Una buena mujer


“Fue sin pretensiones de amor ni ser amada, aunque siempre con la esperanza de encontrar algo que fuera cómo el amor, pero sin los problemas del amor”-Gabriel García Márquez

*

“No podrías estar con una buena mujer, Penella” manifestó mientras los cubos de hielo aterrizaban en sus labios finos.

“Simplemente, no. No es tu estilo”.

Únicamente el largo de la mesa cuadrada los distanciaba. Sin embargo desde su periquera podía aspirar el amor amor de Cacharel que se desprendía tranquilamente de su piel blanca y aterciopelada.

“Por qué… no lo entiendo” dijo el joven que agudizaba su pensamiento para romper sus propios paradigmas.

“No lo sé, simplemente eres así” las palabras salieron entre una humarada de tabaco. Conforme pasaba el tiempo los vasos se acoplaban en la mesa. El mal servicio traía nuevos elixires dejando los envases vacíos como trofeos de glorias pasadas.

“Además de tu mal gusto, sigue siendo evidente que no has podido encerrar tu afán aventurero…” Penella suspiró, escuchar sus propias desgracias proviniendo de una boca tan exquisita era un ritual masoquista; sentía un deseo irresistible de apartarse de aquél lugar y dejar a la mujer hablando sola, pero, alejarse daría paso a todas las aves de rapiña que voltean a ver sigilosamente a su compañía.

La mujer seguía con su discurso. Siempre han tenido problemas para economizar lenguaje, sobre todo cuando es mejor no emitir sonido alguno; seguramente citaba sus malas decisiones, la facilidad con que se dejaba destruir y cómo a pesar de todo mantenía absurdas esperanzas hacía el amor.

“(…) eres como un hombre de otro siglo”. Sentenció orgullosamente, cómo si esas palabras fueron el remate de una novela bien trabajada. Las demás palabras no llegaron a sus oídos. seguía pensando si necesitaba mujeres o la simple ilusión del amor lo podía entretener hasta el fin de sus días.

Musicalmente la atmósfera cambió radicalmente de los Eagles a una banda en vivo que lo hacía realmente mal. Tipos frustrados que tienen la osadía de destruir clásicos, no es que necesariamente sean buenos, simplemente el oído se acostumbra a la versión original.

“No sé porque sigo viéndote, siempre acabamos en lo mismo. Tus opiniones críticas complementan tu egolatría”. Después de diez minutos Penella tuvo el atrevimiento de contestar.

“Regálame otro trago si quieres que te siga soportando” agregó.

“Pide lo que quieras. Dame dos segundos” Dijo Ella mientras se paraba de su lugar, sujetó su bolso y con la elegancia de una modelo se adentró en las puertas corredizas.

Penella siguió su caminar hacía el tocador; mientras la veía pasar recordó porqué no debía enamorarse: orgullosa, tormentosa, bella e interesada.
“Casi una mujer perfecta para mí” pensó. 

*

“Inepto, no has pedido nada. Si voy a pagar tu borrachera tan siquiera que sea con algo que me guste”. Encargó al mesero dos martinis mientras arreglaba la falda para poderse sentar.

“Te decía, no es que te esfuerces de más sino que eres terco. Si una idea te entra en la mente la explotas hasta su última potencia”. No le gustó el resultado de la frase y se mantuvo estoica por unos instantes. Mientras tanto, Penella esperaba su trago. Tenía sed.
Ella lo veía poco, ya se conocían, no hay necesidad de retener la mirada ante los viejos conocidos. Los dos reconocen la verdad de la mentira por las vibraciones en la voz.

Desde el micrófono el vocalista daba gracias al país entero ¡Cómo si toda la población tuviera la desfachatez de viajar para semejante espectáculo!.
Penella hacía retumbar los dedos sobre la mesa con rapidez. Vio sus dedos eran largos y delgados, cliché de pianista.

“Si una idea entra en tu mente la explotas hasta la última instancia -sonrió ante su corrección-. Antes de continuar llegaron los tragos. Él agradecido dio el primer trago.

“Otra cosa” dijeron los labios afinados.

“¿Te has dado cuenta que utilizas muletillas antes de empezar a hablar?.” Contestó él copa en mano.
Ella vestía una falda a arriba de la rodilla con cinturón incluido; pasando su esculpida cintura una camisa de tirantes color blanca complementaba el conjunto.

“Ehm… da igual. No trates de distraerme, Penella.” Sonrió y mostró su dentadura blanca, alineada, contrastante, simulante de marfil.
“Tú problema es que vives fascinado por la intensidad del amor, por eso mismo eres incapaz de ser ser correspondido” dijo la torneada mujer. “Es imposible enamorarse de ti porque tú no amas a las pésimas mujeres con las que tienes el infortunio de salir sino que te enamoras del amor mismo”. Sentenció.
Su acompañante ya no escuchaba, más bien se concentraba en su escote.

Me podría casar con Ella ¡No ahorita, claro! En unos veinte años. Sí, sí. Yo de cincuenta y cinco. Podría compartir el piso; es tan orgullosa que compartiría la renta. siempre elimina cualquier nudo que atente contra su libertad.” pensaba Penella acercando la copa vacía a su boca.
Mala costumbre esa de beber, una vez que se empieza cuesta trabajo detenerla.

