Capítulo 6.


—Un whisky a las rocas— le ordenaba a Laura, mientras acaba de ordenar su cabello tras vender caricias.

Te puedo hacer una pregunta. Comentaba con interés la vedette.
—Qué mas da— Le contestaban con desdén.

—¿Por qué no has dejado este lugar?— tras tanto tiempo aquí, pierde su encanto.

—Para serte sincero no lo sé… una parte de mi exige mi retorno cuando el crepúsculo llega a su fin. Me he convertido en un hombre rutinario; al momento de salir del trabajo, me dispongo a ir a casa y descansar, pero un instinto melancólico me lleva aquí de regreso contigo—.

Laura quedó atónita. No esperaba más que un comentario tímido de un viejo enamorado, una inofensiva respuesta juvenil, como una de esos amigos de la infancia que dentro de un reencuentro -y con dos o tres copas de más- terminan aceptando su discreto amor incompleto del pasado.

El silencio crea un mandato en la mazmorra. Él, reposa los ojos en el embriagante tono dorado del escocés depositado en el vaso. Laura se ha alejado de la mesa, atiende detrás de la barra a la acomplejada suciedad que reposa en la duela laminada.
Las bebidas se diluyen con el hielo, el corcho del vino no perdurará intacto en la botella olvidada al fondo del bodegón; de la misma forma, su enferma relación traspasa sus últimos instantes de añoranza.
Calor, aumentó la temperatura de la sangre. Daniel se sofocaba, una causa existencialista le perturbaba la mente; bebió su trago de un sólo golpe y sin pensarlo. Tomó su abrigo y abandonó aquél lugar que prometió jamás volver pero, al parecer, lo espera con los brazos abiertos.

En la esquina de siempre, una servilleta cuidadosamente doblada se iba humedeciendo con la evaporación de los hielos.
Las demás sillas se encontraban vacías. Minutos antes de cerrar el bar, Laura recogió la servilleta. Que decía con una letra manuscrita casi inentendible:
Cada vez que salgo de este maldito lugar, me perturba la misma duda: Acaso, cuando me voy ¿Me echas de menos?”

Al día siguiente la cita puntual surgía de las tinieblas, fumaba un cigarrillo. Mala costumbre creciente ante el estrés. Saludaba a la lejanía con un meneo de mano.
Se encontraba como siempre desangelado el bar. Se encontraban a solas.

“Pudieras pensar que no hay nadie más, pero la suciedad tiene una eterna obstinación por volver—Reía, en eso se parecen. Al parecer son los únicos que no me han olvidado”.
Se le tuerce la sonrisa al decirlo. A veces, a la verdad le da por ser juguetona hace bromas irónicas de mal gusto.

—Nunca me habían comparado con el polvo; aunque estás en lo cierto, vivimos a la letanía de tus ojos, quizás se deba al apego a la bebida, confunde irremediablemente a los sentidos.
Laura, ante tal comentario sólo pudo decir: ¿Escocés a las rocas?

Minutos después se le ocurrió la respuesta a ese comentario.
“Sabes, el polvo y tú no son bienvenidos en este lugar… si por mi fuera les discriminaría la entrada”.

—Por dios, sin nosotros este lugar tendría más muertos que un cementerio— repuso con el orgullo de haberse ganado la honra de ser expulsado de sus altares. Aquella idea le insinuaba sus adentros que, sin demostrarlo ni fingir placer por su compañía, de alguna forma lo necesitaba.

“Los muertos no causan tantas molestias” repuso.

Con el paso de las horas, la plática se convertía en azotes de verdad. Los vasos se rellenaban con menuda facilidad. Bebían de la garganta del diablo.

Sus cabellos reposaban a la altura de los hombros; aparecían en su rostro unas ruborizantes chapas por la borrachera. Hablaba con cierta dificultad.

“Después de tanto tiempo, nunca has pedido más de mi. Sabiendo que me es imposible negarme ante una súplica de cariño” se le barría la voz. Empujaba sus cabellos hacía atrás de la frente, colocó su dedo índice en la boca de Daniel  exigiendo silencio.

“No te entiendo, hombre. Al frenar ese impulso te llenas de un… como decirlo (termina su bebida de un trago) de un algo que hace pesado tus hombros y elimina la luz de tus ojos” levantó su rostro enajenado. Analizó su rostro trigueño y sus cejas pobladas.

—¡Olvídame! Te reto, déjame morir en ésta sucursal del olvido.
Si realmente me quieres pruébamelo. No vuelvas, el amor no necesita presencia, es un sentimiento burdo de compasión y apego—
El humo del cigarro los envuelve durante la escandalosa discusión, nada se mueve, sólo se escucha el replique de los corazones.

—Vete y no vuelvas. Que demasiado tiempo has perdido aquí, conmigo.
Vete ya, que no aguanto una ofensa más hacía ti.—

Conmocionado ante los brutales azotes de realidad, la delicada mano de Laura remueve las gotas de dolor que resbalan de una de sus mejillas.
Laura levantó con con sutileza su barbilla.

—Lárgate y será como una apuesta. Quién sabe, a lo mejor al final, un día cuando ya no me necesites, yo te extrañé—.
Antes de salir, aquellos labios carmesí rozaron mis labios. La gloria tiene un agrio sabor a barrica y tabaco.


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3 comentarios el “Capítulo 6.

  1. June-O dice:

    Sabes que? cuando hagas el libro…sere la primera en comprarlo!

  2. Arturo Cavazos (piolo) dice:

    que pena pero hay cola ehhh

  3. rata dice:

    wei no salio mi primer comentario?

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