En la cafetería de siempre


“Y en seguida la quise, porque sí, algunas veces para que nos enamoremos de una mujer basta con que nos mire despectivamente”. – Marcel Proust

“Lo conocí en un café de los portales. En que otra parte iba a ser si en Puebla todo pasaba en los portales: desde los noviazgos hasta los asesinatos, como si no hubiera otro lugar”. Recordé a Ángeles Mastretta mientras vestía frac oscuro y una boina que fue olvidada en la antigua casa donde radiqué hace miles de años.
Iba en camino al tan esperado reencuentro, ese que me perturbo durante los últimos meses.
Como lección de vida les anunció que uno nunca debe contestar el teléfono antes de las diez y media de la mañana. Nada bueno puede salir del auricular a esas horas.
Unas palomas revoloteaban a mí alrededor <<Siempre han sido un animal totalmente burdo. Estúpidos por naturaleza, nacidos para ser exterminados, lástima que nadie ha tenido el coraje de hacerlo>> Finalmente se alejaron por el estruendoso sonido del reloj cuando marcaron las doce. La hora en que habíamos acordado la cita.
Tomé asiento en un banca enfrente del café, fumé un cigarrillo. Me convencía de que no había porque estar nervioso <<Todo fue un juego infantil, una jugarreta hecha en la adolescencia, cuando vivíamos sin crepúsculos, en ese entonces los actos no tenían consecuencias>>.
No debe de haber guardado rencor ¡Fue hace tanto tiempo!… tanto que ya no recuerdo  a esas personas que éramos nosotros mismos. Sin embargo, quedaron tantas cosas sin decir… <<No no, todo fue una broma malintencionada, de todos modos tenía que irme de la ciudad>>.
¿Para qué dar explicaciones? Causan demasiadas complicaciones. No iba a resistir esa mirada desangelada, aquellos ojos cristalinos en punto de ebullición debido a los negocios de mi padre.
No, a esas edades no existían las despedidas… todo era un hasta luego. El futuro nos tenía en sus manos. Cómo adivinar que no nos juntaría hasta este mes de marzo; quince años se tardaría el destino en juntarnos nuevamente. Si por mí fuera habría destruido las actas de nuestras vivencias; una amiga de la infancia menos, no era gran cosa. Pero el destino, siempre antipático, decidió juntarnos hoy veintinueve de septiembre, aniversario de mí repentina fuga de la ciudad de Puebla.
Y hoy, mismo, yo, Maximiliano Huerta esperó junto a la catedral hasta que el cielo terminé de nublarse para reencontrarme contigo después de tanto.

El reloj marcaba la una y media. El chubasco era de tal intensidad que tan sólo las cafeterías se mantenían abiertas. Plac-Plac, se escuchaba el zapateo constante de los tacones de charol. Plac-Plac, enormes gotas lluvia aterrizaban a mi alrededor.
Las mujeres aceleraban el paso. Había llegado el peor enemigo de los peinados: el agua. Mientras tanto, en el atrio descansaban las palomas. Ojalá les de pulmonía, pensé.
Dudo que venga. Este clima no es favorecedor para resucitar memorias de antaño. Dije para mis adentros, fue algo parecido a una súplica, de todos modos, no tenía de que avergonzarme.
Se detuvo un taxi en la calle de enfrente. De sus faros surgía humo; la luminosidad me cegó de golpe. Instintivamente predije que era ella. Recordé la forma de sus labios, y el lunar que coqueteaba con la media luna de sus tiernos labios… esos que besé y traicioné. Finos labios despojados de mi miel. Esos que olvidé tajantemente en una estación de tren, porque mi vida se mudaría a la capital.
Una cortina de lluvia caía sobre mí, pero yo, absorto en mis pensamientos, no me percaté de ello hasta que los dedos de los pies comenzaron a congelarse; entonces ingresé a la cafetería. En pocos segundos sobre la mesa ya tenía un taza de café humeante, como la máquina de vapor que me alejó de estás tierras; su sabor amargo fue el detonante de la noche. Después de tanto esperar, me reencontraría con mi primer amor. Hace meses le habló por teléfono. Desconocía como había adquirido su número. No recordaba si él mismo no se lo había dado aquél día en el que se conocieron…
Las dos de la tarde, el mesero me explica que sino voy a consumir algo más de favor me retirará porque otros clientes exigían la mesa que ocupaba.