“Todas las que te he conocido están locas, medio zorpilas. (término de definición hasta ahora desconocida, utilice el adjetivo ofensivo que prefiera querido lector) En fin, cuando una se va llega otra peor que la anterior”. Decía Ella.

“Necesito una buena mujer, más de lo que necesito de una máquina de escribir; necesito tanto una buena mujer que puedo saborearla en el aire, puedo sentirla en la punta de mis dedos, puedo ver veredas construidas para que sus pies caminen sobre ellos”. Estaba tan exhorto en sus pensamientos que, involuntariamente movió la cabeza hacía la derecha; del techo colgaba una mujer de luz león verde, en la boca detenía una botella de cerveza. Se preguntó si su acompañante que no paraba de hablar sin ropas tendría la misma anatomía.

“Tu problema con las mujeres es que las buscas bellas y se sienten culpables por serlo; por eso andan repatriando su atributos por doquier.
He de aceptar que de las últimas que me has comentado no han estado tan mal; son más ingenuas que tontas… no te entiendo del todo ¿Eres ciego o cobarde?”

Si le digo que la amo ¿Qué pasaría? Total, el “no” ya lo tengo en la bolsa…”

Así es, aunque finjas no escucharme sabes que es cierto: la línea entre el amor y el capricho se difumina en cada andar” dijo entre carcajadas. Al pensar el comentario un halo de tristeza apareció en sus ojos, por un instante se vio reflejada en la misma situación.

Un silencio incómodo nació en la mesa. Al menos para Ella porqué Penella y sus oídos medio sordos de milagro escuchaba lo que decían. Toda su atención se centraba en sus labios.

Y si me atrevo a besarla. Siempre he querido recibir una bofetada de rencor femenino. De seguro ni duelen, después del beso de una chica guapa nada puede salir mal”. Una voz en su interior le decía que era mala idea.

Necesitas una buena mujer; de esas pocas que tienen instinto maternal. Acéptalo eres como un niño, te tienen que atar, poner cuerdo…”

Escucha… sé que parece una locura” empezó a decir con lengua corrediza Penella. “Olvídalo no tiene sentido; me vino a la mente tu historial de amantes y se me revolvieron las tripas”.

Volvieron a resonar los discos en lugar. Los habitantes del bar ya han perdido interés por la mujer de la mesa del centro; el bartender comenzaba a pedir propina para servir tragos, se vislumbraba la media noche en todo su esplendor.
La mente de Penella trataba de bloquear el habla. Quizá por eso no se le entendía bien,  o sería la bebida. Sabrá dios.

“¿Has releído alguna de tus obras?” preguntó Ella. “Deberías hacerlo, te sorprendería la mutación de tus futuros personajes. A lo mejor, algún día, podrás escribir una historia de amor con final feliz”.

“Creo que nadie ha leído mis obras, fuera del minúsculo grupo de amistades que he podido mantener a través de los años. Los finales felices solo sirven en el albur. El estar enamorado ofusca el pensamiento, aleja a la claridad… nunca he podido escribir durante una relación; por eso no tengo “finales felices”. Contestó Penella malhumorado.

“Necesito una buena mujer más de lo que necesito escribir”. Dijo para sus adentros.
“¿Dices tú que necesito una buena mujer?” aseveró Penella con voz entrecortada. Los ojos le pesaban; llevaba demasiadas horas sentad; temía del viento; había bebido en exceso. Dicen que la oxigenación después de tres tragos nunca es buena…

Abrupto en sus pensamientos Penella acabó clavado en la silla, Ella le dijo que tuviera paciencia, que no debía tomarse todo tan en serio… que, a veces, el amor es un juego cruel inventado por los niños para hacerse daño, entre otras muchas otras cosas que le subieron artificialmente el ánimo. Quiso corresponder ante tanto cumplido pero no pudo, sólo pensaba en lo amargo de su soledad y lo bien que le caería un beso antes del amanecer.

“No te olvides de los amigos” Dijo Ella hora atrás… cómo era su costumbre pagó la mitad de la cuenta. “Orgullosa, haces cualquiera cosa para sentirte libre”.
!Ah, los amigos! Siempre que se necesitan, decepcionan!” alcanzó a decirle antes de la huida.

Con tedio el mesero se acercó hasta su lugar; tomó la billetera que simulaba piel y exigió la mitad restante. Una vez depositados los billetes preguntó si se le ofrecía algo más. Rechazó la solicitud meneando de lado a lado el dedo índice.
Las luces del lugar se fueron atenuando de poco en poco. El último cliente del bar tomó su abrigo y abandonó la periquera metálica.
Sin mala intención deseo la muerte del mesero que ya volteaba las únicas dos sillas que no estaban sobre las mesas.
Le suplicó que cerrara la puerta al salir.

Penella por primera vez sintió el peso de sus treinta y cinco años en la espalda… al abrir la puerta los rayos del sol iluminaron su camino. La luz cegó sus ojos; con determinación dio un paso al frente, estrelló con vigor la suela del zapato al asfalto. Se sintió como un niño que comenzaba a caminar: mucho esfuerzo y poca técnica.
Abandonó el lugar con una nuevo boceto que convertir en historia, y dijo para sí mismo en voz alta:

“Sé que existes buena mujer”
“Sé que existes”.

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