

Los amorosos pudieron comprender el concepto <<sed>> hasta que bebieron de la claridad de sus aguas.
El amor no es un valle exótico; ni una jaula de metal; el amor es como un desierto y todos sufrimos una infinita sed de amar.
Amar es dar lo que no se tiene a alguien que no lo quiere.

Los amorosos son ilusos que tratan de abrazar su sombra.
El amor es enfermedad y ceniza; es vida y fulgor.
Amar es el anhelo de abrazar a una persona con fuerza y estar en el mismo lugar que ella. El deseo de abrazarla dejando fuera al mundo entero. La nostalgia del alma de encontrar un refugio seguro.

Los últimos días de Don Fermín


“Le dijo que el amor era un sentimiento contranatura, que condenaba a dos desconocidos a una dependencia mezquina e insalubre, tanto más efímera cuanto más intensa”.-Gabriel García Márquez

El atrio expira un deje amargo de desolación. Los árboles que rodean a la amarillenta iglesia barroca están muertos. Ni siquiera las hojas quisieron quedarse a cuidar este lugar; se fueron con el primer viento que cruzó sobre ellas, no les importó estrellarse contra la baldosa. Tan sólo querían apartarse de la tristeza de Don Fermín que en la mano sujetaba su armónica y en la cartera una foto de su difunta esposa Amelia.

A las hojas no hay de que culparlas, este desangelado lugar inspira soledad: -desde las pesadas puertas de la Iglesia hasta los arcos que delimitan al parque no se puede encontrar rastro alguno de felicidad- ¡Tanto tiempo ha pasado ya sin que alguien visite el Templo de San Sabines! Sólo los insectos han sabido apreciar la arquitectura mixta de esta lugar.
En sus torres habita una familia de arañas, al principio sólo eran dos y tenían la obstinada misión de hacer un ventanal con su transparente hilo. Estuvieron trabajando por semanas pero su trabajo se deshilachó en alguna madrugada de luna llena.
Decidieron tener hijos para terminar con la ventana que les dará un descanso tan satisfactorio como el que recibimos los hombres al descansar con sábanas de seda; eventualmente por ahí cruzaría alguna mosca que, en su afán de librarse de la redecilla de mil hilos, terminará más enredada de lo que originalmente se encontraba y les serviría de cena.
Toda la pintura de la fachada ya estaba difuminada por los estragos que ocasiona el pasar del tiempo. El viejo Fermín le conoció un amarillo tan lucidor. Lleno de ilusiones, ahora pareciera un polluelo enfermo recién nacido.

Dentro de la iglesia, los largos cirios deben seguir igual que en el velorio de Amelia: feos, desgastados y con esferas de cera que resbalaron mientras que el cura le daba los santos óleos a una de los contadísimos creyentes de este lugar.
Porque nadie venía a misa en San Sabines, a menos que alguien haya cometido un crimen tan frívolo como para que su consciencia no pueda soportar más el peso de su propia mundanidad.
Así es, de toda la población viviente, el único ser con las puertas abiertas del cielo era Fermín. Ese anciano despertaba al alba para escuchar la primera misa en compañía de su amada, posteriormente tomaba asiento en la banca color verde y respaldo garigoleado.
Ahí tocaba su armónica viendo a todos pasar: la señora que vendía hortalizas, a Pedro que tenía un puesto de periódicos, a los niños que ingresaban a la escuela… esa gente cumplía puntualmente su rol como ciudadano escuchando la melodía de Fermín. Sin embargo, la mayoría pasaba sin escuchar, en un mundo asfixiado por tanta frivolidad no hay cabida para una melodía dulce como el cantar de un petirrojo.

Los zapatos de charol aplastaban al asfalto, se movían con sincronía perfecta mientras los brazos con portafolios viajan de atrás hacía adelante. Al mismo tiempo, el ronroneo de los automóviles acompañaban a los dieciséis tonos que dan pie a la canción de Don Fermín…
Le gustaba escuchar el rugido del motor. En alguna ocasión -quizá por error- le aventaron una moneda pensando que a eso se dedicaba, a ser pordiosero, o como se hacen llamar: músicos callejeros.
A pesar de esto, Fermín seguía deleitando a oídos sordos… mientras los transeúntes pasaban alrededor sentía que los pasos eran la percusión, y el motor un intento poco agraciado de un saxofón. Así conseguía una simbiosis de sonidos, lo que le hacía sentir parte de una orquesta. Cosa que alegraría a su corazón marchito, y es que el recuerdo de Amelia mantiene asiento reservado.
¡Pertenecer a un intento de grupo musical lo hubiese hecho tan feliz! Verse acompañado de gente que amará la música. Codearse con unos cuántos que tuvieran la capacidad de aislar el sonido del ventilador y la gran fábrica para detectar el paso del viento o la hierba crecer.
Sí sí, la compañía de esos amigos desaparecerían el fantasma de su amada.
¿Cómo será esta vida sin el pesar de un muerto en las espaldas? Pensó angustioso.

