Viejas costumbres


“Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso”. – Gonzalo Rojas.


Viejas costumbres

Personajes:
Diana: esposa de Alejandro.
Alejandro: esposo de Diana.

Escena 1

 (La casa se muestra solitaria: muebles tradicionales de tela rayada, mesa de centro, piso de madera, al fondo y esquinado una mesa, sillas, cuadros, librero, comedor, televisión.
Sube gradualmente la luz en el escenario.
Fuertes pasos acercándose. Fuera del escenario se dicen los primeros diálogos).

Diana: Por Dios, Alejandro. Esa historia no te la cree ni la pendeja de tu madre.

Alejandro: Podrías dejar a mi madre fuera de nuestras discusiones por un segundo… sólo te dijo piruja cuando teníamos diecinueve.

Diana: ¿Ahora vas a defenderla?

Alejandro: (suspiro) No se trata de eso…

(Entran actores a cuadro).

Diana: (voltea vigorosamente, lo señala) ¡Entonces qué! Nunca me has dado mi lugar enfrente de ella. Te quedas sin agallas al entrar a su casa, cobarde.

Alejandro: Las dos están locas ¿Por qué no me dan respiro? Si tanto la extrañas toma el coche y regrésate con ella.
Tus gritos me han producido una jaqueca.

(Alejandro se sirve un trago, se dispone a beber pero Diana vuelve a tomar la palabra).

Diana: Llevas tres años haciéndome sentir miserable ¿No te cansas? Estoy harta de esperar, de no sentir, de tus molestas rutinas y tus ronquidos al dormir.
Estoy harta de esta casa sin ventanas, de su color amarillo y el silencio nauseabundo que reposa aquí.

(Alejandro pone los ojos en blanco, se quita los zapatos).

Alejandro: Tú quisiste esperar para que nuestra relación creciera, además el diseño es tuyo…

(Diana se aleja del escenario, sale hacía el comedor. Alejandro mueve la mesa del centro y coloca los pies sobre ella. Ríe en voz baja y toma el periódico.
Ella se queda al borde del escenario y dice:)

Diana: Vete a la chingada.

(Alejandro no contesta).

Diana: Entonces, ¿Qué? ¿Otra noche de televisión?

Alejandro: ¿Ya no estás enojada?

Diana: Contéstame, para ver si me cambio o no.

Alejandro: Con tanto coraje nos vamos a matar. Mejor otro día.

Diana: No voy a estar aquí para siempre.

Alejandro: Siempre lo has estado…

(Cambio de iluminación, actuación de múltiples actividades individuales en las que los dos se puedan vigilar: leen el periódico, toman el café, costura, etc.).

(Luz cálida, atardecer).

Diana: ¿Te preparo algo de cenar?

Alejandro: Nada especial; algo combine con cerveza y gastritis.

Diana (sonríe): Un Pepto Bismol.

(Alejandro deja el periódico, la voltea a ver y sonríe).

Alejandro: Lamento que tengas que ver tanto a mi madre. Son días complicados.

(Se acerca poco a poco, toma su cintura suavemente y besa sus labios. Ella acepta fríamente al inicio y poco a poco se entrega).

Diana: Lamento que esa enfermedad esté acabando con la paz de todos.

Alejandro: Eso no lo podemos decidir nosotros, ni nos incumbe; sin embargo, tú siempre has estado loca.

Diana: Será que lo aprendí de mi familia política.

Alejandro: ¿Otra vez a lo mismo?

Diana: Tú lo trajiste a colación.

Alejandro: Apenas comienzo y me lanzas un balde de agua fría encima: mi madre…

Diana: No es para tanto; anda que me hace falta un revolcón.

Alejandro: Perdimos la magia ¿No es cierto?

Diana: Serán las ganas…

Alejandro: Estamos demasiado viejos para saltar del techo a la cama y de regreso

(Pausa larga)

Alejandro: Tengo hambre.

Diana (lo voltea con indignación): Ya somos dos, pero nunca hay afrodisíacos en el refrigerador .

Alejandro: Será que el sueldo no alcanza para tanto

Diana: O que somos cada vez un poco más avaros.

(Cambio de luces, una vez servida la cena, movimientos acelerados sobre la mesa del comedor).

Alejandro: Me voy a dormir que mañana el jefe llega temprano, ¿Tú qué vas a hacer?

