En mi coche


“Truth is, everybody is going to hurt you; you just gotta find the ones worth suffering for.” -Bob Marley

Mario se sujetaba con todas sus fuerzas al volante; no veía nada a su alrededor, sólo la luz fría de la ciudad al pasar.
El asfalto se esforzaba para mantener al ras del suelo al pequeño vehículo que corría revolucionado. No ha parado de llover desde que salió de la heladería, de hecho, desde que fue a recogerla ya había unas cuantas gotas de lluvia sobre el espejo, pero no se había percatado de ello.
Todo gritaba que sería un mal día: nubes grandes, en un panorama triste y sombrío. Las hojas de las árboles cada vez estaban más secas, se resistían a caer. Inevitablemente el viento terminarán por tumbarlas al piso nevado de Madrid.

El velocímetro marcaba 130 kilómetros por hora. Ningún otro automóvil circulaba alrededor, era demasiado tarde para dar un paseo y demasiado pronto para salir a trabajar.
Desde el retrovisor se podía ver las líneas blancas divisoras de los carriles, una y otra raya interrumpida por pocos centímetros quedaban en el horizonte atravesado.

Mario observaba como los recuerdos de su última relación amorosa resbalaban sobre el cristal, iban dejando un estela de dolor hasta que los limpiaparabrisas los arrojan lejos de su ser sin decencia alguna.
Dos años junto a ella veía traspasar entre curvas y acotamientos… no sabía por qué las cosas debieron terminar de esa forma. Ni siquiera tuvo la decencia de darle una razón en especifico.

Esa mañana llegó hasta su escuela y se besaron enfrente de la puerta con pasión, como aquella vez que le regaló el “sí” después de tantos intentos fallidos… desde un comienzo su relación estaba enferma porque el amor no se mendiga, se merece… como fuese, ese beso, no se parecía a ninguno de los que le había regalado sin amor. Éste era uno de despedida.

Enfrente de él se encontraban los letreros que anuncian las zonas de curvas peligrosas, pero su visión era distinta, ante sus ojos sólo aparecía la foto de los dos durante su cumpleaños; él con su polo verde y ella con un sweater rosa. Sus ojos azules se convirtieron en el primer plano de la misma, simplemente era imposible dejar de verlos. Fernanda abrazaba a Mario que se encontraba sentado con una cerveza en la mano. Ella reposaba la barbilla sobre su desordenado cabello y sonreía a la cámara mientras lo abrazaba.
A lo lejos, la luminosidad de un trueno rompió con el encanto de sus ojos. No había más que curvas cerradas, una tras otra… habían prometido siempre quererse pero al parecer no fue así. Malditas palabras, todo suena tan bello, tan fácil, tan simple. Explícamelo, Fernanda ¿Qué le hiciste a tu amor? ¿Por qué no te llevaste el mío? pensaba con los ojos enlagrimados.

El viejo Corolla color vino tinto esparcía ríos de dolor cuándo transitaba encima de los charcos. Mario tenía la fija obstinación de viajar en su coche a todos lados, porque ya no tenía un hogar propio, su casa era ese amor.
El amor, es el anhelo de abrazar a alguien y no querer soltarlo nunca más, hacer de la otra persona un refugio seguro donde se pudiera huir de la realidad. Ahora dime, ¿Qué fue de tu amor y por qué el mío sigue latente? decía para sus adentros.

Se sentía tan desolado en ese momento que su propio reflejo sobre las imágenes que, no paraban de aparecer sobre el trayecto, le hacían sentir vivo. Aunque únicamente fuera para sentir mundanidad, verse ahí mismo junto a todas sus memorias perdidas era un sufrimiento tan exquisito como el de estar enamorado de una mujer, a la cual, no le parecemos más que un ser repugnante.

Enfrente de él traspasaban los últimos dos años de su existencia que sean han convertido en ceniza. Ahora todo es polvo: esas cenas y los paseos en la motoneta son historia. La vez que huyeron del restaurante italiano porque no tenían plata para pagar, cuándo los descubrieron en plena sensualidad sobre el sillón del cuarto de televisión. Todo eso era pasado;  todos aquellos gratos e insignificantes recuerdos lo golpean en seco.

*

Las placas QBZ-1669 activaron los radares de alta velocidad, al parecer las curvas habían quedado atrás, igual que el amor de Fernanda por Mario.
Cada vez que esta idea revolvía su pensamiento, Mario forzaba la maquinara para conseguir más potencia, más adrenalina, más dolor… ¡Oh sí! Ya presiente otra visión ¡Ya lo recuerda! Esa primera vez que tuvo el valor de decirle que la amaba, acallando a esa vocecita que no paraba de decirle que no era una buena idea. Lo único que conseguiría era un corazón obstinando ante la imagen de una mujer que cumple con el mismo prototipo de todas las demás de las que se ha enamorado: esas mujeres que son capaces de provocar dolor y deleitar a nuestros sentidos de tal forma que la agonía y el  amor, se transforman en un mismo concepto opuesto y contradictorio a la vez.