Un día como cualquier otro, el anciano salió de misa y caminó hacía su banca. Siempre la encontraba igual, pálida, triste y con la enredadera del respaldo a punto de vencerse.
Fermín comenzaba puntualmente a tocar la alegre canción que compuso en completa soledad un día en las altas montañas que rodean a la ciudad.
El armonicista viajaba una o dos veces al mes, dependiendo del clima -sin mencionar su salud- para purificar sus pulmones y así permitirle a sus melodías navegantes del viento transportarse con la máxima suavidad entre las nubes interminables que habitan en el cielo.
Siempre a las ocho de la mañana comenzaban a fluir esos tres Mis acompañados de un Do juguetón.
Cerraba los ojos para concentrar su atención en el frío metálico de la armónica en su boca.

Sabía que tocar la misma canción todo el tiempo le haría comprenderla a plenitud; por eso se entregó vorazmente a su única creación musical. La misión era el experimentar ese Do juguetón en cualquier estado de ánimo.
La música es tan caprichosa que puede penetrar al sistema nervioso sin ocasionar ningún cambio en primera instancia. Pero, si al azar el cuerpo se vuelve a tropezar con las mismas escalas, ese escucha ya no es el mismo. Sonará tan distinto para sus oídos que tomará un significado inexplorado; esa novedad lo hechizará a tal grado que pensará que es la primera vez que se expone a esa melodía.

*

Puntualmente comenzó a tocar su armónica. Mientras tanto, Amelia volvió a casa para descansar un momento más en la cama.
Dormía con tanta tranquilidad que a su cuerpo se le olvidó respirar. Los rayos de sol que penetraban la habitación iluminaban al ángel caído de una forma sublime.
A lo lejos se alcanzaban a oír las notas de Fermín que jugueteaban con el viento; Amelia se había impregnado de la efervescente fragancia de los jazmines que con tanto esmero ha cosechado en el jardín trasero de su hogar.

Una vez que el ambiente ya se encontraba embriagado música, fermín se dispuso a abandonar su asiento para recibir los santos alimentos.
En el transcurso pensó que la música es un don que hay que regalar, sea escuchada o no. Caminó tres cuadras para llegar a su destino. Al abrir la puerta reconoció un olor desconocido, delicado. No pudo determinar de que se trataba, mayoritariamente era jazmín pero había un sazón distinto dentro de su casa de dos aguas.
Cerró la puerta y anunció su llegada a media voz.

Fermín arrastraba los pies al caminar, desde pequeño tuvo la impresión de que el suelo era una superficie tan peligrosa que es mejor nunca desprenderse de ella totalmente. ¡Ah! ¡Y pensar que las notas musicales se codean con las aves migratorias!
“Si tan sólo el hombre pudiese volar…” Decía para sus adentros cuando ingresó a su habitación que era un espejo de luz blanca.
Tan luminoso era el cuarto que mantener los ojos abiertos era una verdadera agonía. Paso a pasito se acercó a su mujer y besó su frente de mármol.
Le dijo al oído los siguientes versos: -procuraba decirle a su esposa cuánto la quería. Por eso leía poesía, para envolver a su amada de palabras perfectamente acomodadas y así detener su reloj biológico, manteniéndola siempre joven y bella-

“Si existiera un Dios,
en definitiva, me gustaría
que fuera como tú,
aunque entonces … yo, ¿que haría?”

Después de la declamación, buscó su frágil mano. Cayó derrotado al sentirla carente de pulso. Saberse totalmente solo en este mundo ofuscaba su pensamiento; la carencia de Amelia lo hacía un ser completamente distinto ¿Empezaría a ver el mundo como todos los demás? Como esos que rutinarios insatisfechos que viven de prisa, como los desgraciados que en la calle pasan sin voltearse a ver.

Fermín volvió a ver el cuerpo el cadáver de su esposa y pensó que era una estatua que simbolizaba al mundo entero: eternidad,  belleza, fragilidad en una pieza de un metro sesenta de altura.
Se alejó un poco de su amada, sacó la armónica de su bolsillo y resonó un Do. Uno al que robaron la inocencia; sonaba como el llanto de un niño que se encuentra extraviado entre un mar de gentes.

*

Llegó el otoño dos días después acompañado de torrenciales lluvias.
Fermín estaba sentado en la fila más próxima al altar. Estaba a oscuras, tan sólo los cirios permitían ver las sombras de dos personas: el cura y la del nuevo viudo que destrozado se preguntaba cuánto tiempo iba a poder permanecer en este mundo sin Amelia.

Una vez terminaba la misa el religioso recibió una llamada de la capital donde le avisaban que sería trasladado a una pequeña capilla en medio de la Sierra; aseguraban que su participación en ese lugar era vital -incluso emergente- ya que unos rojillos liderados por Lucio Cabañas estaban haciendo ruido en la azotea presidencial; que el status quo estaba en riesgo y se le pedía que organizará un grupo misionero en pos de resistencia ante la oratoria marxista de esos levantados.
El miembro obligado a cumplir el celibato argumentó que le era imposible dejar a su pueblo sin la Hora Santa. A lo que le contestaron que penosamente era innecesaria debido a que la asistencia a la misma era casi nula.
Se la arreglarán a solas” Dijeron fríamente al otro lado del teléfono.
Si más, la Iglesia de Sabines jamás volvió a abrir sus puertas. Honrosamente los historiadores pueden contar que la última misa fue en honor a Amelia García, esposa del aromincista del pueblo.