Diana: No lo sé. Ir al parque, pasear un rato.

Alejandro: Lo que sea menos llenar el closet de zapatos.

Diana: Me cansé de tanto hablar, mejor voy a  dar una ducha con agua fría.

Alejandro: No te servirá de nada, los dos estamos condenados a  ser tibios.

Fin de escena 1

*

Escena 2:

(Negro total, simular amanecer. Los actores se arreglan para sus actividades cotidianas).

Diana: Voy a dar un paseo por la calle. Todo lo de ayer fue un malentendido ¿Cierto?

Alejandro: Depende, lo de tu locura es un hecho, sobre nosotros…  ya no distingo el enojo del deseo.

Diana: Quizá sea lo mismo.

Alejandro: Nunca es lo mismo. Si fuera así quisieras golpearme y consumirme a la vez.

Diana: Parto antes de que nos enojemos. Dame un beso, tonto.

Alejandro: Ven por el.

(Diana con una sonrisa en la cara se da la vuelta y antes de salir por un costado del escenario dice):
Diana:
Vete a la chingada.

(Alejandro se vuelve a reír, toma su sombrero y sale por el mismo lado del escenario.
Pausa de un minuto, para mostrar el escenario. Debe lucir cálido a medias, como una casa habitada con un cuarto abandonado).

(Llegan juntos los personajes).

Diana: Sabes, Alejandro, extrañaba eso; alejarnos de la rutina y los intentos fallidos. Fue una buena idea ir por ese helado.

Alejandro: Me sentí joven de nuevo.

Diana: ¿Notaste la mirada de todos?

Alejandro: Sí, un poco… me sentí fuera de lugar. Al parecer está prohibido cortejar a tu esposa después de la boda.

Diana: Hoy la pasé bien. No importa qué piensen los demás. Nos tenemos el uno al otro.

(Suena el teléfono, contesta Alejandro).

Alejandro: ¿Sí? (pausa) Ahh, madre. No, no, dime. Aham… ¿Otra vez?, ¿Estás segura? Vamos para allá. (pausa) Sí, viene conmigo. (pausa) Bueno, lo siento es mi esposa. (pausa) Adiós.

(Alejandro voltea a ver a Diana que comienza a llorar y sale del escenario. Se oscurece el escenario poco a poco, Alejandro entra del mismo lado que Diana).

Diana: Estoy segura que lo hace a propósito; la primera vez que pasamos un rato amigable en años, minutos después tu madre se entera y tiene su quinto infarto este año.

Alejandro: ¿Acaso insinúas qué finge su enfermedad para arruinarnos la vida?

Diana: Claro que no…  (pausa) pero es tan inoportuna.

(Nuevamente Alejandro se acerca a la mesa, sirve un vaso con licor y cuando se dispone a tomar, dice:)

Alejandro: No es correcto el desear el mal a alguien mas.

Diana: Estoy exhausta. Adiós.

Alejandro: Acompáñame a cenar, tan siquiera.

Diana: Ya está todo listo, sólo caliéntalo en el microondas.

(Actores desaparecen de escena mientras el escenario poco a poco se oscurece).

Diana: He dormido tan mal.

Alejandro: Será por tus negras intenciones.

Diana: Seguramente, tuve un sueño tan raro: estábamos los dos aislados en esta casa sin mas que hacer; condenados a la soledad. Como en el cuento de Cortázar, los espíritus nos iban robando el espacio vital, y  de poco en poco se iba acabando el aire entre nosotros.

(Pausa).

Alejandro: Qué raro… yo nunca recuerdo mis sueños; sea para bien o para mal ¡Qué comentario tan desolador! Sin embargo pienso que así es mejor: uno debe vivir esperando lo menos y recibir lo venidero de la mejor forma posible.

Diana: Inspirador, pero falso.

Alejandro: No se puede pedir todo en esta vida.

Diana: ¿Eres feliz?

(Suena un reloj de pared que no aparece en escena).

Diana: Te salvó la campana.

Alejandro: Al parecer, nos vemos en la tarde. ¿Me regalas un beso?

Diana: No te lo mereces…

Alejandro: Está bien, pero luego no te quejes de que regalé mi boca al primer postor.

Diana: Jamás, sólo la educarás para su dueña.

Alejandro: Vete a la chingada.

(Risa de los dos; la pareja se besa y después se separan poco a poco, disfrutan del agónico momento de paz).