Desde las alturas se podía observar que la lluvia había cedido lugar a la aguanieve y reposaba concentrado a unos cuantos metros de la caseta de pago. Justamente donde las parejas se detienen para observar el atardecer en un improvisador mirador, el cual, tiene como función original cambiar neumáticos ponchados. Lamentablemente era de noche y lo único que resaltaba en medio de ese humo lechoso era la delgada silueta de las cordilleras que se pintaban como una acuarela japonesa.

En Mario circulaban tantas ideas que decidió prender la radio para acallar los susurros que disparatados escupían ideas de muerte, soledad y desasosiego; una vez sintonizada cualquier estación, una voz femenina anunciaba que una tormenta eléctrica sacudiría -literalmente- al sur de Madrid. “Se le recomendaba a la población en general no salir de su hogar debido al alto riesgo de un impacto certero que pondría en riesgo vida de cualquiera”. Tras un discreto puente musical volvió la música rock de los años ochenta, de las bocinas surgió el rasgado de una guitarra, segundos después aparece un repetitivo bajo y la batería que culmina con cada acorde.
No lo entiendo ¿Ya no me quieres? No ha pasado tanto tiempo” tarareaba Mario dentro del coche. El velocímetro marcaba 150 kilómetros por hora a la mitad de la recta. La música mantenía un ritmo pausado y una voz inexpresiva. Quizás, así era él: un chico tímido que nunca encontró la forma de demostrar su amor, porque, las palabras empleadas contradicen el significado del mensaje. Entonces, a falta de imaginación, comenzó a repetirlo tantas veces que perdió su esencia, y  su amor se fue consumiendo poco a poco, como el fuego ante las brasas.

Los faros del coche al frente no iluminaban a más de dos narices de distancia. Sin embargo, los destellos luminosos arrojados por la ira de Zeús que se escondían detrás de la montaña le eran suficiente para guiarse a través del camino.
Gotas de lluvia se volvían fotografías en los ojos de Mario, le  mostraban el día que comenzó este infortunio. Veía a esa niña uniformada que comía una paleta mientras cruzaba la calle. Para entonces, él seguía esperando a su hermana que nunca tuvo mayor prisa en salir de la escuela. Es ley para los estudiantes tomarse las cosas con calma después de que la chicharra anunciaba el fin de las clases.

Marisol -hermana de Mario- se despedía de sus compañeras, con la intención de obtener una última actualización de los estados románticos de aquéllos que adoraba falsamente y de esos que odiaba meramente por la presión social.

La jovencita cruzaba la calle con lentitud. Mario absorto ante su belleza hizo sonar su claxon para hacerse notar. Segundos después se ofreció para llevarla a su casa; justo ahí se percató de lo torneado de sus piernas y del color apiñonado de su piel.
Ella lo rechazó excusándose de que vivía cerca y que la caminata le hacía bien.
Fue todo lo que se dijeron. Le bastó ese instante para perderse profundamente ante esa mirada altanera que no cedía a las malas vibras que le llegaban del asiento del copiloto.

El cielo es gris y amarillo, no queda nadie en el barrio” decían por la radio el nuevo single.

—Nos vemos— agregó la estudiante cuándo ya se adentraba al laberinto de álamos que no era más que el Parque Municipal que tenía la mala costumbre de florecer por el invierno.

—Me impacta tu mal gusto… Le dijo Marisol a su hermano que no le prestaba atención. Te enamoras de la mujer más ruin del colegio y sigues escuchando esa canción tan repetitiva—

Mientras lo seguían sermoneando, el conductor volteó a ver el reloj digital que se encontraba en el tablero. Eran cuarto para las tres. Faltaba una eternidad para el día de mañana. Sin embargo, ya comenzaba a anhelarlo. Mantenía viva la posibilidad de estacionarse en esa misma esquina y esperar a la mujer de las piernas torneadas cuándo se dirigiera nuevamente hacía el parque que, recelosamente florecía fuera de estación.

—Por cierto—le dijo a Marisol. ¿Cuál es su nombre?

—No sé porque te interesaría saberlo. No es más que una arrastrada—En el momento que escuchó la respuesta, vio como una sombra de dolor se acentuaba en el rostro de su hermano, que, dolido agachó la cabeza por un segundo…

—Fernanda Medrano— agregó de mala gana cuándo vio el efecto demoledor que ocasionaron sus palabras.