Pedí la cuenta de mala gana, encendí un pitito más. Fueron treinta y dos pesos. <<Así como su edad>>. Pagué en efectivo y abandoné el lugar.
Segundos después el mesero me alcanzó en la calle; había olvidado el recibo. La insignificante hoja de papel se arrugo dentro del bolsillo; me di cuenta de su existencia hasta la última hora del día mientras fumaba el último del día.
Ya entrado en horas indecentes, leí que tenía un mensaje firmado con una ene mayúscula:

¿Apoco no es desagradable la sensación de sentirse olvidado por los demás?

El insomnio se encargó de pagar la deuda pendiente con aquella adolescente.

*

Nuevamente me despertó el llamado telefónico. Ya estaba acostumbrado, no había parado de sonar en este mes. El molesto sonido retumbaba una o dos veces; cuándo por fin llegaba a el, cortaban la línea o en su defecto se quedaban callados. Está vez una aterciopelada voz comenzó a hablar:

―Ya era hora de que pagaras tu abandono, Maximiliano―

―No me hables, ayer te estuve esperando― Le contesté de milagro porque la cabeza estaba a punto de explotar.

―Yo te he esperado por años, y no me quejo―¿Hoy en el café de siempre, a las siete?―

―Olvídalo, se esfumo la posibilidad del reencuentro debido a tu impuntualidad, Natalia―

Desde el momento en que pronuncié su nombre, vinieron a mi mente los volcanes nevados. A mi nariz llegó el olor del chocolate y la ceniza. Sentí estupor por saber que aquella niña que me hablaba por teléfono sólo por molestar, ya había dejado de serlo.
Recordé la profundidad de sus ojos, el color trigueño de su piel… el paseo junto a la catedral. Invoque a mis fantasmas del pasado: surgieron más de los que pensé que existirían… todos blancos, insípidos, transparentes con ojeras pronunciadas, con un letrero sobre el pecho y cadenas corroídas sobre sus frágiles manos.
Todos me observan con una escalofriante tranquilidad… esos seres se escondieron en el papel que me escribió sobre la mesilla.

―Está bien, a las siete y media  en el café de siempre. Tú pagas―.
En el café de siempre… ridícula utilización del vocabulario ¡cómo si hubiéramos ido tantas veces! Fueron sólo dos. Ahí nos conocimos, el otro día es mejor no recordarlo…

―Perfecto, un beso. Ciao―se despidió mi tormentoso despertador con prontitud.

Por el auricular sonaba el agudo sonido de las llamadas concluidas. Me quede ahí, esperando unas sílabas más de esa mujer…  las mismas que no aparecieron.

*

Natalia despertaba con el sonido distante del tren, era una tortuosa rutina; le recordaba su juventud. En la adolescencia es más común el sufrir que el llorar, así mismo, es más fácil reír que ser feliz… es una época de turbulentos cambios, la presión arterial va a una velocidad tal que uno no comprende las sensaciones que experimentamos; de todos modos, nos aferramos a ellas como si la apatía del espíritu nos fuese a eliminar el jubiloso deseo de seguir vivos.
A su debido tiempo, la vena de la juventud sufre de un ligero espasmo, la agonía del primer amor. En ese momento la visión paradigmática cambia drásticamente: el esfuerzo se acumula en la espalda; el rencor se pega en las paredes del hígado, provocando un líquido color crema que resurge cuando los tragos se consumen al por mayor.
Por eso vale la pena beber, revitaliza esa energía juvenil, esa época donde los límites son el impulso para seguir adelante.
La memoria, la razón y la bebida pueden hacernos creen que aún sentimos lo que ya está bien muerto dentro de nosotros; desde que el amor abunda en nuestro cuerpo comienzan los achaques: la vejez no llega con la edad sino con la pérdida de la emotividad. Cuándo se pierde el asombro hacía una mujer bella, cuándo el cielo es tan sólo un gas y no una metáfora retorcida es cuándo el corazón se ha magullado de tanto sufrir, de tanto esperar.