Alejandro: Te invito a cenar ¿Te parece?

Diana: Olvidas que tu madre está en el hospital.

Alejandro: Alguien debe de estar cuidándola.

Diana: Eres el único hijo que se preocupa por ella. La odio, pero te necesita.

Alejandro: En serio, merezco un momento contigo.

Diana: Te lo pido.

Alejandro: Simplemente eres imposible… ¡Desde cuándo te preocupas! La has considerado el mayor impedimento de nuestro matrimonio, cuando decido apartarla, la sitúas de nuevo. Eres impredecible.

(Diana trata de hablar pero Alejandro no se lo permite).

Alejandro: No te quiero escuchar…

(Se acerca a la licorera, la sujeta pero le tiembla el pulso demasiado como para servirse un trago. La arrastra nuevamente al piso.
Diana acongojada busca algo que decir, da unos pasos hacía él pero decide alejarse. Tartamudea y se toma la cabeza).

Alejandro: Vuelvo a la hora de cena.

(Sale del escenario con pisadas fuertes y largas).

Fin de escena 2

*

Escena 3

(Alejandro entra sigilosamente a la sala, deja los zapatos en la entrada y camina de puntitas para no despertar a Diana. A medio camino se arrepiente. Se acerca al bar, toma el vaso de escocés que dejó servido, prende el televisor).

(Sonido de noticiero).

(Diana enciende las luces, se le ve agitada).

Diana: ¿Desde cuándo entras a la casa como un ladrón?.

Alejandro: No lo sé, desde que habito con desconocidas.

Diana: Es tarde. Anda, vamos a dormir.

Alejandro: Adelántate, ahora te alcanzo. Quiero estar un rato a solas.

Diana: Hemos estado todo el día distanciados. Déjame ayudarte o por lo menos acompañarte… escucha, no podemos permitir que lo nuestro se desmorone de esta forma. Hemos pasado por cosas más drásticas: recuerdas cuando tu madre nos prohibo que nos viéramos.

(Alejandro apaga el televisor y voltea a verla).

Diana: O cuando a los veintiuno tuvimos el susto del embarazo que no se ha repetido…

(Silencio).

Alejandro: El viaje al mar y luego a la montaña.

(Diana se acerca al sillón).

Diana: La caótica Luna de Miel.

Alejandro: Nuestro primer día en esta casa.

(Ella toma asiento).

Alejandro: El cuarto del fondo que permanece vacío… ¿Por qué no hemos tenido un hijo? A mí, realmente no me importa eso; me falta tu fragancia juvenil al abrazarte… después de tantos años no he vuelto a sentirme igual.
No recuerdo el último momento de sentirte en mis brazos, frotar tus caderas, aspirar tu cabello, rozar mi nariz con tu cuello, deslizar mi boca enfrente de la tuya y no sentirte a ti, sino eso que me provocaste, hace años que no sé lo que siento por ti, porque no te figuras de ninguna forma.
No te extraño, no te siento, no nada; simplemente reposas y resucitas cada dos o tres minutos. Con una mirada, tu sonrisa al amanece, la forma tan tajante para denegar mis besos.

(Se para del sillón).

Alejandro: ¿Será que toda la vida he tratado de permanecer enamorado de la adolescente que eras? De esa persona que dejó de existir en el pasado.

(Da vueltas por el salón).

Alejandro: Dime tú ¿Cómo te olvido? No puedo dejar atrás ese fantasma juvenil de cadera anchas y senos pequeños, cabello lacio y la fragancia que dejabas en mi ropa.

(Diana trata de hablar, pero le es imposible).

Alejandro: ¿Me enseñas a mentir? No sé si fue la edad o perdimos la inocencia conforme superamos los obstáculos.
A pesar de todo, siempre tengo el mismo pensamiento ¿Qué tal si lo mejor está por venir? Cómo desprenderme del pasado…
Sólo sé que estoy condenado a amar eso que fuiste y que nunca volverás a ser.
¿Ahora qué? Dímelo tú. ¿Será que ya lo tengo todo y mi insaciable voracidad siempre me pida más? No lo sé; ¿Realmente eres mía? ¿Me sigues queriendo? Explícame como he de retornar a ese que fui ¡No puedo parar el tiempo! ¡Y mi promesa de amarte de por vida se la llevó el viento como una simple buena intención!.
No, no, no ¿Cómo recuperar el territorio perdido? ¿Cómo asombrarme con tu cadera si la conozco a la perfección? A lo mejor el amor no dura una eternidad; nuestro error es eso: Llevar nuestro amor a los tiempos extras, seguir a pesar de los calambres y la falta de cambios.
Por qué no detenerlos mientras fue exquisito, simple, delicado.
¡Ahora qué! ¡Ahora qué, carajo! ¡Cómo irme! Si estoy atado a algo que ya no existe ¿Cómo romper con tu encanto?