*

Temblaba de frío, el tiempo seguía su curso habitual. Cada vez eran más recurrentes las descargas eléctricas; los frenos fallaban debido a la insistente lluvia que no permitía cerrar los pistones a presión. Esto no le importó a Mario que seguía conduciendo a una velocidad imprudente.
Sus manos comenzaban a debilitarse, no tenía otra cosa de la cual sujetarse que no fuera el caucho del volante. Todo había quedado atrás, era parte de un pasado mejor. Sólo quedaban veinte litros en el tanque de gasolina para recorrer todo un país vertiginoso.
Iba en busca de un lugar donde no existiera el dolor, algún lugar donde siempre se encontrará nublado, perfecto para matar memorias.

Entró a otra zona de curvas peligrosas. El radio anunciaba que entraría un frente frío y se esperaban lluvias constante al menos por una semana más. Esto le subió ligeramente el ánimo.
Desde pequeño le han parecido más humanos los días nublados, en comparación con esos en los que el sol broncea a los pocos y quedados transeúntes de este mundo.
¿Por qué no aparecía el lugar en el que Mario se encontraría a sí mismo? Ahí nacerá con un nombre distinto, podría ser agicultor. Siempre tuvo una fascinación secreta con el campo ¡Qué bella sería la vida nueva!

Tras el anuncio de Seguridad Civil volvió a resonar la letra de la que se está convirtiendo en su nueva canción favorita. No entendía por qué la gente se hostigaba de ella si tenía tan buen ritmo; únicamente por reflejo hizo funcionar la direccionales ¡Cómo si alguien tuviese la mínima intención de acompañarlo en este viaje de soledad!

“En mi coche, la música suena en mi coche, tu llanto de niña en la noche,  y aún se oye el eco de tu risa en el asiento de atrás” decía la canción a media madrugada; por cada metro transcurrido se sentía más vacío, más frío, más distante de todo aquello por lo que alguna vez sintió cariño.
Después de ese pensamiento que le acongojó el alma comprendió la belleza oculta de las carreteras: al pasar por las altiplanicies, se empieza olvidar a los que provocaron dolor. Fuera de la ciudad nos es posible desprendernos de los demás. Y una vez en soledad, nuestras almas se embriagan con la añoranza de la compañía ajena, porque es tal la necesidad de socializar en el hombre que siente morir al no verse rodeado de los suyos.
Cuándo la tristeza se dispone a asesinar al hombre, el corazón expira el último de sus latidos, liberando al prófugo que nos abandonó el día que murió nuestra infancia.. ese prófugo somos nosotros mismos.

Tan lejos de aquí, tan lejos de aquí, en mi coche…” cantaba Mario, de pronto,un rayo se estrelló en el cerro por el que transitaba el viejo motor con ruedas que heredó de su difundo padre.
El rayo convirtió la visión de Mario una neblina blanca que se resistía a salir de sus ojos. Pisó a fondo el freno mientras simulaba con el volante el camino que su memoria a corto plazo le permitió recordar.

Pongo otra vez el contacto y mi corazón empieza a funcionar. Enciendo uno tras otro cigarro, viendo la lluvia resbalar” le hablaban satelitalmente las bocinas.
Alcanzó a poner el freno de mano. Fue inútil, lo único que consiguió fue que comenzará a girar en su propio eje. Terminó impactado contra el muro de contención; el golpe fue de tal magnitud que la guantera acabó abierta, se dirigía hacía el acantilado en compañía de su fiel amigo, el Corolla.

Quisiera largarme en mi coche, quisiera estrellarme en mi coche” Mario abrió los ojos y enfrente de él se encontró a Fernanda, la colegiala,  con su largo cabello suelto.

Y lejos de aquí en mi coche” sintió un dolor en el pecho, cómo si el cinturón de seguridad comenzará a asfixiarlo, pero se dijo a sí mismo que no era cierto, era la viva imagen de la mujer que decidió dejarlo sin motivo aparente… esa era la fuente permanente de sufrimiento. Sí, eso era… otro dolor, la memoria que no ha podido dejar atrás.

El viejo Corolla atravesó el muro de contención, nada pudo frenar su suicida trayectoria.

Y lejos de aquí en mi coche”
“Y lejos de aquí”

 

 

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3 comentarios el “En mi coche

  1. Javier K. dice:

    Excelente, como siempre.

  2. Diego Cev, dice:

    Simplemente increíble, tienes un don grandioso, a seguirle.

  3. Josepablo dice:

    Toño gracias…

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