Natalia se ha convencido a sí misma, de que, Maximiliano no es más que un juego, una burla insana que sin remedio alguno le provoca una falsa sensación de egolatría.
Es como si después de tantos años, ella pudiera decidir el provenir de sus vidas. Ella no huiría por vía ferroviaria a la capital. Tan sólo buscaba provocarle un poco de dolor; cierta angustia que le persiga hasta el entierro, como un perro sabueso será su única compañía. Ese maltrato sólo lo pueden provocar los amigos: es como la resaca al despertar después de una larga noche.
Natalia no quería ser mujer, sino recuerdo.

*

Al día siguiente me encontraba en el mismo lugar, sentado enfrente del café de siempre fumando como loco. Es un mal hábito que tengo, me ayuda a liberar el estrés. Entre semana no fumo, socialmente los fines de semana, pero Natalia… la de piel morena y ojos castaños, me hace daño. Nos hacemos daño ¡Divino juego masoquista! Natalia Natalia, la pequeña Natalia… esa que me abría las puertas del cielo de en par en par. Me pregunto si todavía utilizas la larga coleta de cabello.

6:45 y tu tentador cuerpo no aparece por aquí; me como las uñas y enciendo otro cigarro… las nubes se empiezan a cargar hacía el sur, cada vez más grises más tristes.
¿Acaso soy la única persona qué no le teme a la lluvia? Por ti soportaría miles de tempestades; no sé ni lo que pienso. Jamás estaremos juntos, éramos un críos… me declaraste la guerra, tomaste el bando contrario. Huí, no fue justo, pero si lo fuera, no tendría sentido vernos hoy.

Quedé anonadado entre mis pensamientos hasta que decidiste tirar mi sombrero al suelo. Reaccioné asustado, tan sólo eras tú. Impactante sensación, me superabas en estatura <<Serán los tacones>> No sé y no pienso acordarme.
Usabas un rompevientos amarillo; me señalaste antes de saludar, con la sutileza de siempre dijiste:

―Recuerdo que aquí te conocí, enfrente de este lugar― Mencionaste angelicalmente.

―Así fue, nuestras espaldas daban hacía el café de siempre―respondí con un nudo en la garganta.

―Maldito, al menos hubieras escrito una carta―Sabría que no volverías, la cuestión era olvidarte u odiarte. Opté por la segunda. Muchos años tu recuerdo se escondió entre mis entrañas. Curiosamente, no logré ninguna de las dos: ni te olvide ni acabé por odiarte. No está en mi naturaleza como mujer… estúpidos partos, sino tuviéramos la capacidad de dar vida, a lo mejor, llegaríamos a odiar. Supongo que en una mujer, hasta el odio es una forma de amor―

―Deja te invito un café para cerrar heridas― Le contesté avergonzado.

<<Todo esto es un error>> Pensé mientras ya recorría la silla para  que tomará asiento en nuestro lugar, en la cafetería de siempre.

Así transcurrieron las horas, relatando las nimiedades de la vida; mientras me hablaba yo asentaba con la cabeza. De hecho, no la escuchaba, trataba de encontrar a esa niña pizpireta de ojos miel y sus blancos caninos de ayer… pero no la encontraba.  Su lunar seguía ahí, junto al labio inferior. Era una mota, un poco de lodo junto a los lagos de la tentación.
¡Ese puntito oscuro que tanto me gustaba! Porque no se encontraba en la mejilla ni en la barbilla, sino exactamente junto a la finura de sus labios.
Me gustaba porque su cabellera era larga, larguísima, caía hasta sus hombros, y era de un negro tan intenso que competía con las noches invernales. No era tan voluptuosa como ahora, más bien, lánguida y de senos pequeños, pequeñas altiplanicies de donde surgía un corazón volcánico que aseguraba amarme de forma inconstante.