(Diana escucha aterrorizada, comienza a llorar. Alejandro quisiera dejar de hablar pero no puede desconectarse de ese “yo” que sigue liberándose.
Él se toma la cabeza y por fin le da un trago a su bebida que lleva días sobre el mueble del bar. Se le ve más compuesto tras unos cuantos instantes. Retoma su diálogo).

Alejandro: Sabes que es cierto: el amor es una ilusión que dura cinco minutos y, uno pasa toda la eternidad en busca de ese tiempo perdido.

(Silencio).

Diana: Así es, se nos acabó la rebeldía al igual que la juventud. No queda más que escombros en el piso minado ¿Eso es lo qué quieres? Tormentos, prohibición y problemas judiciales.

Piénsalo bien: esta podría ser nuestra época dorada o la resulta de nuestros días de libertinaje.

(Camina hacía el cuarto).

Alejandro: Espera…

(Diana voltea con lentitud).

Diana: Estoy tan harta de ti.  Me voy a dormir.

(Alejandro toma su vaso y contempla la pared hundido en el sillón, Diana sale lentamente del escenario).

(Oscurece el escenario).

Fin de escena 3

*

Escena 4

(Escenario apagado, mantenerlo así lo suficiente como para incomodar a la audiencia. Gradualmente encender las luces nuevamente, simular amanecer).

Diana: Me voy antes de que te vuelva a dar una crisis por la edad.

Alejandro: Lamento todos estos días complejos. Los sustos y los actos de la irresponsable de mi madre; pero, si lo piensas bien, siempre ha sido así. Una lucha interminable contra el monstruo de cabezas cambiantes: la economía, el prefecto de la escuela, tu portero… en fin.
Nuestro amor es guerra; sí, (pausa de reflexión) eso es. Nuestro amor es lucha, tan sólo que cambiaron los enemigos. Nos estamos combatiendo ¿Cierto?.

Diana: Tú te estás matando a ti mismo con esas regresiones. No sé por que lo haces, quieres vivir del recuerdo. Lo nuestro se está desmoronando por el tiempo, por la rutina,  y por la falta de sexo.
Así de simple ¿No te dijeron que el matrimonio es una bomba tiempo? Que, a veces el amor no es suficiente, y las mañas del prójimo son suficientes como para querer desprenderse de las cadenas.
Total, cariño… así es esto. Hay que asesinar tu instintos melancólicos a tiempo, sino correrás por la primera adolescente que te guiñe un ojo y te suelte una mirada lasciva.

(Coloca un pasador en el cabello y se dispone a salir).

Alejandro: Ahora que lo recuerdo te debo una ida a cenar ¿Nos vemos aquí a las nueve?

Diana: Jamás, menos después de lo ayer.
Eres tan impulsivo, tan insensible. Alardeas tu capacidad de amante pero olvidas la sutileza al decir las cosas. Nunca hablaste de nosotros, sino de tu sentir, de tu pesar… egoísta.
¿Pensaste en el daño que hiciste en ambos o el ocurrido en tu imagen abstracta del amor?

Alejandro: No pensaba en nada, estoy tenso. Mi madre se va a morir, no sé cuando pero pronto. Por igual que nosotros, nos estamos matando. Basta de tantos reclamos, ¿Vienes o no?.

Diana: Vete a la chingada.

(Alejandro se voltea dispuesto a salir, da tres pasos. Siente una mano alrededor de la suya).

Diana: Está bien, tú ya lo has dicho:  esto siempre será igual. 

(Cierran la puerta a sus espaldas y suena el teléfono, una una y otra vez).

*

Fin de escena 4.

Fin de la obra.

Foto extraída de: http://alturl.com/oi8d4

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Un comentario el “Viejas costumbres

  1. MauZ dice:

    Y la bendita costumbre de querer romper la rutina siempre seguirá ahí.

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