Capítulo 8.


La temporada de lluvias dictaminó el fin del bar; tras largos meses de pocas ganancias les fue imposible mantener el negocio por más tiempo. Jamás dejó ganancias pero el distante dueño se ha hartado del camino del déficit.

—Mira que buen efecto han logrado en el frontón… pareciera antiguo y los anuncios pegados de los conciertos son un detalle exquisito— decía el futuro comprador.

—Pero nada me sorprende tanto como su interior. Pasando el arco de la entrada, es como si el tiempo no pasará. El mundo se detiene, dejando atrás todos los pesares.
Todos, menos aquellos que se deciden adoptar como piel, como estandarte, como patria.—Le contestaba el dueño como si fueran camaradas mientras admiraban las alfombras percudidas, las mesas polvosas y las insólitas bellezas que trabaja ahí.

—El local se encuentra lejos de la ciudad, pero tiene cierto encanto es como si la historia se adueñará de este lugar. —Lo compro—dictaminaba con ímpetu. Puede ser un acto impulsivo pero lo mejor de la vida llega sin avisos—.

Laura y sus compañeras dejarán de servir bebidas en aquél lugar hasta la siguiente semana.
“¿Qué pasará cuándo deje éste lugar? Vivo para está triste rutina de lastimar a los demás para sentirme querida,  revivir el amor que se mimetiza en mi interior como una sombra distante.
Sin ti… mi vida no tiene rumbo. Ignoraba que una rutina indicará el trayecto de nuestras vidas”.

La Mujer de los Labios Carmesí se ve vencida ante los eminentes cambios. No está lista para dejarlo y comenzar una vida en el abandono.
Por otra parte, Daniel se ha topado con una vecina suya. La cual, siempre ha estado enamorado de él. No se conocen pero como ya hemos visto, no es necesario conocerse para amar falsamente a alguien.
Tras años de negarse a la invitación, un día en la puerta de la entrada lo vio, como de costumbre con el corazón destrozado.

—Acabó de abandonar al amor de mi vida— decía cabizbajo las lágrimas se mezclaban con el agua que resbala de su frente.

“Todo va a estar bien” le contestaba, con las manos entrelazadas. Acercaba peligrosamente sus labios a los de aquel ruborizado ser, que todavía recordaba el instante en que rozó otros labios.
Un nuevo y singular beso hacía de sus recuerdos algo más tangible, sentía a través de ella sus contorneadas piernas; sabía que era una ilusión pero el efecto excitante de acariciarla pensando en alguien mas cumplía una fantasía resguardada bajo el pudor, que funciona como coraza ante un amor contrariado.
La textura de las medias y el sabor embriagante de sus labios hacían de una desconocida el perfecto retrato de Laura, pero sin los inconvenientes que conlleva el amar a alguien.
Quedó atrapado entre la blancura de su cuerpo, el calor de su pecho. En el momento en que se fundían en un sólo cuerpo cerraba los ojos para hacerla suya. Desde la imaginación perpetuaba la necesidad de hacerla suya, complacer a la mujer que jamás dejará de amar.

Al amanecer las cartas estaban echadas, con la consumación del acto se vio atado en una relación marcada por el placer y el despecho.
Cada vez que comenzaba a extrañarla, acudía a ella para llevarla a la cama, saciar su instinto melancólico recordar su baile sobre la tarima, su delineado y curvilíneo cuerpo, las medias de encaje, el olor a cigarro. El humo siempre ha difuminado a la realidad.

La rutina de Daniel se transformó con el abandono al bar, al atardecer escribía para que en las noches consumará la inspiración envuelto entre sábanas.
Cada rollo de papel estaba enumerado en la esquina superior derecha. “Unas pocas cuartillas más y tendría una honrosa despedida”. Se repetía así mismo mientras rayaba sus escritos; tan sólo quedaban unos cuantos párrafos de texto legible.

(…)Después de mucho analizarlo, no entiendo a aquellos que dicen que a las mujeres no hay que entenderlas, si basta con quererlas. Bueno yo, como siempre, y ante todo voy en contra de idea tan absurda e inverosímil; quererlas es demasiado fácil, sería mantenerse en el nivel más bajo dentro de la mediocridad conservando una frialdad y desentendimiento total hacía la otra persona. Además el querer, no es más que una ilusión… falsas expectativas creadas por la imaginación depositadas en otra persona. Es un platonismo hacia lo incierto, para que en un futuro no se viva con el miedo hacía la obscuridad ni al desasosiego.
Continuando, el sentimiento del amor, es evolutivo. Amor es celos, enojo, rabia, despecho y finalmente desencanto. Es por esto que me alejó de ti, me es imposible anhelar otra cosa que no sea tu amor; una amistad contigo sería una relación con intereses desproporcionados. Estaríamos ligados por la hipocresía.
Sin mas, me llevaría a un final doloroso porque desde un inicio las riendas nos llevan a caminos distintos.
Olvidarte es la forma más natural que he encontrado para desintoxicarme de lo que involuntariamente has producido en mí, un amor tan intenso que es menester dejar atrás antes de que culmine con mi ser.

Llegará el momento que mí entendimiento cambié, conforme los hechos tengan otra pintura, un color diferente. Pero cuando dejé de encontrar menospreciable el concepto de la amistad al ser comparado con las bondades que implica el amor. Entonces, en ese momento, el amor no será más que las migajas de un sentimiento de valor invaluable; será polvo de arena esparcidos lejos del desierto.

El amor es una enfermedad que me arrastra a la locura, mi corazón embriagado jamás podrá olvidar la rutina de tus curvilíneos encantos.
Al final me alegro de no conocerte en plenitud. A lo mejor, tu personalidad ensucia la belleza que posees.

Adiós encanto, jamás olvidaré el roce de tus labios rojos carmesí.


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3 comentarios el “Capítulo 8.

  1. Arturo Cavazos (piolo) dice:

    Me faltaba un comentario en este capitulo, jajaja va bien

  2. florencia dice:

    buen blog!

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