Mi café acabó intacto sobre la mesa, ella, en cambio pidió dos o tres tazas. No paraba de hablar, a veces pedía mi opinión. Decía lo primero que se me viniera a la mente.

―Eras tan cínico… tus ojos me desnudaban sin pudor alguno, cerdo. Después comencé a quererte, de hecho, te quise demasiado. Por eso me dolió tanto tu partida― Dijo Natalia sin pudor alguno.

―No creo que me hayas extrañado, siempre tuviste más amigos que amigas. Hablo en serio ¿Acaso piensas lo contrario? ¿Te atreves a negar a tus amistades? Si me hubieras extrañado, no habría huído de esta mi ciudad.
No tenía otra opción, me era imposible vivir en su mismo ambiente. Además,  mis ojos no te veían con lujuria, sino con deseo―.

Después de eso,  relaté de forma inconsciente la historia de Patricio Quirarte, el pendejo de Patricio Quirarte…

*

Antes de llegar a la cafetería, Natalia se arregló con la emoción de la primera cita; vacío su armario, se probó miles de blusas, dos faldas y tres zapatos de tacón. Al final, eligió la primera combinación que ya había usado media hora antes.
Cuando salió de casa, el aire tenía un olor diferente… como si hubiera ganado juventud. Ya no se arrastraba la basura a su alrededor sino levitaba.
Se fue caminando al lugar sin pensar en la lluvia o el frío. Quería recordar, necesitaba recordar. ¿Cómo fue qué pasó todo? ¿Por qué huyó de forma tan repentina? ¿Por qué a pesar de los años había una astilla empellada en no salir?
La ciudad se alumbraba con los faroles de luz artificial; las sombras de las jardineras hacían dibujos tristes deformes y solitarios en el frío asfalto.

Fue un 23 de junio, el curso final se había acabado unos días antes… Maximilano había pasado todas las materias de milagro; yo igual, aunque le presumí lo contrario.
En ese día me dijo que era insoportable, que no todo era una competencia… qué le dejara en paz; qué buscará aquellos de buena ortografía, esos que se peinan de lado; los mimados que no saben de la vida, ni siquiera, cuando apenas comenzaba.
¡Qué le dejara en paz! Porque no soportaba mi personalidad ni un segundo más… le parecía repulsiva, fea como los ángeles caídos del paraíso, ruin e insensible.
De su tan talentosa vena artística nacieron éstos y más insultos. Se alejó sin rozar mis mejillas ruborizadas, no sabían si golpearlo o callarlo a besos. Se fue por la larga avenida que conecta la catedral con su hogar. No volteo ni siquiera a verme, llevaba un paso constante, no me atrevo a decir que fuera firme. Sin voltear la mirada, el joven de larga caballera se distanció de mí para siempre… todavía el destino nos encontró un vez más, no sé cuánto después. Me falla la memoria para recordar la fecha exacta, y me faltan dedos para contabilizar las tardes que lloré por él detrás de los barrotes de mi ventana.

*

―¿Acaso piensas lo contrario? ¿Te atreves a negar tus amistades?― Dijo Maximilano en la cafetería de siempre.

―Mis ojos no te veían con lujuria, sino con deseo… pero tú sólo te concentrabas en Patricio Quirarte, el pendejo de Patricio Quirarte― Grité mientras intentaba no ahogarme con mi propia bilis.
Todo el lugar los volteaba a ver; le importó poco. Después de tantos años tenía la oportunidad de explayarse contra lo que fue esa niña que mató la inocencia de su ser.

―El Pendejo ese de peinado relamido; ese mojigato al que le regalabas la mano al salir de la escuela ¿Ya lo recuerdas? Era tu escudo, el arma con la que me hacías daño― Continuó maldiciendo de forma prolongada, cada palabra la hacía palidecer. Natalia se convertía en un canon de la belleza cuando le faltaba el aire. Hoy después de quince años, le pudo quitar el aliento a su amor infantil.