Don Fermín después de persignarse fue a su banquita. Al parecer es el único elemento del cual se podía sujetarse en medio de la tempestad que provoca el olvido. Todos estos días su alma se ha esforzado en tragar el amargo sinsabor de la soledad, pero, en contra de su voluntad, la bebida se resistía a resbalar dentro de su organismo.
Sentía que el maldito brebaje jamás sería digerido por su ser, y por eso mismo comenzaba a arraigar raíces que lo alejaban de la muerte en este su pueblo que lo vio nacer.

“¡Qué sentido tiene seguir en este lugar si no hay nadie que me espere en casa después de  cumplir con mi labor! Nadie me acobijará, ni tendrá la fortaleza de suministrar alegría a mi débil corazón”. Pensaba mientras volví a casa.
Ya en el hogar la sensatez le dijo que podía tocar su armónica sin la necesidad de acalambrarse los músculos en una vieja banca con el viento pegándole en la espalda. No le hice caso a la cordura; la música era su único refugio y sentir en su cara arrugada la brisa congelada le recordaba el roce de los finos dedos de Amelia al despertar.

*

Unas notas intermitentes acompañaron a la soledad de Fermín en sus últimos instantes, entre un murmullo y otro se entregó a la muerte que le esperaba de brazos abiertos.
Las hortalizas de la muerte que se encontraban debajo de él se desprendieron con tanta delicadeza que no le fue necesario utilizar la hoz a la Dama de Negro para llevarse al músico al mundo desconocido. Quizás ahí podría encontrarse con oídos abiertos que se deleitarán con el sonido de la armónica.

Los dos se fueron volando, atravesaron las nubes cargadas y de la armónica se escapaba un MI-MI-MI-DO que sonaba por todo la ciudad.
Un MI-MI-MI-DO que iba de las montañas hasta el puente carretero. Todos los ciudadanos podían escuchar la música de Fermín; curiosamente la mayoría reconoció que era la monótona canción del viejito de la Iglesia, ese que sin falta tocaba la armónica hasta la hora del desayuno.
La música viajaba entre casas y edificios,  en el parque, y retumbó en todos los elevadores para asesinar el silencio molesto entre la Planta Baja y el piso deseado.
Conforme ganaban altura el sonido se hacía cada vez más distante, poco a poco la armonía era atesorada por las nubes banqueras hasta que fue imperceptible al ras del suelo.

Al día siguiente continuaron las actividades rutinarias. La ciudad se ponía en pie, peatones cruzaban por la iglesia. Sólo unos cuantos se preguntaron dónde estaba aquél anciano de la armónica.
Voltearon de reojo hacía el interior del templo pero les fue imposible ver, sus puertas estaban cerradas. En el instante en que sus miradas volvieron al frente comenzaron a notar ciertas particularidades del lugar ¿Será por la falta de música? Sabrá Dios.
Todos los árboles estaban pelados y  la pintura de los edificios estaba carcomida. Un silencio tan escalofriante se perpetúo en el lugar, era tan solemne el silencio que hacía que todo luciera desagradable: las delgadas ramas en el piso, las banquetas mal pintadas, los juegos distantes del parque…
“Este un lugar nefasto para vivir” Pensaban los habitantes mientras seguían caminando todos cabizbajos y tratando de recordar la bella armonía de Don Fermín.
Es cierto que la partitura de esa canción nunca fue escrita. Inclusive, algunos desesperados violaron la casa de la pareja fallecida, voltearon los cajones y husmearon detrás de la cocina, pero les fue inútil, no había rastro de alguna nota de sol escrito sobre un papel.
Resignados abandonaron la misión en el atardecer.

—¿Han encontrado algo?— Decían las voces distantes.
—Nada—. Contestaron los adolescentes asqueados del lugar que les rodeaba.
—Creo que mi inconsciente ha tratado de decirme algo desde hace mucho tiempo, pero siempre me ha dado miedo conectarme con ese genio maligno— Dijo uno de los asaltantes.
—¿Qué te decía?—Le contestaban en unísono.
—Trataba de decirme que, a lo mejor, era tiempo de partir de este lugar y buscar tierras más soleadas por el Sur—.

Fue todo lo que necesitó el pueblo para comenzar a hacer maletas. Algunos infantes lloraban por abandonar ese lugar ¡Pobres de los mayores, no entienden que hasta el monstruo más aterrador tiene su encanto!
Los niños albergaban esperanzas de encontrar al viejito tocando la armónica detrás de la iglesia… no fue así.
Se vieron obligados a seguir marchando como soldaditos de plomo, en una búsqueda incesante de los zapatos de Don Fermín. Tal vez podrían estar enterrados bajo la horajasca.