Libros: fijación, delirios, y demás peripecia


Mal que nos pese,  todos somos ficciones”- Jorge Volpi.

Me es imposible entrar a una casa desconocida sin fijarme en los libros que habitan en ella. Es una perversión que seguramente descubrí en la biblioteca de mi abuelo cuando era niño. Desde mi perspectiva como infante, en esa pequeña habitación había miles de ellos: religión, historia, literatura española, el Siglo de Oro, literatura universal, la colección Austral. Todos apilados en un orden complejo que sólo el Yayo podía comprender, a fin de cuentas el orden no es lo importante sino el misterio somnoliento de la palabra.
Al entrar a su recoveco me decía a mí mismo: “Todos estos libros son mi abuelo, por eso sabe tantas cosas”.
Pensamiento acertado. Todos comenzamos siendo personas y concluimos como personajes.

Esa esquina se convirtió en lugar de culto debido a la idealización. Por consecuente mi concepto de biblioteca mutó drásticamente, de “local donde se tiene un considerable número de libros ordenados para la lectura” a “la cueva donde se forja el carácter de las personas”.
Desde ese entonces me planteé el objetivo de tener un santuario para mí mismo.
Anhelo que en el futuro algún miembro de mi familia podrá descubrirme mediante las lecturas que haga. Esa idea me cautivo de tal forma que planteo los mismos encantos de neftalina, telarañas, papeles por doquier y el olor de las esporas que tanto dañan a los pulmones.

Es por esto que al entrar en una casa desconocida me fijo en los libros. Se pueden hacer bocetos de los personajes que habitan ahí mismo.
La idea se torna absurda si concluimos que por tener “Crimen y castigo” junto a “Los miserables” estamos hablando de una familia retorcida que es incapaz de seguir los lineamientos estipulados por la autoridad. Sin embargo, se palpa una moral preocupada por el sentir de la sociedad.

Volviendo a los recuerdos literarios, mi padre solía llevarme a la vieja librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo, en ese entonces no tenía escaleras eléctricas ni sillones, menos la gran colección de libros de arte que se esconde junto al patio.
En ese preciso espacio se encuentra ahora la Gandhi de oportunidades, donde están los libros en oferta. ¡Qué destino tan cruel! El libro termina con diez estampas de promoción, embodegado, encadenado a una oscuridad permanente.
Fin trágico.

Total… en uno de los tantos trayectos que hice como niño a ese lugar tomé un libro de los “Picapiedras”, casi lo terminó de leer mientras mi papá compraba otros con una plusvalía literaria asegurada.
Me senté contra la pared, detrás de un librero móvil. Debió pasar más de media hora pero no lo noté. Cansado de leer salí de mi escondite en su búsqueda.
—¿Me puedo llevar este?— Dije apenado.
Se tardó en contestar, al parecer estuvo como loco tratando de localizarme, inclusive salió a la calle para ver si no estaba ahí; en vez de regañarme se tranquilizó y aceptó que me llevará a los “Picapiedras” más por culpa que por gusto.

Desde hace tiempo mi honorable padre dice que ya no compre libros, o por lo menos que cambien de manos una vez que haya terminado con ellos.
—No hay suficiente espacio— dice él. Siempre hay espacio para más, y, cuando se acabé planeo construir muebles con fondo profundo para categorizarlos.
Verdad es que soy envidioso. Sólo a dos o tres personas se los llegó a prestar, siempre con la misma advertencia: Nada de fluidos que puedan afectarlos, tiene que volver a mí en el mismo estado en el que lo dejé.
Afortunadamente han seguido mis instrucciones y el intercambio sigue latente.
Es desagradable tener que regresar un libro, en parte no estará ahí para recordar el nombre de un personaje o releer dos o tres páginas que nos hayan cautivado anteriormente. Es una sensación tan repugnante como despertar de una operación con un órgano menos. Te despojan de una parte útil de tu ser.
Ya lo dijo Jorge Volpi: “Mal que nos pese todos somos ficciones”, desprenderse de un libro es como dejar atrás a un romance, los personajes se vuelven amigos, y las memorias hacen sangrar a las llagas.

Retomemos la atmósfera de Miguel Ángel de Quevedo, pasos más adelante de Gandhi se localizan una infinidad de librerías de viejo o “cementerios de libros olvidados” como diría Carlos Ruiz Zafón. Lástima que pierden todo la magia y encanto de su narrativa, en estos lugares cometen el acto atroz de vender folletines sobre educación física e higiene personal a la entrada del local, si eso no asusta clientes no sé que lo haga… arriba de ellos hay un letrero con letras rojas en mayúsculas, se lee GRAN PROMOCIÓN.
Nadie en sano juicio compraría uno de esos…
Además, que persona tan inhumana menosprecia a un libro de tal forma, ponerlo en manos de esos cazafortunas podría llevarlo a un trágico final.
Desde mi perspectiva sería mejor que pasará de mano a mano, los libros tienen pinta de memoriosos pero no de pacientes.

Me estoy desviando de la idea original, ¡Ah, si!, ya lo recuerdo: estimado y arduo lector, la intención de estas palabras es que, si algún día tengo el privilegio de visitar su morada, evite miradas inquisitivas o preguntas que por pudor no le pienso contestar.
No tengo la mínima intención de robarme nada, lo peor que podría salir de mí serían teorías de conspiración sobre usted y su sagrada familia a través de los lomos que estén en su casa.
Si piensa que es un acto deshonroso lo anterior, imagínese las críticas a ciegas que podría hacer.  A veces es mejor no darle espacio a la imaginación.

Agradecido y apenado de antemano,
el escritor

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3 comentarios el “Libros: fijación, delirios, y demás peripecia

  1. Arturo Cavazos (Piolo) dice:

    Le metiste mucho feeling, me agrado mucho ha sido del top 5. nunca me has prestado un libro maldito jajaja, prestame el de la feria loca que me habias dicho. Esta muy bueno por mas criticas que tengas contra ghandi y sus promociones de 20 pesos el kilo o comprenos un jabon y le regalamos un libro de pablo cohelo. Buena y ya tienes 5000 hits enhorabuena

  2. Javier Ka dice:

    Felicidades por tus cinco mil hits. Me agradó bastante tu entrada. Es una muestra más de que, desde hace tiempo, comienza a asomarse con mayor intensidad el estilo por el que posiblemente discurra gran parte de tu trabajo. Escritos como éste me causan gran orgullo y a la vez representan una motivación para seguir escribiendo. De nuevo, felicidades.

  3. Es cierto, la idea original es sumamente atractiva, pero el resultado cae en algunos errores de bulto que deslucen el trabajo en su conjunto.

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