Sin darnos cuenta nuestro amor iba a plena caída, cerramos los ojos, y nos aferramos a la ilusión de que el golpe no nos mataría; todo sería como una separación más. Otro eterno viaje en la locomotora del anhelo, hasta que nos reencontremos en la cafetería de siempre; cada vez más viejos, más lentos, mientras tanto, los dos seguiríamos cayendo del trapecio de la vida.
Mi cabeza está a punto de explotar, aquella herida amorosa no fue hecha con una daga, sino con un fino bisturí que dejó una cicatriz casi hermosa; el tejido era tan fino que con sólo recordar volvía a sangrar.
Levanté la cabeza buscando comprensión, en ella sólo encontré un mar de lágrimas.

*

Todos los días en el amanecer, inevitablemente recordaba sus días escolares al escuchar el campaneo del despertador.
Sintió una fuerte punzada en el pecho, cómo si alguien lo golpeara directamente en el esternón. Al inicio dolía porque pensaba en Natalia, y en el imbécil que tenía la privilegiosa posibilidad de sujetarle la mano en cada regreso a clases. Luego sonreía irónicamente, porque  con cada amanecer sabía que estaba un día más cerca de dejarla en su paraíso construido de azulejos, de talaver.a Mientras tanto tendría que seguir viéndola y actuar cómo si su nuevo comportamiento no le afectara.

Siempre llegaba antes que Natalia, la veo caminar por el pasillo. Ella, dejó sus útiles y se acercó a saludarlo.
Ese simple roce de mejillas me era suficiente para resistir los embistes del día a día. <<Sí, ese mal intento de beso es más que suficiente>>. La idea se esfumaba cuando las clases llegaban a su fin y el otro se agasajaba con sus manos de mármol.

―Es curioso, siempre somos los primeros en llegar― Decía la jovencita de nacientes caderas, su voz rebotaba en las paredes del salón. Es casi imposible no recordar el eco de las propias voces en las aulas escolares donde el ruido reina casi de forma perpetua.

―Tiene sus ventajas llegar temprano― Contestó el joven con pecas en la nariz.

―Ah, si. Dime una―Decía con tono retador.

―Existe la tranquilidad para poder hacer lo que no sé nos está permitido enfrente de los demás―. Maximiliano se acercó a su amada, la sujetó de las manos con suma fragilidad. Le absorbió el vértigo, la misma sensación de cuando hacía una travesura, como la de tocar una pintura en  los museos.
Tan sólo los ladrillos y pupitres podían observarlos. Serían los cómplices mudos de aquellos segundos de locura hasta que el impertinente azotón de puertas de Quirarte, le robó la  oportunidad de quemarse con la llama de sus labios.

Natalia sorprendida en infraganti dio un paso para atrás; Con toda la fuerza de su brazo derecho soltó una bofetada sobre la piel blanca de su compañero adorado. El golpe aventó la cabeza de Maximiliano lejos del pequeño oasis de sus labios. Así fue como se percató del personaje que había arruinado la escena teatral: El pendejo de Patricio Quirarte se había entrometido de nuevo quitándole la oportunidad de tocar el cielo por unos instantes.
Corrió hacía el ladrón de felicidades con el puño levantado. Ni siquiera lo vio venir; se percató del acto cuando la sangre ya corría por su nariz. El golpe también había dañado el ojo derecho.
Sangre, espeso líquido pasional pintaba su camisa blanca.
Natalia se acercó a él. Le regaló el pañuelo perfumado que siempre guardaba recelosamente en el bolsillo.
Maximiliano los observaba enfurecido, liberó enojo pateando un pupitre que se fue barriendo el piso hasta estrellarse contra el muro.

―¡Salvaje! ¡Qué no te das cuenta de lo qué has hecho!― Gritó mientras cascadas emergían de sus profundos ojos.

Debido al alboroto, la escuela se reunió alrededor del salón. Las consecuencias fueron lógicas. Maximiliano no pudo regresar a la escuela después del incidente, fue retenido en la oficina del director hasta que todos los asociados del plantel se cansaron de escupirle a su persona; Quirarte fue operado unas horas después del impacto sufrido en la nariz.
Fue de las pocas veces que se le vio a Natalia caminar en solitario antes de la hora de la comida.

*

―Valió la pena. Si yo no podía acompañarte hasta tu casa, nadie más lo podría hacer― Le recordó en la cafetería a la mártir que  sanó las heridas a un cobarde.
―Increíble; me citaste para descargar todo el odio que acumulaste durante estos años―

―No entiendo tu perpetua obstinación por hacerme daño. ¿Qué no fuimos amigos? ¿Niegas nuestro amor pasajero, y ese último beso en la catedral? Si te llegue a hacer daño, no pudo ser peor que el que yo he sufrido por la frialdad de tus actos… mira que preferirlo a él, al pendejo de Quirarte antes que a mí.

Él despertaba por la luminosidad del sol, yo por la de tus ojos―. Le contesté sin temor mientras la voluntad comenzaba a debilitarse debido a la fragancia de su perfume que llegaba  hasta mis fosas nasales.

La oficina principal del Colegio Santa María de Altamirano era diminuta. De milagro entraban todos los enemigos que coseché durante mi vida estudiantil. Los maestros resentidos gritaban todas mis culpas. Mi madre puso la mente en blanco mientras una horda de barbaridades ingresaban por sus oídos. Observaba de cerca el bigote del director, fue su distractor.
¡Basta! Fueron las únicas palabras que pronunció. Todos los demás abandonamos la habitación, el inquisidor necesitaba hablarle a solas.
Las manecillas marcaron las dos y media; los alumnos traspasaban por los pasillos. Ninguno tuvo la molestia de acercarse a mí. Se los agradezco, lo último que necesitaba eran fisgones en ese momento, aunque el perdón de Natalia me hubiese sido gratificador.

―Tú nunca tuviste la delicadeza de conocer a Patricio. Siempre lo juzgaste como algo que nunca fue de mí―

―La rabia cegó tu percepción de la realidad― Me contestó al dejar la humeante taza sobre nuestra mesa.

La soledad se enredo mis pies a la tierra como si fuesen las raíces de un pesado árbol. Tenía que escapar de ese lugar. Mi futuro era incierto de todos modos, continuar en ese ambiente infestado no me serviría de nada. Así que salí corriendo sin rumbo alguno; antes de lo esperado me encontraba en la catedral. Te vi a la distancia, no me importó el pleito, corrí hacía ti. Te detuve de la mano, me recibiste con otro golpe de tus finas manos. <<Está bien, me lo merezco>>.
Después de mucho forcejear pude paralizar tu menudo cuerpo para poder besarte. Tus labios trataron de darse a la fuga pero al compartir saliva cedieron ante el encanto sensorial del amor.

―Lo sigues defendiendo; por eso huí sin previo aviso me era imposible dejarte… tenía que ser tajante, no volverte a ver… ―Confesé después de largas horas de pelea, estaba agotado ¡Cómo imaginar qué el primer amor fuera tan profundo!.

Después de esos segundos imborrables alejaste tu ser del mío. Acariciaste mi mejilla latente con tus dedos de hielo.
Me dijiste qué al día siguiente nos veríamos a la salida de la escuela, y te acompañaría hasta la puerta de tu casa.Yo acepté la propuesta; traté de embriagarme de nuevo con el sabor de tus besos, pero tu detuviste mis irrevocables intenciones de destrozarte los labios.
No recuerdo si te despediste de mí; quedé solo entre una multitud de gente. Ahora, debía enfrentarme a la cruel realidad que me esperaba ansiosamente a unas cuadras de ese lugar: la sanción de mi madre.

―¿Tuviste la oportunidad de despedirte y no lo hiciste?―Preguntó Natalia con absoluta seriedad.

―Déjame explicarte… no suena tan descabellado como parece―Contesté apenado.

Estuve en las afueras de mi casa durante horas… era obvio que no me entendería. Pleito de faldas a esas edades, imposible.
Entré cabizbajo y así me mantuve hasta que terminó de gritarme. En media hora no vi más que sus zapatos puntiagudos de tacón, sus medias de satín, el pliegue de la falda.

Estás expulsado, no puedes volver a pisar la escuela. De milagro he conseguido que no retengan tus boletas, dijo durante la cena. En un mes nos mudamos a la capital, mientras tanto, no podrás salir de esta casa.
Pero Mamá… traté de interrumpirla; ¡Nada! Ya ha empezado tu castigo. Vete a dormir. Ahorcándome las ganas de llorar, le pedí tan sólo veinte minutos libres, para despedirme de ti. Fue intolerante ante mi petición.
A lo que le quedaba de la noche la desperdicié observando el techo.

Al alba escuché los ronquidos de mi enfurecida madre; tuve una enloquecida idea, me vestí de prisa; recolecté el poco dinero que tenía ahorrado y salí de mi habitación; recorrí el pasillo como una sigilosa criatura nocturna; me adentré en el cuarto de la bestia para hurtar la llave que me permitiría mi libertad, dejé una carta donde decía que huía a México con mi padre; tiré de todos los candados, y me adentré en la oscura noche para reencontrarme contigo.
Ya no tenía sentido quedarme en Puebla, sino estaba a tu lado.

―Eres un imbécil. Fue un gran error el haberte buscado de nuevo―Repuso la mujer de piel apiñonada tras relatarle el secreto de mi huida. Salió corriendo hacía la catedral.

No tenía otra opción, me era imposible dejarte… Grité mientras ya se le aleja de la cafetería de siempre. Nuestra cafetería de siempre.

Maximiliano salió del lugar sin pagar la cuenta, debía alcanzarla. Decirle que la quería. Qué siempre ha sido un cobarde… la alcanzó junto al templo. Sujetó la mano de su primer amor; ella peleó para deslindarse de sus brazos, fue inútil, le era demasiado fuerte.

Natalia no dejaba de maldecirlo <<Está bien, me lo merezco>> Pensé nuevamente para mis adentros. Gritaba sin parar, hasta que fue víctima del cansancio.
―Perdóname― le dijo entre sollozos el hombre desdichado, como respuesta recibió una fuerte bofetada tras pedir misericordia; el golpe le hizo perder el equilibrio.
Desde el suelo observó cómo esos zapatos de tacón se alejaban de su corazón por última vez.

*

Natalia, en un día de su juventud despertó con una sonrisa en el rostro… apenas y probó bocado. Salió al portón a esperarlo, por fin iría Maximiliano por ella. Pasaron más de horas él no apareció; fúrica caminaste hasta su casa, para enfrentarlo. Tocaste el timbre, pero nadie te respondió. La puerta cedió ante tu primer impulso vengativo.

Años después me comentaron que en el comedor encontraste a mi madre llorando por mi ausencia. Te entregó un papel arrugado. Mientras lo leías, ella seguía derrotada sobre el sillón.
Nos ha dejo solas… dijo con un nudo en la garganta.

Estuve a fuera de tu casa por más de dos horas, indeciso entre tocar la puerta o salir corriendo del lugar. La segunda opción iba más acorde con mi personalidad: <<Cobarde cobarde>> Repetía una voz dentro de mí mientras ascendía al tren que me transportaría a la Ciudad de México.

<<Cobarde, cobarde>>  siguió diciéndome, mi enferma voz hasta la hora de mi muerte.

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2 comentarios el “En la cafetería de siempre

  1. andiee dice:

    Como siempre q te puedo decir excelente amooo como escribes muuy bn jamas dejes de hacer esto!!!! Lo haces muy bn te kierooo!!

  2. Arturo Cavazos (piolo) dice:

    Enhorabuena! usted ha logrado que se comprenda la historia mientras jugaba con los cambios de tiempo, debo admitir que esta pudo haber sido una tarea ardua pero usted la ha realizado de una manera formidable, reciba usted una A+ y 15 puntos para Gryfindor. 🙂

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